Gobernar es en gran medida una campaña electoral. Rajoy lo ignoró  -o lo despreció-, por eso se quedó sin mayoría absoluta tras incumplir lo que había prometido. Fue una estafa, una imperdonable estafa que ha terminado en la necesidad de que ahora Pablo Casado trate de conseguir nada menos que el lavado de cara del Partido Popular, que es como dejar sin betún la de un beduino después de la Cabalgata. Tela de estropajo y jabón.


Gobernar  -repito-  es ya en sí una campaña electoral, y Pedro Sánchez parece saberlo mucho mejor que Rajoy; de ahí que no suelte el poder por más que parezca un presidente en funciones y, sobre todo, un presidente en ficciones. Acoge inmigrantes sin tener sitio, combate el narcotráfico con pocos efectivos policiales (además de los que le piden el traslado), contamina los presupuestos con el cuento ese del diesel, con el montaje del medio ambiente, tan propio de políticos de ambiente medio… Y su fantasía más animada de ayer y de hoy después de toda una transición política ejemplar: la de sacar a Franco de su tumba para reconciliar a los españoles (¿pero estábamos peleados?), contándonos una historia de la guerra civil que ya le han rebatido como falsa y manipulada hasta los más honrados historiadores socialistas, los que le han negado que la República fuera demócrata, los que le han dicho que la Ley de la Memoria Histórica es fruto de un socialismo que se ha quedado sin pensamiento. En tantas desmemorias históricas, Sánchez no se acuerda ni de Jarcha. Ahora quiere el canto de una libertad con ira.

Gobernar es el trecho más decisivo de toda campaña electoral. Es el kilometraje más eficaz sin recorrer un sólo pueblo ni mitinear en ninguna plaza. Téngalo en cuenta, señor Sánchez. Si tanto le gustan las memorias históricas, no olvide que lo olvidó aquel ingenuo llamado Mariano Rajoy. Y tampoco olvide que la democracia está llena de esquinas donde las urnas – que nunca le fueron bien y tanto le acojonan – ajustan las cuentas.