¡Que se note que estoy yo!

Acaba la Semana Santa de Sevilla, considerada espléndida y sin incidentes. Al menos esto se desprende de un vistazo a los periódicos; dentro de algunas diferencias de opinión, prevalece el admitir que todo ha marchado a la perfección, que si se ha perdido espontaneidad e independencia (“Semana Santa intervenida” se ha llegado a llamar), pues esto era inevitable, ya que en estos tiempos “no sabemos movernos en la bulla”, y “son necesarias” las vallas, aforos, innumerables furgones de policía, y bares cerrados durante la noche.

El tema de los cierres e impedimentos a los bares lo obviamos, ya que merece capítulo aparte (los bares deben trabajar para pagar impuestos, con los cuales se paga a la policía, para que esta vaya a multarles. Ya era grotesco, pero ahora se añade: para que la policía vaya a impedirles trabajar… Un doctorando de la talla de Santo Tomás de Aquino haría falta para explicar este fenómeno).

Fijémonos en otros detalles, típicos de esta actuación oficiosa del Ayuntamiento a quien todos parecen encomiar. Ya ha terminado la Semana Santa y las calles siguen inundadas, como lo estaban mucho antes de que comenzara, de estos grandes letreros amarillos que anuncian ostentosos: “Plan Especial de Semana Santa”, indicando la prohibición de aparcar. Chillones, gritan “¡Miradme!, soy el Ayuntamiento, fijaos en cómo organizo, cómo preparo, cómo me involucro”. Me pregunto a cuántos miles de personas en la bulla les ha tapado la vista de un paso la trasera de esos innumerables letreros. En la encantadora calle El Silencio, más hermosa que nunca en Semana Santa, en la pequeña parte con calzada para coches había no menos de doce de estos letreros. ¡Doce! Literalmente uno cada dos metros.

Seremos minoría, lo sé, a quienes esto nos disguste. La oficiosidad siempre tiene su premio, la ostentación es lo que se ve. ¡Oh, cuántos letreros, cómo se preocupa este Ayuntamiento!

Por hacer una analogía humilde y familiar: el buen cocinero va limpiando los cacharros a medida que los ensucia. La buena señora de la limpieza (lo digo en femenino, sí, pues es lo habitual) va dejando las habitaciones recogidas y transitables a medida que las va limpiando. El buen profesional es el que molesta lo menos posible. El ostentoso y perezoso es el que deja todo por medio para que “se vea” que ahí están limpiando o pintando; es el que trabaja más lento, pero procura molestar más. Mientras más obstaculice la vida normal, más claro quedará que “ahí están limpiando”. Los lavabos de estaciones y aeropuertos son un buen ejemplo de esta ufana ostentación (siempre están cerrados porque “están limpiando”). Pues ese es el Ayuntamiento de Sevilla en Semana Santa: el ostentoso.

En el cruce entre las calles Virgen de los Buenos Libros y San Juan de Ávila (un reciente lugar de mucho interés, con los nuevos itinerarios), el pasado Miércoles Santo por la noche, tras el paso de Los Panaderos, se pudo oír un estruendo de pitidos que resonaba hasta la plaza de la Concordia. ¡Oh!, ¿qué es esto?, ¿un incidente?, unos pitidos enérgicos nerviosos que rompían la noche, peores que una ambulancia (y una ambulancia pasó por cierto por ese mismo cruce al día siguiente en la Madrugada, pero en encomiable silencio. Si le dejan paso, ¿qué necesidad hay de estropearlo todo?). Al acercarse, con cierta aprensión a la zona, por necesidad de cruzar, se vio “lo que pasaba”. Pues nada absolutamente. La gente, con el habitual comportamiento ejemplar. Era que un policía había empezado a dar paso a los coches, como se suele al acabar una procesión; y tuvo que hacerlo soltando unos pitidos como en la vida real nunca jamás había oído (sólo en las viejas películas españolas de Paco Martínez Soria, en las que el aldeano recién llegado a Madrid se asusta del policía pitando y pitando con el tráfico de la gran capital…).

 ¿Quién sería este policía actuando tan ufano como el niño de la posguerra al que le regalan un pito? Pues sería el espíritu del Ayuntamiento hecho carne y hueso. La discreción no vende. Que se vea, que se note que yo estoy ahí, ordenando y disponiendo. Si se altera la hermosa noche de Miércoles Santo, el relativo silencio, el sonido de las marchas lejanas, ¡pues mejor!, que se advierta y se sepa que Yo actúo, Yo multo, Yo prohíbo. 

Todos están de acuerdo en que la Semana Santa, decíamos, ha resultado impecable y espléndida. Y así ha sido, en general por parte de las cofradías y del público de a pie. Parece algo “feo” o aguafiestas el fijarse en algún detalle ingrato, y realmente lo lamento…

Pero, con la experiencia reciente de cómo, con el covid, hemos aceptado y hasta abrazado toda pérdida de libertad porque “es por nuestro bien”, pues… Ya que esta Semana Santa en muchos sentidos ha supuesto como un resurgir de la libertad, sería deseable que no nos acostumbráramos a ser intervenidos, que intentáramos no ponernos tan de lado siempre de la autoridad opresora  (“sí, sí, muy bien tantos carteles, que se vea que aquí no se aparca”, “muy bien que se prohíba esto y lo otro, hay que evitar desmanes”, “la seguridad lo primero, mientras más polícías mejor, vivan las multas”), que nuestra empatía se dirija hacia el resto de la ciudadanía… En fin, que no nos convirtamos, en Semana Santa también, en “policías de balcón”.




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