¿Quo vadis, Andalucía?

 

Hace apenas unos días, con motivo de las elecciones vascas, SevillaInfo publicaba que ” con los votos de un diputado vasco no sacas en Sevilla ni medio concejal “y que “cada alavés decide por cuatro sevillanos”. Pues dicho y hecho: a un andaluz no le toca en el reparto del primer tramo de las ayudas del Gobierno de Narciso Sánchez ni la mitad que a un catalán y la tercera parte que a un ciudadano de Madrid. Y tan contentos.

Penúltimos en el reparto de las migajas, sólo por delante de Murcia, a pesar de que los criterios de reparto habrían de ser el PIB, el desempleo y la población…; o sea, una estafa, un robo, un navajazo.

Moreno Bonilla ha alzado la voz que exige justicia y se va a convertir en el ariete que reclame lo robado, pero digo esto y me saltan a la memoria como un gato furioso los lamentables restos de cierto andalucismo zurdo que siempre confundió lo reivindicativo con lo izquierdoso y todavía hoy busca refugio incomprensible en el griterío de la demagogia barata de mercadillo de Teresa Rodríguez, socia del astracán mayor del Reino, hoy también en el Gobierno.

Tengo para mí que si el andalucismo no cuajó y nunca refulgió en esta España de antiespañoles fue, en buena parte, porque se nutrió de un espíritu de reivindicación mal entendido que para muchos significaba elegir la bandería antes que la protección de nuestros intereses.

Muchos de los que se acercaron al andalucismo procedían de ese prejuicio de izquierdas o de derechas y no de una realidad incontestable como la que descubrió con preclara lucidez Antonio Burgos en su tempranera obra “Andalucía, ¿Tercer mundo?”.

Es cierto que en aquellos años en que Burgos publicó su obra, a la par que Alejandro Rojas-Marcos enarbolaba la bandera blanca y verde, la reivindicación histórica era necesariamente frente a una dictadura y un régimen netamente de derechas, pero pronto supimos que eso no iba a ser así eternamente y que, cuando las cosas cambiaran, las reivindicaciones iban a seguir siendo las mismas pero ahora frente a gobiernos de otro signo.

En Andalucía lo aprendimos desde el mismo comienzo de la democracia, cuando el PSOE no sólo agarró el poder sino que aprovechó la circunstancia para arrebatarle al andalucismo hasta el palo de la bandera y compró a los sediciosos. Y a partir de entonces comenzó el desastre.

Muchos no quisieron entender que el color del poder era lo de menos, porque lo que subyace en el fondo es una aspiración a ser tratados con la necesaria equidad de ciudadanos iguales en un único territorio llamado España. Y Moreno Bonilla parece haberlo entendido sin prejuicios.

Si hay alguna aportación singular que pudiera atribuirse a Blas Infante (y suponiendo que fuese sincera, lo cual tal vez sea mucho suponer) dentro de la historia de los nacionalismos periféricos, yo escogería la que representa el lema de “Andalucía por sí, España y la Humanidad”, por cuanto se refiere a un sentimiento peculiar que se abastece no de una aspiración separatista, sino comprometida y solidaria con el resto de pueblos y territorios, conscientes de que formamos parte de una Historia común e inseparable.

Que los orígenes de la Feria se atribuyan a un catalán y a un vasco puede ser considerado una anécdota o un perfecto resumen de lo que digo, pero resulta insoslayable que la aventura americana de varios siglos, con epicentro en Sevilla, esté preñada de navegantes y armadores vascos y mallorquines, conquistadores extremeños, banqueros alemanes, comerciantes florentinos, pilotos genoveses, soldados castellanos, emigrantes asturianos y gallegos o libreros e impresores valencianos…

Pertenece a la Historia y hunde sus raíces muy lejos en el tiempo, pero era fácil intuir que en nuestros días la reivindicación habría de hacerse frente a los piratas y corsarios del patrimonio común, sin importar el color de la bandera que ondeara el corso más arriba de la cofa.

Lo que estaba en juego no era el color de las velas ni la forma de los aparejos, sino nuestra navegación misma para llegar a puerto, de modo que quienes quisieron amarrarse al palo de sus prejuicios, de izquierdas o de derechas, perdieron la visión de nuestros intereses y se quedaron enredados en las jarcias. Y entre todos encallaron el barco con su tozudo sectarismo ingobernable.

Y ahí están, porque a fuerza de tanto proclamarse andalucistas de la pata del Cid pero con pedigrí de zurdos fetén, no supieron armar un galeón interclasista capaz de sortear los cantos de sirena de una izquierda tramposa y contumaz en su insolidaria desvergüenza, frente a los cuales, llegaría el día, habría que emplear toda la fuerza del discurso reivindicativo de una tierra hastiada de que la traten con la punta del pie cuando tal vez sea la mayor fuente identitaria de una España que pretende ser esquilmada por sus pares.

Ahora, ahogados por el virus de su sectarismo y su demagogia se han quedado sin voz y no tienen cómo exigir que el gobierno más zurdo desde Largo Caballero no nos siga robando la mercancía con el mismo desparpajo insolidario que habrían mostrado los señoritos meapilas de entonces. Y callan o se refugian en sus prejuicios y en sus intereses zurdos mientras ensucian la obra pasada de quienes en un tiempo se alzaron de buena fe contra la injusticia y gritaron ¡Viva Andalucía Libre!

Francamente, no lograron engañar a casi nadie, pero se cargaron a los justos de entonces. Hace bien Moreno Bonilla en recoger la bandera que pisotearon tantos y durante tantos años y en alzar la voz contra las tropelías.

He dicho.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *