Puertas sin pomo

Julián Marías citaba una frase que le oyó directamente a Ortega y Gasset dando una clase o una conferencia:

-Cuando ustedes vean  (¡Ah! En aquellos años de cortesía, se les hablaba de usted incluso a los alumnos de una clase –cuando hoy hasta en un edificio público nos choca un poco el “Ponte la mascarilla”… una expresión que roza lo obsceno)

En fin, decía el filósofo:

-Cuando ustedes vean algo que no tiene sentido, como una sartén sin mango o una jarrita que no vierte, estén seguros de que detrás de eso hay un intelectual resentido.

Extrañas palabras seguramente para muchos, aunque sólo fuera por sacar a la luz como ejemplos unos objetos tan humildes y cotidianos. Diríase que no cuadra, unir un intelectual a algo tan prosaico como un modesto enser de cocina; y menos en aquellos años muy anteriores a la actual exaltación de cuanto sea comestible (más bien entonces, como durante toda la Historia de Occidente, toda mención a  la cocina se solía considerar hasta de  mal gusto).

Mas, ¡cuánta razón tenía! 

El absurdo lo vemos a todas horas, en multitud de objetos cotidianos. Hablábamos de la moda de la ausencia de calcetines (para machacar las lavadoras metiendo en ellas zapatos, en plena era de obsesión por la ecología). Pero luego están los lavabos cuadrados. ¿Cuánta agua se desperdicia hasta que se consigue que fluya toda la espuma que se queda en las esquinas de un lavabo cuadrado? Podría ser comprensible al revés: que primero existiera el lavabo cuadrado y luego alguien tuviera la buenísima idea de perfeccionarlo haciéndolo redondo. Pero, ¿al revés? Ah, es que es “de diseño”. ¿El diseño es “desinventar” una cosa que ya estaba inventada… sustituyéndola por otra que cumple mucho peor y con más gasto la misma función?

Por un lado se comprende que el funcionamiento de la economía moderna requiere mantener un alto nivel de consumo, y esto sólo puede conseguirse “lanzando tendencias” y creando necesidades; salvo que nos declaremos antisistema, habrá que ser tolerante con las sucesivas modas y cambios de formato en todo tipo de objetos domésticos (lo que es intrínsecamente incompatible con el ecologismo, pero en fin…). Esto se comprende, y no hay que acusar de “maldad” a las personas que diseñan nuevos objetos, pues así otras las venden, y otras las transportan, y otras abren al lado una cafetería, y en fin, todos vamos viviendo. El denostado “capitalismo” no produce unas formas de vida tan espantosas.

Así pues, muy bien, también en los muebles se suceden modas. Nada que objetar (al fin y al cabo, no se nos obliga a seguirla, como tampoco en la vestimenta. En teoría al menos). Pero sucede que un día la necesidad de la vida nos obliga a adquirir una mesita de noche o un armario, salimos a buscarlo y con asombro vemos (por eso decía que la voluntariedad de seguir las modas es teórica. Si sólo se venden prendas de un cierto tipo, no con otra cosa podemos vestirnos) que ahora sólo se venden muebles cuyas puertas no tienen pomo, y cuyos cajones carecen de tiradores.

Esto ya va más allá de las modas y “tendencias”. Esto es el absurdo; aquí sí que hay que evocar la frase de Ortega y Gasset. Detrás de unas puertas sin pomo tiene que haber un intelectual resentido. Como detrás del que lanzó el paraguas de mango recto (comprensible que se inventara primero el recto y luego con el mango curvo para llevarlo cómodamente. Pero no al revés); al fin y al cabo, ha conseguido que millones de personas, en días de lluvia, estén mucho más incómodas. Esto puede satisfacer al que sienta un oscuro rencor hacia el género humano.

Millones de personas, habituadas ya “al nuevo diseño” sin mangos, pomos, tiradores, sin nada, pues más bien hallarán risible este lamento de una persona que, sin definirse como ecológica, es tan poco consumista como para no haber renovado un mueble en lo que va de milenio. Pues muy bien; puede que los muy jóvenes un día se entusiasmen cuando un “genio” reinvente lo cancelado, y descubran lo práctico, hermoso, lógico y limpio que resulta un mueble con mango, pomo, manillar o tirador; lo útil y armonioso de tan sencillo complemento, cuando la función se une a la forma, cuando nadie se avergüenza de nada, cuando una puertecita no oculta que está para ser abierta ni un cajón para guardar algo en él.

Esta invasión de falso “minimalismo” rezuma una falta de armonía, de sentido, una especie de mentira intrínseca, cada objeto negando lo que es… que muchos percibimos de inmediato pero difícilmente podemos explicar a quien no lo sienta. 

Pero en fin; del mismo modo que en una humilde peluquería de barrio podemos aún leer lo que ya los aviones, los grandes almacenes y las cadenas de radio han suprimido, esto es, el vocativo “Señoras y Caballeros”, pues en algún bazar chino (chino, sí qué pena) aún se puede adquirir una mesita con cajones que tengan tiradores… 




 

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1 Comment

  1. Elena Haurie Relinque dice:

    Muy buena reflexión, Gloria! He de decirte, no sin avergonzarme de alguna manera, que irremediablemente y absurdamente, he caído en algunos de los sin sentidos que has descrito. Esto tenía que haberlo leído antes de la obra de casa! 😜
    Un abrazo
    Elena

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