Que te vote Santi Potros

Me reconozco incapaz de entender las razones de Consuelo Ordóñez para su combativa actitud contra el uso del espontáneo lema #QueTeVoteTxapote, el cual, en su trazo grueso, opino que resume muy bien el rechazo general que produce contemplar los pasteleos que sostiene Sánchez en beneficio de sí mismo con una organización que se reclama heredera de los principios y los objetivos de una banda de asesinos execrables que ni siquiera pide perdón ni muestra el menor arrepentimiento por haber asesinado, entre muchos otros, a su propio hermano cuando militaba en el PP y que tuvo en jaque durante 40 años al Estado español y aterrorizados a muchos millones de sus ciudadanos.

El afán de blanqueamiento por el sanchismo de los ex terroristas, ahora candidatos, algunos de ellos con delitos de sangre en su historial delictivo y otros con severas condenas por pertenencia y colaboración con banda armada o por exaltación de dichos crímenes, sólo para permitirle a Sánchez mantenerse en el poder, a mí me produce un aplastamiento de la entendedera que me impide comprender los motivos de furia de la señora Ordóñez, tan legítimos, supongo, como los de otros cientos de víctimas que no ven frivolidad ni ofensa gratuita alguna en el empleo del expeditivo sintagma.

No recuerdo tanta virulencia por parte de la señora Ordóñez ni tal continuidad y omnipresencia en su indignación ni siquiera cuando los etarras celebraban sus crímenes con champán en las prisiones de Huelva o Cádiz, pero ahora parece indignada a tiempo completo con aquellos compatriotas suyos que desean espantar con una frase que imputa a todos los demonios acumulados en la conciencia colectiva de los españoles y que la banda sembró minuciosa, cobarde y criminalmente a lo largo de décadas. Muchos de esos ciudadanos, además, en número de no menos de 200.000, tuvieron que salir huyendo a un destierro traumático y obligatorio que aún les impide regresar a la tierra en la que crecieron rodeados de amenazas y extorsiones, de secuestros y bombazos, de complicidades y silencios…

Sería de suponer que toda esa indignación que muestra la señora Ordóñez le desaparecería si, saltándonos la rima en consonante, el lema se enunciase como #QueTeVoteSantiPotros o #QueTeVoteHenriParot o #QueTeVoteElCarniceroDeMondragón o #QueTeVoteTxomínIturbe o #QueTeVoteUrrusoloSisitiaga…, pero en tal caso, me imagino, otras víctimas tendrían prioridad sobre la señora Ordóñez para expresar su parecer, quizá distinto, a ese respecto, aunque, en todo caso, podríamos sustituirlos a todos por un #QueTeVotenlosdeETA y eso nos legitimaría a cualquiera para mostrar nuestro rechazo a que sus herederos de Bildu se enseñoreen de la vida política actual con la ayuda inestimable de una perentoria necesidad personal de Sánchez para sostenerse dando tumbos en el Falcon.

Pues no, señora Ordóñez, mis respetos a ud como víctima directa del terrorismo etarra, pero su legitimidad moral no supera la de cualquier otra víctima por serlo y son muchas las que consideran adecuado estampárselo en la jeta a este PSOE de intereses personalistas acuciantes y que ofende lo justo, pero sólo a quienes intentan trampear en su propio beneficio.

Recuérdese también que el terrorismo que asesinó a Gregorio Ordóñez fue parido y alimentado por la sociedad tal vez más enferma de Europa -con mucha diferencia sobre la segunda, en mi opinión-, una sociedad que nunca reaccionó de forma colectiva y con la contundencia necesaria ante la agresión insoportable de la masacre, sino que de la mano sibilina y venenosa de unos cínicos que se reclaman herederos de un cabrón ahistórico con pintas llamado Sabino Arana y con la ayuda de elementos ignominiosos de la Iglesia vasca, sirvieron a la más detestable cosecha de ‘nueces’ que se recuerde en Europa desde la desaparición de Stalin, mientras ellos recomendaban la omertá y guardaban un silencio cómplice a la vez que saboteaban la Constitución y la misma identidad de España cuando dicha sociedad había sido beneficiaria de todos los privilegios otorgados por la dictadura.

Fue todo tan así que su hermano, luego asesinado, se adscribió a una fuerza política alejada de esas veleidades del silencio camastrón que representaba y representa a buena parte de la sociedad vasca. Gregorio Ordóñez le plantó cara de verdad, como los auténticos valientes, no sólo al terrorismo, pieza final del puzzle abyecto que todavía padece la sociedad en la que vivió, sino también a los colaboradores necesarios que recogían los frutos deleznables de aquel cinismo miserable.

Ahora surge con fuerza un nuevo esquirol de la idea de España llamado Sánchez -la tentación es fuerte-, un individuo que en plena oleada de cientos de miles de muertes por una pandemia, sólo fue capaz de mostrar empatía, sus condolencias y el pésame a esa misma banda de criminales por el fallecimiento en la cárcel de otro de los mismos secuaces que asesinaron a su hermano.

Lo lamento, señora Ordóñez, yo respeto su dolor, pero no comparto necesariamente sus opiniones al respecto de quienes generaron tanto estigma, tanta soledad y tanto daño, y no es usted la única que pueda emitir un juicio sobre algo que puso a todos los españoles y a la democracia misma, como ahora, en el centro de la diana.

He dicho.




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