¿Qué significa «viajar»?

A la pregunta, inverosímil de puro simplista y banal, de “¿Te gusta viajar?”, estaría por casi por responder que no. ¿No? El caso es que seguimos utilizando el mismo verbo para dos realidades muy distintas.

Hace unos decenios, si en una conversación alguien mencionaba el hecho de haber visitado, por ejemplo, un hermoso claustro en un pueblo de Italia con pinturas medievales, un claustro en el que hemos estado nosotros también, se creaba una especie de vínculo. No sólo por el aprecio del arte (para eso un español, casi de donde sea, no necesita desplazarse mucho); sino por el elemento común de curiosidad, del sentido del riesgo y la aventura que implicaba el emprender un viaje.

Muy especialmente si se era joven, empezando la vida –por tanto, sin “contactos”- y deseando gastar poco, ya la organización del periplo, si se hacía por cuenta propia (que es lo interesante), estaba repleta de desafíos. En las oficinas principales de la Renfe había un mostrador de información internacional; allí una amable señora respondía a las preguntas mientras consultaba un grueso volumen de horarios de trenes europeos, y el aspirante a viajero iba tomando notas.

Para el alojamiento, se podían consultar las guías de viaje en las librerías y anotar subrepticiamente las direcciones y teléfonos de los hostales que parecieran más aconsejables. Luego había que efectuar la costosa pero inevitable llamada telefónica internacional, y, chapurreando el idioma en cuestión, tratar de hacer averiguaciones. Luego se buscaba un mapa de la ciudad; con suerte, a veces se encontraba en alguna librería antes de partir. Si no, era lo primero que había que hacer al llegar a la estación.

Todo resultaba una aventura y una sorpresa. Un alojamiento que en el mapa aparecía céntrico e inmejorable resultaba estar en un entorno sórdido. Un museo que se anhelaba visitar se hallaba cerrado por reformas. Y sorpresas gratas por supuesto también. En una iglesia visitada por casualidad aparecía, sin previo aviso, un magnífico cuadro renacentista que habíamos estudiado ese mismo año en Historia del Arte.

Continuamente había que estar preguntando y haciendo llamadas desde las cabinas. De vez en cuando había que cambiar dinero. Cualquier mínimo imprevisto –un dolor de muelas, unos zapatos rotos- obligaba a otra serie de indagaciones y aventuras hasta resolverlo. Y luego caíamos en la cuenta de que esas acciones encaminadas a resolver los problemas más pragmáticos (recorrer, por ejemplo, una hermosa ciudad monumental cargada con una mochila de ropa sucia hasta dar, al cabo de seis horas, con una lavandería rápida) resultaban ser extrañamente gratificantes. Por ellas se trababa conocimiento realmente de las ciudades, se alternaba, sin remedio y de manera obligada, con los que allí vivían. Se agudizaba el sentido de observación. El más metódico tenía que improvisar. La más tímida tenía que preguntar a desconocidos.

Y, sobre todo, la intensidad de la sensación de hallarse distante de lo conocido. Se mandarían postales. Se efectuaría una llamada breve desde una cabina “para decirle a mamá que estoy bien”. Pero la experiencia del momento había que pasarla a solas. Luego se podrá narrar, explicar. Pero en directo, no. Y las fotos se revelarían al llegar a casa. Durante el viaje, la mente se recreaba exclusivamente con lo que los ojos veían.

Así las cosas, si aparecía alguien que resultaba haber llevado a cabo un periplo similar, sin duda esto implicaba algo en común. Una curiosidad, un deseo genuino de ver ciertas cosas, pasando por múltiples riesgos e incomodidades…

Compárese esto con el objeto de consumo que hoy representa lo que se llama “viajar” –con el móvil enseñándote hasta cómo es la heladería que hay a la vuelta de la esquina, para que el ojo no vea nada nuevo ni por casualidad-, y que, lejos del elemento de distanciamiento y reflexión que caracterizaba antes al viajero, ahora lo arroja, si usa las redes sociales, en el saco donde mayor y más deprimente es el aborregamiento.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *