“Prerrománico asturiano”

Hallándose en Oviedo, unas estudiantes cayeron en la cuenta de que estaban cerca de unas iglesitas muy singulares (es ciertamente peculiar que unas iglesias tan pequeñas y desnudas hayan pasado a formar parte de la cultura general, incluso con lo exigua que es en nuestros días; un manual de Historia del Arte de Bachillerato que abarque en un solo volumen toda esa inmensa materia, incluso en la época actual, que simplifica, corta, quita texto, añade fotos, agranda la letra… pues curiosamente no se olvidará de San Miguel de Lillo ni de Santa María del Naranco, por aquello de que son tan antiguas e inclasificables… El libro ha de recorrer las Pirámides, las catedrales góticas, Bernini, Beethoven… tremendo el resumen que debe efectuar; y sin embargo esas pequeñas iglesitas nunca se suprimen – no por pomposas ni espectaculares sino por significativas…).

Las viajeras se informan de cómo llegar, oyen indicaciones sobre “el monte Naranco” y se encaminan a la parada del autobús. 

Es un caso singular, ciertamente, el de estas iglesitas (que “piden” el diminutivo). ¿Quién les iba a decir a los que las edificaron, hace más de mil años largos, que iban a gozar de semejante consideración universal…? Y ahí, en las afueras de Oviedo, tan cerca que se puede ir a pie o en autobús urbano de línea, mezcladas con los que van a sus quehaceres, es posible ver en persona tan únicos, entrañables edificios, en su entorno natural… 

Y en la parada del autobús, la primera desilusión. No se trata de descender en el “Monte Naranco”, no; el lugar se ha retitulado, y así consta en las paradas de autobús y en los planos de la ciudad, como “Prerrománico Asturiano”.

Dificilísimo explicar por qué ese simple letrero arruinaba la sensación de aventura descubridora (en vez de “arruinar” iba a decir, “disminuía enormemente”, porque algo sí se disfrutó, y mucho… Se disfrutó el ver en directo a un amigo tan querido. Pero la experiencia descubridora del viajero genuino, esa sí la destruyó).

¿Cómo puede alguien que ha sido profesora, que ha impartido clases de Historia del Arte siguiendo el guión convencional, y disfrutado con ello, cómo puede quejarse de ese letrero, “Prerrománico”, allí dándole nombre a la parada del autobús, si eso mismo figuraba en los libros que le descubrieron el amor a estas cosas?

Pues… acaso por eso mismo. Un libro de texto forzosamente etiqueta, empequeñece, esquematiza, y aun burocratiza las realidades, en este caso las magnas obras de arte que han impresionado a la Humanidad. Un mal necesario, sí, gracias a ellos se despierta en algunos el interés y la curiosidad.

Pero la obra de arte una vez que la tenemos delante es más, es irreductible. Que al sistematizar el estudio de la Historia del Arte haya que recurrir a etiquetas convencionales (capítulos que digan: Gótico, Renacentista, Barroco… aun cuando sean nombres artificiales, pensados a posteriori, pero de algún modo hay que agrupar las cosas) pues es un reduccionismo necesario, útil para la didáctica y la memoria. Como un “truco” para almacenar en la mente una gran cantidad de obras bellas.

Una vez delante de la catedral, del cuadro, del templo griego… o frente al incienso bajo una bóveda… en ese momento se trata de mirar, sentir, apreciar. No estamos clasificando objetos de un catálogo; estamos frente a algo vivo, a piedras que hablan.

De manera que la antigua iglesia de Santa María del Naranco, universalmente conocida y a eso le ayuda su sonoro nombre, ya no es tal; servilmente se arrodilla ante la clasificación didáctica que se le ocurrió un día a un estudioso (“A este tipo de edificios, anteriores incluso a lo que hemos catalogado como Románico, pues llamémosle, ¿cómo?, pues de momento, ‘Prerrománico’”), y decide que su misma identidad es menos importante que ese adecuarse al didactismo. La parada de autobús, para ponérselo más fácil al estudiante cuadriculado, ya no se llama “Monte Naranco”, sino “Prerrománico Asturiano”. A la etiqueta se le da más importancia que a la realidad.

Ya no sentimos la emoción de hallarnos en un enclave especialísimo. Estamos como en las páginas del libro de Segundo de Bachillerato. Para eso no había que haberse molestado en acudir en vivo al lugar donde se esperaba experimentar una realidad única.

Esto era Oviedo. Pero sucede en todas partes. Un día pasando por el diminuto pueblo sevillano de El Garrobo, de pintoresco nombre también, un espíritu curioso se detiene ante la cerrada puerta de la iglesia. Hay un cartelito, acerquémonos a ver si pone el horario de misas y de apertura. Pues nada de eso. El cartelito decía “Costrucción mudéjar, altar barroco, elementos neoclásicos”.

Nos quedamos sin saber si está abierta al culto o no. El edificio reniega de su esencia, reconoce carecer de identidad. Pero eso sí, que el altar “es barroco”, eso que no lo ignore nadie.

¿Será posible tomarle desagrado a estas palabras –Románico, Mudéjar, Barroco, Rococó- que evocan momentos de juventud y de la enorme ilusión, de atisbar por las rendijas un mundo de belleza y de sentido? Pues sí; cuando algo se deforma pierde su encanto. Cuando ese mundo fascinante se vacía de contenido y se contenta con SER una etiqueta, ya esas palabras se estropean, adquieren connotaciones de una pedantería hueca. Cuando una iglesia servilmente ya no rotula una capillita como “Altar de San Antonio” sino como “Altar renacentista, cuadro barroco copia de Murillo”, algo suena a triste y muerto…

Creo que los primeros que lamentarían este esnobismo serían, si vivieran, los que idearon estos términos. 




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