Primero vinieron a por los trumpistas…

Cerrar la cuenta de Trump en Twitter no tendría la mayor relevancia si – y solo si – concurrieran estas dos condiciones, como mínimo:

1- Que Trump no fuese el presidente de una de las más grandes democracias del mundo, en la que por supuesto existen mecanismos de control institucional para impedir delitos acreditados y no los temores, filias y fobias del CEO de una gran empresa. Una empresa que, además, en la práctica parece actuar con los peores modos monopolísticos.

Si la decisión – incluso a instancia de la propia Twitter – hubiera sido la de una institución del estado, de esas que actúan como contrapoder (judicatura, por ejemplo) y no el deseo de una empresa privada, la cosa seria menos inquietante. Pero no ha sido así, sino justamente lo contrario: que una gran empresa ha amordazado a la mas alta institución de un estado democrático. El sueño de cualquier anarcoliberal.

Pero resulta que una empresa privada no puede hacer lo que le plazca. No puede, por ejemplo, someterme como esclavo o arrebatarme mis derechos socialaborales, incluso aunque yo me prestase a ello. Tampoco puede dejarme sin línea telefónica porque le resulten aburridas o “peligrosas” mis conversaciones. Y, atención, que tanto el aburrimiento como el peligro son sensaciones muy subjetivas, de ahí la relevancia que tiene – en ciertos casos – apelar a una decisión judicial que las acredite o las desmienta. Hay un enorme cúmulo de delitos (atentado contra el honor, injurias, delitos de odio…) en donde existe un alto grado de subjetivismo, de ahí la importancia de una valoración imparcial sustentada en criterios legales (que están tasados y son transparentes).

2- Que Twitter previamente hubiese actuado igual con los numerosos presidentes, ministros, clérigos y esbirros al servicio de tiranías, dictaduras y democracias fallidas. No son pocas. Revisen, por ejemplo, el índice de democracia de The Economist y o el de Libertades Publicas de Freedom House y háganse una idea de cómo esta el patio de países sin libertades, esto es, de países sin contrapoderes internos, eficaces y solventes. Si Twitter se hubiera erigido en defensor de las libertades y el “buen gusto democratico” de los venezolanos, cubanos, chinos o iraníes cerrando las cuentas de sus déspotas hereditarios o designados, quizás lo de Trump – a muchísima distancia de esa gente – se podría entender mejor.

Pero no ha sido así y por eso me resulta extremadamente preocupante todo lo que está pasando en los EEUU (sobre el asalto al Capitolio ya escribí hace unos días) y, por derivación, en Occidente y el mundo libre en donde cada vez son más las voces de quienes asumen con complacencia estos atentados a la libertad de expresión (no me olvido cuando el retroprogresismo europeo nos instaba a no hacer chistes sobre el islam).

Y es que me temo que el razonamiento de quienes aceptan y hasta celebran esta siniestra realidad es idéntico al que reflejó el pastor Niemoller en su conocido poema y que hoy podría parafrasearse así: “primero vinieron a por los trumpistas, pero como yo no era trumpista no me preocupé…”




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