La ilusión de un niño solo un adulto es capaz de cargársela de un plumazo.


Leía, sin sorpresa, para qué vamos a mentirnos, que la plataforma Sevilla Laica había logrado –¡qué gran mérito!– detener que en sendos colegios públicos se hiciesen las tradicionales procesiones infantiles. ¿Por qué? Porque en estos se puede celebrar de todo, menos actos relacionados con lo religioso ya que, por lo visto, discrimina. Que en este país de cerrojos mentales lo público siempre debe estar reñido con la fe.

Esto que leí, insisto, sin sorpresa alguna, me lleva a plantearme el grado de retroceso de libertades a las que estamos llegando de manera preocupante. Sí: retroceso de libertades. Porque en mis años de vida jamás vi tamaño desfalco a la libertad en pos de, ríanse, la libertad. ¿Qué libertad existe en prohibir?


Al hilo de la noticia aparecían comentarios que aplaudían el citado logro. Alguien incluso, a modo particular, me indicó, grosso modo, que así se evitaría hacer caer a los niños en las mismas paridas de siempre. Los niños, ese eterno tesoro que proteger de las paridas de los adultos, y que los adultos siguen usando para sus paridas. Porque donde hay una cruz han de protegerse; pero para enarbolar esteladas, que ya solo representan a la Cataluña más pobre en democracia y más rica en odios; carteles de apoyo a asesinos de ETA recién liberados o ir disfrazados de cueros y plumones en la cabalgata del Orgullo Gay, no. Ahí no hay que protegerlos de nada, supongo. Eso es el sumun de la transigencia.

Teniendo en cuenta que España es un estado aconfesional (artículo 16.3 de la C.E., el cual les recomiendo se lean  http://www.congreso.es/consti/constitucion/indice/titulos/articulos.jsp?ini=16&tipo=2  ) y no laico, lo ocurrido en estos colegios no responde a ninguna norma legal y, por tanto, que las procesiones infantiles –¡infantiles, por Dios!– se hayan eliminado de las actividades previstas por los centros tampoco se corresponde con alteración alguna de los derechos de los no creyentes; pues, que sepa, la participación no es obligatoria y, en todo caso, justo por aquel mismo derecho que decía, si los padres decidieran que sus vástagos no incurriesen en ella, están en todo su derecho.

Mire usted, poniéndole un ejemplo la mar de simplón y que en mi caso para nada se corresponde a la realidad: si a mí no me gusta el carnaval, no participo de él y no comparto su idiosincrasia, ¿por qué va a tener mi hijo que acudir disfrazado de nada al día en que la escuela ha visto con buenos ojos celebrarlo? Lo entienden, seguro. Pues por el mismo motivo que quiero que mi hijo disfrute, porque sé que no le hace daño divertirse, de romper un solo día con la monotonía lectiva, y que por verlo sonreír yo me disfrazo con él. No se trata de fastidiar al prójimo, como han hecho desde esta asociación, sino de respetarnos mutuamente.

¡Cerrojos mentales! Tanta libertad a la que aducen y solo son mera censura de baratillo. ¿Se opondrían a que, en otro ejemplo facilón, el día grande del Ramadán sus hijos participaran de una fiesta que el colegio organizase por aquello de la inclusión cultural? ¡Demagogos! Dirían que sí a viva voz, para acallar a los represaliados de la cruz, pero sé que terminarían dejando que el tema pasara de largo, no sea que nos tachen de xenófobos, racistas y no sé qué más y nuestro progresismo de chichinabo vaya al garete.

Qué cosa más horrible debe ser ver disfrutar a un chiquillo haciendo lo mismo que ve en sus mayores. Qué cosa más horrorosa ver el empeño de esos pequeños por vivir la realidad de un momento reservado para los adultos ya sea de capataz, de costalero, de guardia civil, vestida de negro y con peineta a juego, de músico, de nazareno… Qué horror, ¿verdad? ¿Y la sonrisa de sus abuelos que han acudido a verlos? Sí, que cosa más terrible. Qué tragedia guardar la tradición; esa tan desfasada y que, al menos en Sevilla, lleva casi ochocientos años repitiéndose y va a más.

Dije en las redes, y me reitero, que si en los colegios se limitasen a dar clases y no se permitiese ningún tipo de evento, pues para todo habrá sus pros y contras –no todos somos proandalucistas, ni profeministas, ni procarnavaleros, ni proferiantes…–, también estaría de acuerdo que el de las procesiones infantiles no se llevaran a efecto; pero miren por donde siempre van los tiros al mismo pato.

Reitero en lo que incidía antes. Estamos en uno de los momentos menos libre de la libertad que nos concede nuestra democracia, y no digo barbaridad alguna, y quienes menos deben de sufrirlo son nuestros hijos. ¿Usted no quiere que el suyo participe de eventos religiosos/tradicionales? Perfecto, pero no jorobe al prójimo. ¿Por qué en los centros Giner de los Ríos, en Mairena del Aljarafe, y Guliena, en Guillena, han considerado que hay discriminación? Porque hay quienes han decidido que su prole no tenga como materia la religión –para ellos todo mi respeto–, y ahora… penitencia para todos.