Con motivo de la última flatulencia progresista excretada por la podemita Irene Montero con eso de las «portavozas», se ha vuelto a poner en circulación una carta anónima que corre desde hace algunos años por internet, atribuida a una profesora.

En ella, su desconocida autora se declara orgullosa por tener la suerte de haber estudiado «bajo unos planes educativos… que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política»; y donde se aprendía «a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura». 

Explica cómo el participio activo de algunos verbos de acción determina que, para nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer dicha acción, se utilice el nombre del verbo finalizado en «ente»; con independencia de que fuere hombre o mujer. Y por eso, al que preside, se le llama «presidente» y nunca «presidenta», independientemente del género masculino o femenino del que realiza la acción. De manera análoga, se dice «capilla ardiente», no «ardienta»; se dice «estudiante», no «estudianta»; se dice «independiente», y no «independienta»; «paciente», no «pacienta»; «dirigente», no «dirigenta»; «residente»…, etcétera.


Y terminaba jocosamente la carta diciendo que lamentaba haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habrían asociado en defensa del género y firmado un manifiesto; entre los cuales se encontraría el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el deportisto, el atleto, el gimnasto, el fubolisto, el tenisto, el ciclisto, el motoristo, el golfisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el pianisto, el trompetisto, el violinisto, el guitarristo, el arreglisto, el contratisto, el maquinisto, el electricisto, el dentisto, el oculisto, el fisioterapeuto, el masajisto, el policío del esquino… y, sobre todo, ¡el machisto! Una lista que, por el protagonismo que han adquirido en este asunto, convendría actualizar añadiendo al progresisto: fuere éste derechisto, izquierdisto, socialisto, comunisto o podemito.

Quienes, como doña Irena Montera, reivindican el uso de expresiones similares a «portavozas», se justifican diciendo que lo hacen para combatir la supuesta invisibilidad que condenaría a las mujeres si no se utilizan estos palabros. Y en parte aciertan… Porque  quienes utilizan tan absurdo vocabulario, sí que consiguen visibilizar algo: la fatua y petulante idiocia intelectual que les caracteriza.