Poesía en tiempos de desazón (VIII): Redobles en la Macarena

Desperté esta mañana con la nota triste de un pentagrama de percusión. Leí del luto y la orfandad de unas hijas; del sentimiento de rabia al saberse, quizás, abandonadas por el inefable juicio último por el que ningún mortal puede pedir más clemencia ni más recurso que el de cumplirlo quedando en paz. De tristeza unas baquetas lloraban.

Están de luto los golpes de los tambores de las verdes galas. Están de luto las cornetas que lloran un Réquiem ahogadas. Blanden hacia el suelo las lanzas y suenan a duelo campanas. ¡Ay!

Ay el redoble templado, como ola que empuja suave la barca. Ay el costero a costero y el andar marinero de los costaleros sentencieros. Ay las platas de las armaduras. Ay las enhiestas plumas blancas. Ay… la Roma sevillana. Ay Sevilla y sus leyendas humanas.

Entró Pepe Hidalgo con paso marcial por el mismo Arco del cielo llevando con él los sones de pasadas madrugás guardando en el bolsillo de su camisa, bajo la coraza del amor macareno, una papeleta de sitio eterna. Quien quiera escucharlo, ya sabe, que se ponga delante del Señor de la Sentencia.




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