Por alguna extraña razón, manifestarse favorable al aborto resulta en Occidente la marca incuestionable de ser alguien progresista, moderado y respetable. Por alguna extraña razón, las manipulaciones que contaminan los argumentos de un asunto tan transcendente como éste, se han asimilado como irrefutables verdades sin posibilidad apenas de someterlas a debate.Lo acabamos de comprobar con las reacciones a un comentario de Pablo Casado (PP) proponiendo tímidamente volver a la Ley de supuestos de 1985, frente a la actual Ley de plazos del 2010. Aunque en realidad la aplicación de una u otra ley han ofrecido similares resultados letales (unos cien mil abortos cada año en España), la mera propuesta de Casado enseguida ha generado encendidas críticas, desde Albert Rivera (Cs) hasta toda la izquierda y el feminismo más rabioso, que hacen del abortismo una de sus fundamentales banderas identitarias.

Y es que, por alguna extraña razón, todo lo que implique facilitar algo tan terrible como es que las madres eliminen a sus hijos antes de nacer, nos lo han vendido como el mayor (y más paradójico) símbolo de un avanzado progreso humano.


Pero también es cierto que, cuando se observan los «valores» que van imponiéndose en ese progreso, no resulta tan extraño.