Preparados para conocer la verdad

Y ahora imagínense al juez Fernando Grande Marlasca (sí, sí, al juez, han leído bien) que, una vez reingresado en la judicatura, tuviera que pronunciarse envuelto en sus puñetas sobre sucesos similares a los vividos hasta ahora, desde las violentas algaradas de Cataluña a la aparición de unas cartas con balas dirigidas a altos cargos o a la destitución arbitraria de la cúpula policial con indicios manifiestos de prevaricación por parte del ministro de turno.

Eso no es un juez ni puede serlo, porque su comportamiento acumulado revela a un tipo incapaz de sustraerse a un partidismo extremo y relleno de sospechas como un pavo navideño en trufa… Ni les cuento si a ello le sumamos que la fiscal del caso de ficción fuese la actual Fiscal General del Estado y el abogado de la defensa un tal Baltasar Garzón. Un delirio, pero posible, que enterraría a Montesquieu para la eternidad en una cueva.

Durante la campaña de las elecciones generales de diciembre de 2015, que ganó el PP con 123 escaños, un tipo de 17 años se acercó en Pontevedra a Mariano Rajoy con la intención de hacerse una foto y le propinó un puñetazo en un ojo que le partió las gafas. Pertenecía a la “Coordinadora Antifascista de Vigo”, una tropa de energúmenos hermanada con “Resistencia Galega”.

Fueron las elecciones en que el PSOE se derrumbó hasta los 90 escaños, Podemos obtuvo 42 y C’s 40. Vox aún no tenía representación parlamentaria. Iglesias se limitó a poner un tuit condenando la agresión y envió un mensaje de whatssap al afectado interesándose por su estado de salud, pero ni él ni su partido condenaron aquella agresión y rehuyeron pronunciarse cada vez que los periodistas se interesaron por el asunto.

Aquel individuo de la extrema izquierda, Andrés de V.F. era su nombre, pasó dos años internado en un centro de menores y en 2019 participó en otra acción similar al golpear también en un ojo al coordinador de la agrupación local de VOX en Pontevedra, Juan Manuel Rosales Pérez. Los delincuentes, como Castro o Chávez, siempre vuelven al lugar del crimen.

La lista de jugueteos retóricos de Iglesias en torno al empleo de la violencia en política es demasiado larga y muy temprana, lo cual no le permite ni la menor impostura verosímil a cerca de su victimismo de ofendidito.

Desde aquel relato estúpido y preadolescente de “una gente lumpen de clase mucho más baja que la nuestra: tú me robas la mesa de mezclas, yo te parto la cara” hasta nuestros días, su verborrea, a menudo guerracivilista y pretendidamente incendiaria, a veces con tono didáctico-profesoral y otras con la sibilina actitud de curita amorfo, no ha cesado de alentar al uso del “putsch” de la cervecería de Munich, ya sea declarando una “alerta antifascista” tras conocerse los resultados electorales en Andalucía, reconociéndose emocionado ante unas imágenes en las que pateaban a un agente de la Policía o participando en toda clase de “escraches”, incluso en recinto universitario, contra quienes no pensaban como él y sus secuaces.

La lista, digo, es interminable porque su “jarabe democrático” es de amplio espectro y su receta es siempre la misma desde su participación a pedradas contra la policía en 2004 en la ciudad de Génova a propósito de una cumbre del G-8. Tenía 21 años.

Nadie crea, pues, que se trata de un descuido o de una caída del caballo camino del Damasco de la tolerancia y la democracia, sino otra vez la simple y perversa impostura de quien está disponible para volver a la teatralidad y a la mentira sin el menor sonrojo ni mala conciencia de ninguna clase.

Lo más fiable en estas circunstancias es pensar que la función que ha representado con el apoyo y el atrezzo necesario de esa tal Ángela Barceló, mimetizada por el confinamiento y las horas de radio en la mesa redonda del Rey Arturo, tendrá continuidad en los próximos días para tensar la situación hasta un extremo insoportable, que en 2004 finalizó con un atentado bestial en Madrid a pocas horas de unas elecciones y donde la Condena SER volvió a recolocar las piezas de una realidad inventada a gusto de sus consumidores.

En aquella ocasión, el juez Gómez Bermúdez, que presidió el tribunal de aquella salvajada, por entonces casado con una tal Elisa Beni, señaló que “España no está preparada para conocer la verdad”. Ni una sola de las pistas admitidas en el juicio se correspondía con la verdad de los hechos y el juez ignoró hasta el informe pericial que acreditaba que el explosivo utilizado era Tytadine y no Goma 2 ECO.

Miembros de la Policía o del CNI, o ambos en comandita, desvirtuaron los hechos y manipularon pruebas para dejarlo todo en un purgatorio con el que vivimos desde entonces, así que no resulta nada arriesgado imaginar lo que puede suceder con los votos por correo el próximo 4-M cuando una furgoneta de reparto Renault Kangoo se persone en distintos colegios electorales para vaciar en las urnas sacos llenos de votos que a partir de ese momento se harán indistinguibles con el resto.

Por apuntarles sólo una pista, esta vez quizá nos encontremos con un fallo más común de lo normal referido a quienes vayan a votar y les comuniquen que allí consta que ya han votado o que no figuran en el censo. Hay muchas otras probabilidades, pero esta es una que puede darse si no lo han peinado bien el censo.

En todo caso es una anomalía muy seria contemplar a la directora de la Guardia Civil, María Gámez, acompañando a un mitin a Gabilondo y al ministro-juez. Más aún acompañándose como mascota de Jorge Javier Vázquez, el que ha convertido en show nacional la voladura de la presunción de inocencia. No se cortan ni un pelo, salvo para depilarse.

Lo de las balas es un cuento chino que han denunciado hasta los sindicatos de Correos, pero no se olviden que el candidato viene de estar sentado en el CNI y puede que, como diría el ex marido de Elisa Beni, sigamos sin estar “preparados para conocer la verdad”.

He dicho.




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