Poesía en tiempos de desazón (X): elogio del Parque de María Luisa

Piérdanse. Así se los digo. Y si hicieran caso a estas letras, que acabarán como las briznas al viento, no dudarían en hacerlo.

No tardarían mucho en levantar la vista y el vuelo de la cómoda poltrona desde donde acaparan sus momentos de vahídos, esos que el día les regala en forma de preciado respiro.

Piérdanse sin hacer mucho caso al escuchar sus nombres rebotando de entre las paredes de sus cerebros; escapen de los teléfonos, hagan rabona del poco tiempo que sus agobios personales les dejan. Huyan, cuando se atrevan, de sus compromisos.

Les recomendaría para esta evasión una vena abierta que existe en la anatomía de esta ciudad, la mismísima femoral que irriga de oxígeno el cuerpo, a veces colapsado, de esta urbe máxima que es Sevilla. Aléjense de su corazón empedrado, eterno y romántico; no se dejen tentar por sus versos de silencio que tanto embaucan a propios y a extranjeros. De su corazón de latido infame, capaz de lastimar de amor y celos.

Refúgiense en el entramado de capilares llenos de aires fragantes que resucitan hasta al pétreo cadáver que deambula sus huesos sin alma. Pídanle asilo a las hojas que yacen en perenne alfombraje y pasen desapercibidos confundidos entre sus formas similares; crepiten como ellas mientras se rasgan de sensaciones y notan en su pecho las pisadas de la calma.

Escápense con los vientos que se arremolinan por callejuelas, laberintos e isletas buscando los ecos de los poetas y las leyendas que quedaron atrapadas en el limbo de perdidas plazuelas, allá donde se reúnen los instantes en una mirada eterna.

Escúdense en los rincones reservados para quien alguna vez se ha enamorado y enamórense del pecado de la soledad. Ámense sin reservas y resérvense sin temores a conocerse en la forma íntima del altar bajo un idílico baldaquino.

Libérense dejando las huellas de quienes no tienen destino y vagan, descargados y errabundos, sin importarles las indicaciones que nos marcan los caminos. Lean. Lean la literatura de los vagabundos; la de las historias de los pasos perdidos.

Piérdanse, insisto. 

Quizás, si siguen mi consejo, nos encontremos en el lugar de las ausencias veniales, protegidos por diosas, rodeado de efluvios de todas las artes, lugar donde confluyen las musas que se reparten las sensaciones de cada uno de los caminantes que allí nos quedamos, como frutas en ramas, prendidos. 

Mil barrotes separan nuestra cárcel de la libertad. La realidad del ensueño. La prosa mundana de la calle del lírico vergel. Aunque la libertad sea quimera efímera que dura lo que un paseo por el parque de María Luisa.




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