“¿Qué me importa no ser rico?”

“¿Qué me importa no ser rico, si el mundo lo es, y me ofrece a cada instante inmensas posibilidades…?”, escribía Ortega y Gasset  hace aproximadamente un siglo.

Se refería a lo que algunos observamos a veces, especialmente en grandes ciudades. Habituados a protestar y reclamar, protestar y reclamar a todas horas, imbuidos como estamos de nuestros infinitos “derechos”,  a veces sin embargo la realidad nos obliga hasta por fuerza a admirarnos de la inmensa cantidad de cosas que se nos ofrecen, gratis o casi gratis, simplemente por existir…

Gratis total podemos entrar en hermosos recintos –museos, Universidades, salones de un hotel o de centros comerciales- sean públicos o privados, la cantidad de espacios donde un ciudadano puede sentarse a disfrutar, o simplemente a pasar el tiempo o hasta a resolver negocios si privadamente no dispone de sitio, es enorme. Desde un banco de la plaza, o de un parque magníficamente cuidado, hasta un patio barroco, todo se nos ofrece a nuestro uso. Por algunos servicios pagamos una cantidad ínfima y simbólica (un billete de autobús, un café en una terraza), pero, ¿y el regalo de toda una red de transportes que nos lleva adonde queramos, o de una serie de lugares espléndidos que podemos disfrutar por el precio de un café? Gratis total disfrutamos de placeres de millonarios – y sin las cargas que implica la propiedad.

Habitualmente ni observamos esto, y lo hacemos tal vez por primera vez estando de viaje, o destinados en otra ciudad… De los años sesenta data un libro titulado “Londres para turistas pobres” escrito por un español (Joaquín Merino) en el que daba cuenta de cómo un turista podía desde comer (canapés gratis en exposiciones e inauguraciones de libre acceso) a disfrutar de conciertos, espectáculos, todo, ya aparte de jardines, monumentos, museos… sin gastar nada absolutamente, y sin salirse de la legalidad (no hablamos de picaresca, sino de las oportunidades dentro de lo lícito, que es muchísimo).

“¿Qué me importa no ser rico si el mundo lo es…?” ¡Qué bien lo expresaba el filósofo! Estudiantes o trabajadores humildes en una ciudad, que residen en una habitación alquilada, y a veces hasta compartida, suelen ser los que mejor aprovechan esta ventaja. Bibliotecas donde estudiar, infinidad de lugares donde pasar el día, con aire acondicionado o calefacción… Hasta el asiento de una estación de autobuses es un lugar donde lícitamente puede leer o trabajar quien no dispone de mucho espacio.

Y, ¿para qué quiero “un piso con mucha luz”, si la luz en estas latitudes sobra? El tener un cobijo es suficiente.  La luz, los árboles, la belleza monumental, la comodidad, todo eso lo puedo tener en los espacios públicos (entendiendo por lo público cosas como centros comerciales; es decir, todo espacio en el que libremente podemos entrar).

El confinamiento acaba con todo esto. Se acabó la generosidad del mundo circundante. Nadie puede ya disfrutar de un placer de millonarios, sino los millonarios. De la noche a la mañana, el mundo se divide de manera inmisericorde entre millonarios y pobres.

Los que nos creíamos ricos ahora somos pobres. Ni a un árbol ni al cielo tenemos acceso, ni a un banco del parque, ni a ver una ola del mar.

El millonario en su finca, al que jamás envidiábamos pues considerábamos que podíamos gozar de lo mismo (jardines, piscinas) sin la carga de la propiedad, es ahora el único que puede disfrutar de placeres básicos.

Qué curioso que sea “la izquierda” la más partidaria, la más amiga del confinamiento, la que lo acepta con más naturalidad…




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