Cuando uno vio lo que el lunes vio en Linares, cuando uno se encuentra que cientos de personas no rodean el coche de Raphael, sino que lo acosan literalmente, como si exprimieran las posibilidades de su chasis, me viene a la memoria una portada de julio de 1969 en la que aquella que fuera la revista “Sábado Gráfico”, publicaba una foto del artista saludando desde la escalerilla de un avión y el siguiente titular en mayúsculas: VA EL ESCÁNDALO CON ÉL. Y me acuerdo porque al cabo de varias décadas más, con lo que ayer vi en Linares o con lo que durante meses atrás ha venido ocurriendo por toda América, incluyendo los Estados Unidos, ahora puedo escribir como entonces que SIGUE EL ESCÁNDALO CON ÉL.

El auditorio municipal del edificio dieciochesco El Pósito (donde también se encuentra el Museo dedicado al universal cantante), acogió el acto del nombramiento oficial de Raphael como Hijo Predilecto de Linares. Cuando el alcalde, Juan Fernández, le entregó enmarcado el pergamino con el título y le impuso la medalla, aquello se convirtió en toda una proclamación y en toda una aclamación.  Cientos de personas se ponían en pie  -el estado natural de los raphaelistas-  para ovacionar largamente al incomparable artista, llegando a prolongarse tanto los aplausos que desembocaron en palmas por sevillanas. Fue el delirio, una de las palabras más veteranas del argot de las crónicas sobre Raphael con su público.

El cantante dijo que los grandes protagonistas de un día tan importante, eran sus padres. Y dejó una frase redonda y preciosa para explicar que sintió a Linares  y a Andalucía desde su infancia en Madrid, ya que los suyos emigraron a la capital cuando él sólo tenía nueve meses: “Mi padre siempre me lo contó y mi madre me lo cantó”.


La Agrupación Musical de Linares fue el colofón de tantas emociones unidas, interpretando “Yo soy aquel”, “Digan lo que digan”, “Balada de la trompeta” y “Mi gran noche”, cuatro inolvidables canciones de Raphael, parte de las “joyas de la corona”, unidas por secuencias bien representativas de una carrera de éxitos interminables y ya imposibles de enumerar. ¿Alguien llevaría la cuenta infinita de los besos que ha dado a su amor?

En el amplio anecdotario de una jornada inolvidable, un dato de la máxima relevancia fue la presencia de Natalia Figueroa, esposa de Raphael como todo el mundo sabe; y también como todo el mundo sabe, una gran intelectual, una gran escritora, una gran periodista, y poseedora de uno de las más bonitas formas de hablar que haya ante los micrófonos de la radio o de la televisión. Como siempre, en el plano elegantísimo de su natural discreción. ¡Qué mujer, qué señora!  Natalia estuvo acompañada por Rosa Lagarrigue, toda una institución del management mundial y encargada máxima y responsable de los asuntos profesionales de Raphael.

Chapó a la organización de todo, en manos de Raquel Andreu, de la oficina del cantante. Puro estilo en cordialidad, se mueve como si llevara plantillas por los terrenos bien difíciles de gestionar los eventos de una figura internacional del espectáculo. Raquel Andreu sabe a Gordillo o a Bermúdez. Es muy joven, pero parece que viniera de la más exigente escuela de eficacias y diplomacias.

Entre los cientos de asistentes, desplazados hasta Linares desde todas partes  -incluso de Rusia, como Natalia Arutyunova y Alicia Kuchan de Moscú, para cubrir la información del sitio web Viva Raphael-, se encontraban raphaelistas de cinco generaciones ya. La legislación vigente, que protege la imagen de los menores, nos impidió a Beatriz Galiano y a mí habernos traído en nuestras cámaras una fotografía asombrosa: la de dos pequeñas de unos cuatro años  -si los tenían cumplidos-  que frente a la puerta del edificio el Pósito esperaban la salida de Raphael para despedirlo, mientras las dos coreaban su internacional nombre: “¡Raphael!, ¡Raphael!”… Ciertamente una fotografía tan asombrosa como un milagro, ese milagro irrepetible de la música española, ese milagro llamado Raphael.