Por qué me gusta tanto Chesterton… y la Navidad

Se pueden hacer muchas disquisiciones sobre la política y educación en nuestros días, pero a mí, a medida que pasan los años y las décadas, me resulta más difícil comprender que Gilbert K. Chesterton (Londres, 1874 – Beaconsfield, 1936) no haya figurado ni figure en los anales de enseñanza de nuestro tiempo, cada vez más necesario.

Como narrador era ameno, brillante y admirado por Borges, y su detective distraído, el Padre Brown, se convirtió en un icono del primer tercio del siglo XX, pero como ensayista, articulista y polemista no tiene final y sus reflexiones como “pensador del sentido común” se mantienen en pie cien años después.

Anglicano por tradición familiar, se hizo agnóstico y luego volvió al anglicanismo antes de convertirse al catolicismo, desde donde construyó una montaña de sensatez que traspasa toda su fe con un rayo de agudas, juiciosas y divertidas reflexiones que se sostienen por sí mismas.

Más allá que discutir de religión, Chesterton te hace pensar de manera gráfica y te enreda para descubrir razones y contradicciones, o directamente te las resuelve con un fogonazo. Sus argumentaciones, casi nunca hirientes, caen sobre el lector con todo el peso del grandullón que era y no te aplasta nunca, pero te obliga a esforzarte si quieres salir honradamente de debajo de esa mole de buen juicio y prudencia.

Defensor de una teoría económica que personalmente en muchos detalles no comparto entre el capitalismo y el socialismo, que se llamó “distributismo” y que constituyó la base de buena parte de la doctrina social de la Iglesia de nuestro tiempo, no rehuyó jamás ninguna discusión y se adentraba a debatir las razones de su propia conversión con una inteligencia fuera de lo común.

En su diatriba para explicar su conversión, afirmaba: “Nosotros realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón. Lo que nosotros [los católicos] queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados…” Y refiriéndose a la Iglesia añadiría: “No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar durante dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias; la evidencia de aquellos que los han recorrido”.

En sus artículos de prensa, recopilados y agrupados de mil formas diferentes en muchas ediciones, Chesterton no rehuía ningún asunto relacionado con la actualidad de su tiempo y la validez de sus reflexiones sigue vigente, razones casi intactas, como si estuviese hablando hoy desde un nítido posicionamiento conservador que a menudo desborda a sus lectores teóricamente más complacientes y pone en apuros a los más ajenos y distantes.
Casi cada año, por estas fechas (será por mis recurrentes y muy humanas dudas), a mí se me hace muy apetecible revisar algunas páginas de sus exhaustivas y prolíficas argumentaciones, en especial estas palabras dedicadas al espíritu de la Navidad, que, al parecer, ya en su momento, en mitad de los difíciles años 30, estaba siendo amenazado por la vacuidad y banalización de lo festivo y hedonista de los tiempos modernos. Y así de bien lo exponía:

“… Nadie había imaginado la posibilidad del Creador viviendo entre los hombres, hablando con funcionarios romanos y recaudadores de impuestos. Pero la mano del Dios que había moldeado las estrellas se convirtió, de pronto, en la manecita de un niño que gimotea en una cuna. Y ese hecho, admitido en bloque por la civilización occidental durante dos milenios, es, sin ninguna duda, el hecho más asombroso que ha conocido el hombre desde que pronunció la primera palabra articulada. La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad. La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el paralelo de una boda es bien válido en más de una manera; porque este nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. Es lógico que haya pompa y gozo popular en una boda; de ninguna manera estoy de acuerdo con los que querrían que fuera algo privado y personal, como la declaración de amor o el compromiso de matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podrá enorgullecerse?, ¿y por qué se empeña entonces en casarse? Pero en casos normales todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe “en honor” del matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. Sin embargo, en tantas bodas de famosos se pierden de vista por completo este serio objetivo y no queda nada más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse. El resultado es que al final hasta la frivolidad como frivolidad empieza a desvanecerse. Quienes empezaron a juntarse sólo por diversión acaban haciéndolo sólo porque está de moda; y no queda ni siquiera la más débil sugestión de regocijo, sino tan sólo de ruido y alboroto. La gente está perdiendo la capacidad de disfrutar la Navidad porque la ha identificado con el jolgorio. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que la Navidad es por algo que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No sería tan bullicioso, si le hubiera dejado puñados de billetes bancarios falsos o un talonario de cheques sin fondos. Por divertida que fuera la acción del testador, no sería durante mucho tiempo ocasión de festividades sociales y celebraciones de todo tipo. No se puede empezar ni siquiera una francachela por una herencia que es sólo ficticia. No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo el humano, se está pidiendo demasiado a la naturaleza humana. Se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar. Hoy nuestra tarea consiste en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única manera de que vuelva a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aun en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días”.

Por todo esto me gustan tanto Chesterton… y la Navidad.

He dicho.




1 Comment

  1. Maloma dice:

    Grande y eterno Chesterton.

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