¿Qué entienden por “autenticidad”?

Una de las múltiples penitencias de esta Semana Santa ha sido el escuchar –rara vez de boca del pueblo, pero sí de de eminencias eclesiásticas y, por supuesto, de articulistas encopetados- que “esta Semana Santa iba a ser, está siendo estupenda, más auténtica, más recogida, va a ser la mejor”.

Si algún niño me pregunta lo que es el “nihilismo”, se le puede poner esto como ejemplo. El amor a la nada, que desaparezca todo. Suena raro, pero así es. (Julián Marías lo expresó hace unos cuarenta años: “Parece que en nuestro tiempo las cosas deben ser lo menos posible”).

Empecemos diciendo que, tras el mal sueño del año pasado, y ya habiéndonos puesto en lo peor, pues esta Semana Santa en Sevilla, ya partiendo de la nada, está deparando alegres sorpresas – la hermosura de los altares, la subsistencia de las devociones… Hay muchas compensaciones, cómo no. El Jueves Santo se produjeron estampas que casi parecían de un año normal.

Pero esto son compensaciones. Jamás algo “mejor” que lo de otros años  (salvo para los enemigos de estas tradiciones, claro). Es más, lo que estamos viendo este año se produce gracias al recuerdo de los anteriores, y la esperanza de los venideros. Si transcurren unos años más, nadie se pondrá en cola para ver unas imágenes más o menos (con lo vacías que suelen estar, salvo de turistas, innumerables iglesias). Se hace la cola para revivir mil momentos en mil esquinas… no las habría de no mantenerse fresco el recuerdo de las procesiones. 

Semana Santa “más recogida”, dicen. ¿Qué entenderán por eso? Los que la viven, vivimos, intensamente, hacen de esa semana un paréntesis de todas sus actividades diarias. “Es que la fe no es un bordado ni una corona de oro”, nos repiten machaconamente desde la infancia y seguirán hasta nuestra tumba. No, claro que no. Pero entonces, ¿qué es? Cuando compramos el regalo de santo para nuestra madre, cuando organizamos el cumpleaños del niño, ¿por qué no nos dicen “el amor filial o maternal no es una tarta ni es un bolso”? El amor se manifiesta en actividades y últimamente, hasta en objetos. 

Muchas personas transcurrían toda la Semana Santa sin hacer otra cosa que lo relacionado con el Señor y con la Virgen. No se puede asistir a los oficios y estar rezando todo el día – ni los monjes lo hacen. Pero los entregados a la Semana Santa estaban todo el día de una calle a otra, de una imagen a otra, continuamente recordando y mirando cómo el Señor esa despojado de sus vestiduras y cómo soportaba burlas… Sí, también uno se fija en el bordado de oro del Señor, el bordado de oro con el que lo “consolamos” y “premiamos”, en una maravillosa simbiosis de lo material y lo espiritual, que es también nuestra manera de vivir el amor a los padres y a los hijos… 

Y en una época en la que la penitencia física es un concepto desconocido (“bastante penitencia tenemos ya”, venimos a pensar incluso los devotos), pues las, digamos, ocho horas de una estación de penitencia son las únicas ocho horas del año en las que permanecemos sin comer ni beber, ni sentarnos ni hablar con nadie, ni ir al aseo,  NI MIRAR EL MÓVIL, sosteniendo todo el rato un cirio o una cruz. ¿Tan mal les parece eso a los que abogan por “una celebración auténtica”?

Durante esa semana, para muchos era absolutamente inconcebible hacer otro tipo de actividad (ver una película, acudir a tal o cual espectáculo de cualquier género, o hacer deporte o ir a la playa o al campo… actividades  deseadas en otro momento, pero que en Semana Santa sonaban contra natura). A los entregados a la Semana Santa incluso les molestaba la visita inesperada, en esos días, de un primo de Alicante o de una amiga alemana; personas queridas y bienvenidas en cualquier momento, pero no en esa fecha, cuando cualquier distracción resulta inoportuna, cuando ni de arreglar la casa hay tiempo, cuando, por única vez en el año, no procede el recordar nuestro viaje de Inter Rail ni aquella barbacoa en la playa, donde lo único interesante es que nos  dejen para llegar a tiempo a ver al Cristo de la Buena Muerte pasando por nuestra antigua Facultad…

¿Eso les parece, a los que abogan por la autenticidad, tan mal? 

Esta triste Semana Santa habrá sido la primera (considerando un mal sueño el año pasado) en la que muchos cofrades han visto una película banal, o han cogido un rato la bicicleta, o han estado trabajando o estudiando sin que les importe (cuando en años anteriores se hacían malabarismos para librarse de trabajar o de estudiar en esas fechas – a veces obviándolo sin más). ¿Eso es “autenticidad”? Por lo visto, mientras no haya un bordado áureo, todo es “auténtico” – hasta patinar por el parque parece más adecuado.

Sí, este año ha habido compensaciones. Pero de un orden material y corpóreo, no espiritual. Si en años anteriores, preocupaba un poco, al visitar los templos por las mañanas, el agotar las fuerzas, tan necesarias para luego, este año se podían efectuar las visitas con toda calma y comodidad… No había para qué reservarse, no había nada después. Del mismo modo, al acudir a los Oficios (los fieles que acuden son básicamente los mismos- con algunos matices este año) pues otros años se podía sufrir al quedarnos de pie pensando en que acumulábamos ya cansancio más el que nos esperaba luego… y aun así se hacía. Este año, viva la comodidad, lo que sobrarán son fuerzas. 

El Jueves Santo de otros años, muchas mujeres cumplíamos con la tradición de engalanarnos, pero esto significaba una penitencia añadida pues los tacones añadirían cansancio para esa tarde y noche. Y aun así lo hacíamos. Este año, hemos podido vestirnos con toda la tranquilidad y disfrute. No importa un rato de tacones, acabados los Oficios no queda sino descansar. Y no hay bullas en los que sea aventurado el adentrarse arrastrando mantillas. Sin duda eso ha sido un aliciente para muchas. Comodísimo.

Y el Viernes Santo, una se levanta, por primera vez en la vida, descansadísima y sin dolores. (Las compensaciones de este año son de pura comodidad física – curioso que eso les “guste” tanto a los que se les supone desean autenticidad). 

¿Podremos volver a lo anterior?

A olvidarnos del cuerpo (acaso la ÚNICA ocasión en que esto se hace, en nuestra época de obsesión por la salud y bienestar), a olvidarnos del cuerpo, a andar medio “zombis” en la mañana del Viernes Santo, por si podemos ver en su templo los pasos de Montserrat y la Carretería, con el Calvario al completo…

Es más “auténtico y recogido”, por lo visto, el dormir nueve horas como una reina, y salir con la bici al parque.

Continuará.




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