Hola, mamá. Te escribo estas letras antes que alguien determine que soy un machista por celebrar lo que hoy, por cosas del negocio, dicen, es tu día. Ya, ya lo sé. Tenía que haberte llamado. Ya me dijo papá que seguías con tus cosas. Que si el azúcar, que si los huesos, que si la vista, que si el cansancio… Es lo que tiene ir haciéndose vieja, madre.


No me riñas, anda, que sabes que te lo digo con el cariño del que te ve como, por día que pasa, te vas encogiendo y se le encoge a la par la vida. La vida, severo juez. Implacable con sus dictados. Ayer mismo te recuerdo con tus potingues y tu feminísima coquetería, tus ganas por vivir, tus desvelos por mis hermanos y por mí, tus peregrinaciones continuas a casa de los abuelos para aliviarles la carga a la que sus años les había condenado, el olor de aquella minúscula cocina aromatizada con el olor de tus guisos–menos las lentejas, esas…–; las noches hablando durante horas de nuestras cosas como dos viejos amigos, las idas y venidas a tus médicos que te decían que esos síntomas eran cosas de tu depresión maldita; aquella enfermedad agazapada que nadie como tú conocía y que te ganó mil batallas, aunque tú volvías a combatirla en la guerra sombría. Y tu sonrisa… Madre, ¡tú sonrisa!

Tu sonrisa sin amargura, sin ser tantas veces fingidas por querer endulzar los agrios días, por ponerle algún color a las cenizas que se acumulan y no dejan respirar siquiera. Ahora solo la veo cuando vuestros nietos, de tarde en tarde, os visitan. Y aun así, ese rigor de pena que en la hondura de tu alma se refleja.


¿Recuerdas cuando, por estas fechas, con apenas quince años, con el ahorro de las salidas de mis fines de semanas, con alguna ayuda extra y más de dos sisas, te hacía regalos que eran pura simbología? La rosa de plata y aquella otra de cristal que aún conservas, y orquídeas. Siempre orquídeas. Y tú, tan felizmente agradecida, con el beso a flor de labios para envolverme de
tus caricias.

Nunca me hizo falta que este existiera este día. Como a ningún hijo, creo. No es solo hacer regalos, ni es necesario que sea el primer domingo de mayo, ni hace falta ningún Corte Inglés que me diga en qué planta, ni qué perfume, ni qué joya, ni qué detalle tengo que comprar para celebrarlo. Falacias de charlatán que pretende vender el amor enfrascado; esta jornada no era sino el reconocimiento, que no se suele dar como bien se debiera, a cada una de las que compone cada año y en ellas te tengo, aunque sea de manera figurada, a mi lado.

Ya no nos queda mucho tiempo, mamá, para poder estar juntos. Es la realidad, aunque yo no quiera verlo. Aunque al pensar en ello, como un mal sueño lo destierre de mi mente, no es menos cierto que ahora tengo más miedo que cuando era pequeño a perderte. No nos queda mucho tiempo, porque sea el que fuere será poco, y como un acto de contrición sea este escrito. Un regalo como el que nunca antes te había hecho.

Una carta de amor para decirte cuánto te quiero por todas aquellas veces en que palabras de devoción nunca de mi salieron, aunque ya no me las reserve; y que cada vez que hablamos por teléfono, y tú no veas, casi que lo prefiero, que al colgar la llamada mis ojos se empañen como el de un bobo plañidero.

No, mamá, ya sé que no se trata de comprarte nada. Que se trata de tocarte la cara y sonreírnos, y quedarme con esa mirada eterna que me calma desde niño. Que se trata de arrullarme en tus manos como hacia cuando buscaba tu cobijo. Que se trata de escucharte. Que no se trata de hablar contigo en otro momento excusándome en mi egoísmo.
Hoy, cuando la maternidad es un acto de heroísmo más allá del propio hecho; donde hay quien ve en tan abnegado acto de amor a la humanidad un motín al libertario individualismo, yo te escribo para darte las gracias y para decirte que, más que nunca, no te olvido.

Felicidades, vieja. Ojalá pueda seguir llamándotelo por muchos años más, antes de que yo sienta que el recuerdo se apodere de los momentos y entonces, ante la morada irreversible, sienta la impotencia del vivo que se siente muerto. Por eso, ifelicidades, mamá! Y que no sea porque te falten mis regalos, aunque nos separen los odiosos kilometros: Te quiero. Te quiero mil veces cien mil. Te quiero un millón más y no serían bastantes ni mil millones de universos donde que cupiesen todos mis te quiero.