Puto cáncer

Como con las frutas y verduras, ya ha pasado la temporada de solidaridad, paz, amor… y se han desactivado todas las llamadas a aflojar la lágrima, que implica relajar igualmente la cartera.

Eso está bien, aunque sólo sea una vez al año y a estas alturas ya hayamos dejado de apadrinar niños con malaria, y ordenado devolver los recibos de tal o cual ONG a nuestro banco de cabecera.

Y digo que está bien porque al menos un día o dos al año, como a la Virgen, hay que ir a verla y quererla más que nunca y como siempre, por lo menos un rato. Ayudar un poco, por poco que sea, en el último mes del año, tampoco está mal.

Pero a mí, lo que me mata, me consume, me supera, me desquicia, me vuelve loca de atar (eso sí, como me dice un amigo, si ha de ser con camisa de fuerza, que tenga escote), es esta puta enfermedad que nos sigue invadiendo cuando menos lo esperamos y a quien más ganas de vivir tiene.

Muchas horas de charla con mi “hermana” que vive lejos de mí, pero que es quien más cerca está siempre, me intentan convencer de que las células mutan, que van invadiendo, como las malas personas, a la chita callando, cualquier parte de nuestro cuerpo y que, de repente, como las malas personas, se revelan, pero el mal ya está hecho. Mi discusión con ella, desde la más estricta ignorancia, es que no cabe en esta cabeza grande y dura que Dios me ha dado, cómo estando donde estamos, y con los todos los medios para estudio y solución que hay, no se pueda evitar. Y ella, mi hermana, que de esto créanme sabe tela marinera, después de darme toda su explicación, inclina la cabeza hacia uno de sus hombros, con cara de escepticismo y, cariñosamente, con su voz más tierna y su mirada más dulce, comienza de nuevo su explicación, intentando que sea lo más terrenal posible para ver si algo al menos, puedo llegar a asimilar. Sin éxito. Al final, terminamos maldiciendo todo, rogando, cuando ya es demasiado tarde, que nos pase de lejos y a veces, casi siempre, lloramos juntas.

Pudieran ustedes pensar que como frasco de cristal de perfume que soy, todas estas cosas se me evaporan por la perilla atomizadora, pero no. Me alegro inmensamente de que un pulpito sonriente siga hacia adelante, como no podía ser de otra forma (#todovaasalirbien), de que el señor Díaz se esté curando (#seguimosJuanma #yomecuro), porque es lo que está haciendo, y el señor García, con sus modernas gafas de sol y su camiseta verde esperanza (@valentingacia2), pelee más duro que Cassius Clay con Joe Fraser porque, como Muhammad, él sabe que es “el más grande” y así lo demuestra.

Gracias al apoyo de todos, el ánimo está al nivel de un decimoquinto piso sin ascensor, pero gracias a los profesionales para los que cada uno de nosotros nos convertimos en un reto personal (no, yo me libro por ahora, pero me incluyo porque NINGUNO estamos libres de caer en ese puto cáncer), y una victoria y una alegría.

Seguro que cada uno de ustedes tiene alguien cercano o conocido que pelea. Yo también. Y rezo todos los días por ellos, porque Dios también tiene gran parte en esto.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *