Pues no “se adelantaron a su tiempo”

Cada vez que se reedita una obra clásica –centrémonos ahora en los clásicos con minúscula, es decir, no en los grandes protagonistas de la historia de la literatura, sino en autores que gozaron de enorme popularidad en distintas épocas del pasado (tipo Enid Blyton. Tipo Elena Fortún. Tipo… Louise M. Alcott), observamos el mismo fenómeno. Los editores, los prologuistas, se afanan en “demostrar” que la obra en cuestión era premonitoria, era en realidad muy moderna; inequívocamente declaran que “se adelantó a su tiempo”.

Como esto resulta ya casi un tópico admitido (ser un genio destacado en el arte o en la literatura  se considera prácticamente sinónimo de “adelantarse a su tiempo”), se requiere cierta osadía para cuestionarlo…

Pero atrevámonos. Bajo esa afirmación, repetida en tantos casos, subyace la convicción profunda, incuestionable, de que vivimos en un época mucho mejor que otra cualquiera, que la idea de progreso continuo e indefinido de la humanidad, en teoría típica del siglo XIX, sigue presente en el fondo de nuestras cabezas por más que no cesemos de lamentarnos y de quejarnos por asuntos menores. 

Y por tanto, otra época de costumbres sociales distintas, de valores familiares y morales distintos a los actuales, se considera “inferior”, y las novelas que las reflejan sólo son aceptadas hoy día si aclaramos que sus autores (y sobre todo autoras) no estaban de acuerdo con esas costumbres, que en sus libros las “denunciaron”, y que si no se atrevieron a más fue por la opresión social entonces reinante.

Esa idea nos la venden tan eficaz y machaconamente que casi nos la creemos. Pero los verdaderos lectores de dichas obras, si pensamos un poco… no tenemos más remedio que rebelarnos.

Ahora le toca el turno a Mujercitas. A raíz de la anunciada nueva película, proliferan los artículos y comentarios defendiendo el “feminismo” de la autora, y cómo su personaje de Jo March resultaba “atrevido” y “rompedor” y desafiante”, y, por supuesto, “adelantado a su tiempo”…

Lectora sin rubor del gran clásico y de su continuación (que en el original se llama “Good Wives”… no digo más), me atrevo a negar la mayor. La celebérrima novela refleja perfectamente los valores e ideales de una época y lugar concretos; incluyendo a Jo, la muchacha con aspiraciones literarias, frecuentísima en la época, y que en ningún momento “rompe” nada ni es mal vista por nadie.

¿Qué sucede entonces? Que un crítico contemporáneo, al advertir que la novela le “gusta”, piensa instintivamente algo así como: “Oh, ¡cómo puede gustarme una novela típica de una época desfasada, donde la mujer estaba tan marginada! (El concepto que se nos inculca desde chicos, que la mujer siempre estuvo oprimidísima hasta ahora). Esto será, sin duda, que la autora era una excepción, se adelantó a su tiempo, fue muy atrevida, seguramente la persiguieron mucho”. Y convencidísimo de tal, sin prueba alguna, pues elabora esa crítica. La autora (ya que ha escrito algo que, contra todo pronóstico, pese a su acaramelamiento, su ambiente recatado y religioso y moralizante, pues…nos gusta) tuvo que ser, no hay más remedio, modernísima. Y lo que en su novela hay que encontramos poco moderno, pues eso… eso serían concesiones de la moderna autora, para que le admitieran su libro.

Me atrevo a sugerir: ¿Cómo estamos tan seguros? ¿Les consta que Louise M. Alcott, “adelantándose a su tiempo” hubiera preferido una sociedad como la nuestra, unas costumbres sociales como las nuestras…? ¿Cómo lo saben?

¿No será más bien que acaso otros modelos de sociedad y costumbres, aunque nos hayan inculcado el despreciarlos, no eran tan, tan malos? A lo mejor el modo de vivir de otras épocas y lugares – por ejemplo este, el de la América puritana del siglo XIX- pues… tenía ciertas cualidades; por ejemplo el ser capaces de producir obras capaces de subyugar a través de los siglos y de tantos cambios.

Esa sociedad no sería tan perfecta, claro (tanta bondad, tanta dulzura, las peleas y malentendidos tan nimios, la bondad siempre recompensada). Pero esos eran ciertamente sus ideales; eso era ciertamente lo que a la gente le gustaba leer, lo cual ya es indicativo.

Y lo mismo que con la autora de Mujercitas sucede con la española Elena Fortún, y con tantas otras. Creo que no se “adelantaron”, sino que reflejaron otros tipos de sociedad y de costumbres que, contra lo que nos inculcan, pues tenían también sus cualidades, y rebosaban de personas vivaces e inteligentes.


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