Un esperado jarro de agua fría, para qué vamos a engañarnos; no queríamos pensarlo pero era inevitable que en nuestra mente, acostumbrada a considerar lo evidente, aguardábamos la noticia del triste descubrimiento. Ya lo decía en mi anterior artículo para este medio: «[…] a pesar de mi experiencia, aquella donde le dan palos a la esperanza […]». Y es de todos conocido que es más sabio por ello el diablo.

Las redes, los medios de comunicación, la sociedad en general se hizo eco de la esperanza de esos padres que, desesperados, pusieron hasta el último gramo de su fe en que el nombre de su hijo no dejara nunca de estar en boca de todos. Las redes, los medios de comunicación, la sociedad en general, se enteró de la grandísima afición del pequeño Gabriel Cruz por los peces. Las redes, los medios de comunicación, la sociedad en general, fuimos todos él; y por él los peces volaron. Saltaron de la nada para inundar el espacio virtual y el físico, y al niño Gabriel le empezamos a animar: «¡Vamos, pececito, pronto te encontraremos!».

Como siempre que suceden estos terribles sucesos, todos estuvimos al lado de esos padres; todos tuvimos, en cierto modo, parte de esa angustia inimaginable de su familia; todos deseábamos que acabase la pesadilla y que Gabriel apareciese con vida. Como siempre, la sociedad estuvo donde tenía que estar: solidarizándose ante la ignominia. Por desgracia, aquel pescadito al que todos teníamos casi por nuestro, ya no volvería. Y he aquí que empieza, de nuevo en las redes, una batalla dialéctica. Una batalla de indecencias.


Leerán plumas autorizadas sobre este tema. Leerán artículos, menciones, páginas enteras, quizás, dando argumentos a diestro y siniestro, como quien mamporros diera, sobre la rabia contenida, sobre las injusticias; y por mi parte, quisiera clavar en este diario mi cruz de articulista informado que, para escribir, debe estar al tanto de lo que se cuece en ciertas, no pocas veces, cochambrosas cocinas.

Cochambrosas cocinas que son –y perdón por la reiteración– las redes sociales. Tan magníficas a veces, como he citado, reverberando la esperanza y otras… Pues eso… Tan cochambrosas. Atendiendo a todo lo hervido, me remito a unas palabras leídas por mí, y citadas por una abogada y que, desde hace un tiempo, debido al gusto por el linchamiento mediático, casi es un manjar inesperado en este caldo de rancios huesos: presunción de inocencia, que decía aquella letrada.

Señalado esto, a modo de imparcialidad literaria, paso a divagar sobre la necesidad de darle a este país –otrora España– el gran vuelco que requiere tras escrutar no pocos comentarios, algunos de cierto peso por sus nombres, que argumentaban lo oportuno de no cebarse con la, hasta ahora, única implicada en la muerte del niño de Las Hortichuelas.

¡De no cebarse! Y uno puede pensar en eso de aquella presunción de inocencia, pero no van por ahí las cosas. Resulta que la hasta ahora detenida, es mujer y dominicana. Mujer de oscura piel, pero mujer a fin de cuentas; y resulta que hay quienes abogan porque somos los españoles directamente misóginos y racistas. Sin más vueltas.

Que «hay que ver lo que habrá padecido en su vida para haber hecho eso», decía uno. Que es la viperina verborrea, que en esas redes que decía se destila, «más venenosa por ser fémina la detenida». Que «si es mujer y es negra, y usted le da mayor importancia a ello que a lo de ser, con probabilidad, una asesina, este país necesita de una severa medicina». Que «ay que pena, pero más niños mueren en Siria». Y así, un rosario de peros y porqués con caldo de ideologías, que amargan, más si cabe, las noticias. Porque no dudo que, tras este baratillo de motivos, exista un corazón compungido que dé el pésame por esta desdicha; sin embargo, es de muy rufián, menospreciando el hecho más relevante –la muerte de Gabriel–, defender estas apologías.

De moralidad, que algunos creen ligada per se a carcas de misa diaria, se ve con claridad que estamos en falta. Moralidad para lamentarnos de sucesos como estos, y dejar de ser voceros de causas que, en casos así, no vienen a cuento. Activistas de chichinabo que aprovechan para hacerse con las simpatías de muchos borregos. Decía Alfred Adler que «es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos». Pues así estos.

Sí, sin duda hay que darle un vuelco a esta sociedad en la que vivimos. Hay que luchar por devolverle el sentido común que hace no tanto perdimos. Que tratemos a las víctimas de verdad como tal, y condenemos a sus asesinos. Y escribiendo esto me acuerdo de muchos nombres de víctimas que han sido vilipendiadas, y de otros de criminales que hablan de derechos humanos. ¡Ay, sociedad! Borracha te llenas la boca de libertades que no saben a nada, y me hablas de derechos con el hedor del beodo. ¡Desintoxícate de una puñetera vez, y deja de hacer el ridículo!

Querido Gabriel, créeme, yo si lo lamento. Yo sí siento que ahora estés en el mismísimo cielo. Yo sí que rabio porque cada vez entiendo menos. Yo sí que clamo porque quien te haya negado todos tus derechos, lo pague hasta el último día que cese su aliento. Yo, al dedicarte estas quebradas letras, sí padezco.

Querido pececito, ahora, ¡nada!

Un beso.