Pubis

Hay modas inexplicables. Capturan a la mayoría de los comportamientos personales de nuestra sociedad sin que, a priori, sepamos su justificación, ni en cuanto al origen motivacional, ni respecto a sus ventajas objetivas, ya sean estéticas o de un cariz estrictamente placentero o gratificante. El homo sapiens –que acabó, según la ciencia, en lo que conocemos como humanidad, humanos o género humano- era velludo, seguramente porque aún no estaba Zara ni Primark, hacía más bien frío y tenía que protegerse de esa y otras inclemencias ambientales. Digamos que el destino evolutivo –ya claramente inteligente- fue dosificando el correspondiente equilibrio entre el clima y las prendas con las que nos defendíamos de él.

Este maravilloso empuje, conocido como evolución, fue sacudiéndonos lo innecesario en cuanto a la protección natural de nuestro cuerpo, pero lo hizo lentamente, con clasificación y dosificación inteligente, de manera que se nos fue cayendo pelo porque las pieles de la caza comenzaron a proteger nuestra piel, se nos cayeron durezas innecesarias (solo las innecesarias), el tamaño de los dientes disminuyó selectivamente, aunque conservamos, algunos, la reminiscencia inservible de las muelas del juicio. Sin embargo, la obstinada evolución, tan prospectiva ella, para conseguir un homo sapiens digno de esa calificación, nos dejó encima todo lo que necesitábamos para ser lo menos vulnerables posible en un mundo, este, hostil. Nos dejó las cejas, perfilándolas, porque protegen nuestros ojos, igual que nos dejó las pestañas –aun sin rímel- porque también los protegen, nos dejó las uñas con su brillo natural porque además de protegernos los dedos nos sirven para hacer cosas, coger otras, quitarnos alguna costrilla, reventarnos alguna espinilla, sacar, arañar y hacer cosquillas. En definitiva, nos dejó todo aquello que nos depura como especie y, por lo tanto, nos perfecciona.

Dejando a un lado el maravilloso diseño fisiológico interior, aquella selección activa nos permitió un diseño exterior funcional y hermoso: el pelo de la cabeza, los pelillos de la nariz, los de los oídos, los de los sobacos, engorrosos, a veces, todos ellos, pero necesarios para protegernos, también hoy, de intromisiones que muchas veces pasan desapercibidas para nosotros. El diseño de la evolución humana es una agudeza sin parangón de la sofisticación de una naturaleza que si bien no sabe de dónde viene sí hacia donde va. Así pues, llegados los tiempos modernos, el sapiens estaba perfecto anatómicamente, funcionalmente, fisiológicamente, pero con una carencia que no iba ni venía en nuestro ADN: hablamos de la implementación de las modas como invento caprichoso de otra sofisticación, la vertiente socio/política/cultural del homo maravilloso. Nada de esto nos venía dado en nuestro diseño original: el eslabón perdido (ya, hallado) de la moda, ese estado mágico de la conducta colectiva que no es otra cosa que la espesa configuración, a cargo de personas visionarias, de cómo ha de ser el complemento glamuroso –el glamur-, es decir, el lujo innecesario, para incorporar a nuestra evolución el factor industria –ganar dinero-, única forma de que aquella tenga sentido, es decir, sea sostenible, o sea, que sea válida sin ser lesiva para nadie.

De acuerdo, todo esto está muy bien, pero hay modas que no tienen explicación y, por lo tanto, justificación. Si el anónimo diseñador del cuerpo humano nos permitió conservar elementos primitivos porque nos protegían, como las uñas, las cejas, los párpados, los pelos de la cabeza, de la nariz, de las orejas y también, cómo no, esos otros que andan por ahí en tantas pinacotecas explicando encantos, objetos de deseo, caramelos de la belleza, mostrando la fuente de tremendas locuras de alcoba y de ambiciones que valieron reinos, no puede ser ¡por dios! que los cronistas de nuestra Historia estén todos equivocados cuando con sus coloristas pinceles relataron todas estas cosas destacando de ellas, como oscuros objetos del deseo, otras tantas del cuerpo y del alma, del amor y los celos, de las condenas a muerte y de las terribles venganzas que nos siguen acogotando, y por lo tanto hay que señalar –decía-, destacar, más bien, esa reminiscencia obsesiva del sapiens que manda protección para nuestro cuerpo y proclama belleza excitante para quienes lo contemplan desnudo. ¡La moda! ¡Quién es la moda, interpretada por tantos y tantas (¿tontos y tontas, a veces?), para hacer desaparecer de nuestra vida, de nuestra costumbre, de nuestros patrones artísticos, de nuestros exquisitos cebos eróticos y sexuales, de un cremazo –ya ni eso, con el láser-, la guinda en forma de higo por el que Adán se comió la manzana, por muy prohibido que estuviera hacerlo!

Respetemos la fabulosa contribución de la necesidad del homo sapiens a la hermosa configuración del cuerpo humano a la que hemos llegado como refinamiento de la admiración de la belleza y el erotismo. Está bien que no tengamos pelos en la lengua, pero si el homo era sapiens con los pelos de los que hablamos, ¿en qué quedará si desaparecen?

Aquella tranquila tarde de primavera, la pareja de trogloditas se fue a darle al ojo a las galerías, tan preciadas entonces, de las cuevas de Altamira. Serían trogloditas, pero ya apuntaban maneras porque sabían lo que querían sin el tormento de la moda. ¡Bendita evolución!

Pubis Del lat. tardío pubis, y este del lat. pubes.
1. m. Parte inferior del vientre, que en la especie humana se cubre de vello al llegar a la pubertad.




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