¡Quitadnos todo, menos la luz!

Un año más, pero esta vez aún de manera más intensa por tratarse del funesto año presente, pues vuelve otra vez, junto al estribillo inocente de “Vuelve a casa por Navidad”, el otro estribillo, menos inocente, más bien lleno de amargura, que ataca todo lo que sea exorno navideño, por considerarlo innecesario, derrochador y hasta indecente. Un año más, volvemos a escuchar las críticas hacia “las luces de Navidad”.

Ya hemos comentado otras veces que, de todos los dispendios del Ayuntamiento, quisiera saber de uno, uno solo, que con menos gasto proporcionara más alegría. De uno solo que valiera más la pena. Que “cundiera” más. Y no lo encuentro.

Los derroches del Ayuntamiento, como los de todas las administraciones, son tan bárbaros y faraónicos, tan múltiples y diversos, que puestos a citar un gasto inútil, ni se sabría por dónde empezar. Decimos algo por decir, y a lo mejor resulta el ejemplo menos significativo. Pero es que, ¡hay tantos! Ahora una rotonda nueva, con una especie de extraña escultura; ahora una peatonalización más, un tipo de suelo nuevo. No hablemos de cargos inútiles ni de enchufismos varios- limitémonos a lo que nuestros ojos ven al salir a la calle. Esos gigantescos kiosco-armatostes que obstruyen el horizonte, total para vender dos chucherías. Los paneles de la Avenida, invasivos, inútiles, banalizadores de un espacio hermoso…

¿He dicho hermoso? Ahí está la clave del asunto. Contra un derroche feo nadie protesta. Algo que ha costado millones del erario público, pero que es antiestético y monstruoso, pues… parece que sólo por ser feo es necesario o “moderno”, aunque su inutilidad resulte patente. Lo que despierta la indignación es lo “bonito”, lo ingenuo. Utilizo adrede este adjetivo “bonito” por inocente, por popular; no lo empleará un intelectual, pero lo usa el pueblo llano, que es el que por UNA vez se beneficia algo de una partida, la más pequeña, de los gastos del Ayuntamiento; la más modesta y la más lucida. La de las luces de Navidad.

Y este año, cuando en mi opinión más necesarias son, este año las críticas arrecian justo considerándolas frivolidad, y además con crueldad; con esos extremismos a los que tan fácilmente se llega en las redes sociales, con eso de transmitir mensajes breves e impactantes, pues la ridiculización y hasta el tono acusatorio alcanzan niveles inauditos. Ahora va a resultar que quien se alegre de una bombillita inocente será casi el “culpable” de las muertes… 

A algunos nos hirió como puñalada uno de esos mensajes, con las letras acusadoras sobre el fondo negro dramático, que decía nada menos: “Algunos tienen miedo de no poder celebrar la Navidad. Otros tenemos miedo de perder a nuestros seres queridos”.

No acabaríamos nunca comentando cada mensaje que nos hiere. Pero hay veces en que nos sentimos en la obligación de reaccionar. Las palabras cuentan. Las palabras matan.

Este mensaje pone como frívolas, como tontas a las personas que “temen quedarse sin Navidad”, que por lo visto es algo sin importancia. Y las contrapone a otras, al parecer serias y responsables, que no se preocupan de esas minucias. Como si el amor a la Navidad de unos amenazara la vida de otros. Así pues, no se puede tener ilusión por nada, no se puede hablar de ningún tema, en los autobuses ya se prohíbe hablar… 

¿Para qué queremos la vida? ¿Para qué queremos seres queridos, si no podemos compartir nada con ellos? Y además, ¿la inmortalidad es una opción? Para los que tenemos la esperanza cristiana, sí lo es (la cual molesta tanto que la mera palabra Navidad o Semana Santa se castiga y se hace por suprimir con mucho más ahínco del que se pone en perseguir la botellona). Pero la inmortalidad terrena, ¿existe acaso? Y, ¿por qué da por supuesto que a los que amamos la Navidad no se nos han muerto seres queridos, o que no cuidamos de la vida  de los que nos quedan?

¿Les ha dicho alguien que todos tenemos que morir? Lo que cuenta es llenar esta vida de sentido. Un día morirán los padres (muchos ya hemos pasado por eso). Luego llegarán hermanos, amigos. No se descarta que muera un descendiente. Con todo eso contamos. Nunca hemos contado con que se dejara de celebrar la Navidad.

Repasando la propia vida, algunas Navidades, salpicadas por el luto, transcurrieron sin otra celebración que el seguir por la tele la misa del Gallo, mordisqueando sin mucha gana un mantecado. Pero se pensaba en la foto que nos habían mandado de una sobrina vestida de pastora, se colocaba un simplificado belén, y esto proporcionaba la serenidad de ver que la vida sigue. Y por los balcones se veía el reflejo de las luces de Navidad…

Si nos quitan eso, ¿qué nos queda? Porque los seres queridos se morirán de todas maneras todos, cuando les llegue su hora. Eso es seguro. Lo que nos quieren quitar es, mientras dura esta breve vida, la esperanza.




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