Presos inocentes

Con esto de que hoy es Cuaresma me proponía a escribir sobre lo que no habrá de darse y, por otro lado, tampoco tendría sentido, por lo que los cristianos nos encontramos muy ofendidos: aquello que desde las alturas moncloales y otras estancias gubernamentales este día no nos felicite nadie. Pero, si me permiten el inciso, no es el inicio de estos cuarenta días reflexivos por el que hayan de congratularnos, sino por aquél en el que las hermanas de la Cruz canten a gloria ante el Cristo vivo de Santa Marina. Pero ya les auguro que para cuando aquel gozoso domingo tampoco esperen que alguien exclame: «¡Resucitó! ¡¡Aleluya!!», que ya se acordarán de todos diez días justos después.

Dicho esto, superada la emoción que como cofrade me supone el inicio de los días más bellos y nostálgicos del año, dejo el verso para otro mejor momento, y me engarzo a la prosa; por aquello de que lo prosaico es más mundano. Me enfrasco con una noticia que anoche leí con indignación de preso inocente. Claro dejo que nada tiene que ver esto con partidos ni ideas, sino con la indignación como ciudadano de un país donde vamos dando pasos agigantados hacia la más terrible imbecilidad.

Les sitúo. Al parecer, la dirección del IES Andévalo de la Puebla de Guzmán, en Huelva, en documento del centro con un logo en referencia a la próxima jornada del, otrora, Día de la [toda] Mujer Trabajadora, remitió a los profesores unas indicaciones para que se les otorgasen solo a las chicas ciertas prebendas en conmemoración de tal fecha. Visto así tampoco habría de darse mayor importancia al hecho; sin embargo, la tiene. Entre las acciones tomadas por dicha dirección, que pretendían reivindicar el 8 de marzo, estaba la de negar a los compañeros de las alumnas su rato de ocio fuera de las clases; ello para que así entendieran cómo se ha sentido la mujer durante mucho tiempo (sic). Dicho de otro modo: ojo por ojo.

Asemejemos en un ejemplo a fin de comprender de manera correcta la supuesta intencionalidad. Para saber cómo se ha sentido desde hace siglos el hombre negro en los Estados Unidos, todos los alumnos blancos, en horas de recreo, han de saberse esclavizados para que asimilen mejor lo que sintieron aquellos antepasados de la nación americana. Pues esto, equipo directivo del IES Andévalo –señoras López García y Carrasco Canelo–, no es ninguna metodología didáctica; el alumno no aprenderá, por más que asienta avergonzado, lo que pretenden sino, con probabilidad, todo lo contrario. ¿Saben ustedes que el odio se fomenta con odio y con el temor?

Hay quienes se han quejado de que el autobús de HazteOír saliese a la calle con la imagen de un Hitler feminizado como metáfora de en lo que se está convirtiendo –o ya lo ha hecho– una parte del feminismo actual. Soy de los que están hartos de aquellos que tanto acuden al recuerdo cruel para justificar las estupideces de hoy pero, reitero, esto no va de ideologías o credos políticos, sino de coherencia e indignación.

Seguro estoy que se alzarán voces que aplaudan esta imposición, que no propuesta, en pos de una revisión educativa sobre la equiparación entre sexos; empero, esto no es más que un flagrante y denigrante suceso de una acción coercitiva sobre un colectivo –los alumnos masculinos de dicho centro– por algo de lo que no tienen ni culpa ni responsabilidad alguna. Una manipulación donde a aquellos chicos se les ha privado, por mera imposición, al menos, de uno de sus derechos. ¿En serio alguien está de acuerdo con que para avanzar en esto hay que humillar? ¿Se trata de eso? Este feminismo exacerbado, ramplón, vacío, faltón, energúmeno, cegado a la razón, que en nada se parece a aquel al que tanto refieren, ¿es esto? ¿Cuándo hablan de igualdad, en realidad, a qué se refieren?

Sí, me reafirmo: vamos dando pasos agigantados hacia la imbecilidad y, lo peor, vamos a contagiar a esta generación de esta estulticia de mediocres y sus mediocridades. Y más terrible aún es que pueda ser irreversible en muchísimo tiempo. Es cierto lo que leí hace poco sobre que la generación de los setenta –los nacidos en tales años, que vivimos con plenitud infantil los ochenta y juvenil los noventa, hemos sido, sin lugar a dudas, la más libre de las últimas ocho décadas, que ya son; y fíjense hacia dónde nos conduce el torticerismo que nos acucia, que recuerda más a las prohibiciones y mojigatería de otras épocas, por mucho que hablen de revoluciones; que los que hoy hablan de progresar no dejan de mirar al pasado.

Decía que la noticia que ha dado pie a este artículo me hizo sentir la indignación de un preso inocente pues, sin ser culpables en absoluto de nada, y sin tener justificación alguna esta medida, estos chavales han servido de oprobioso ejemplo de lo que puede llegar a ser si no se pone pie en pared ante esta dictadura de lo políticamente correcto. Quéjense, sí, de aquel autobús que decía, quéjense…, pero ante sucesos así solo logran darle la razón a aquellos.

Quedan, comentaba al inicio, cuarenta días de reflexión pero, con esto de las elecciones, algo más de cincuenta de penitencia. Recemos porque, visto lo visto, va a hacer falta.



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