Poesía en tiempos de desazón (VI): Sevilla

Ya hacía tiempo que quería permitirme, en esto del escribir, un receso.

Hacía tiempo que mis ganas demandaba escribir por el gusto de hacerlo y hacerlo, ya que estamos, por el gusto de escribir. Quería alejarme de la parafernalia cotidiana en las que estamos embrollados mientras unos nos cuentan cuentos y otros…, bueno… Otros se chupan el dedo. Llevaba mucho buscando un motivo para darle rienda suelta al verso, que castigado lo tengo con aquello de la indignación a la que me somete esta sociedad tan dada a lo quevedesco.

Rogaba un haz de luz. ¡Un resquicio que se colara por esta ventana de lo cotidiano, que alumbrara mi pluma y alimentara, como el sol a las flores, de vitalidad mis palabras! ¡Y llegó! Llegó de improviso, como llegan las cosas buenas que aumentan por dos, como poco, su valía. Y esa luz se llamaba Sevilla.

Un simple paseo en la mañana de un domingo que se vestía de tal, y se ponía vestido de entretiempo y perfume de azahar para darme los buenos días. Y en su saludo vespertino, mientras su gente dormía o remoloneaba entre cafés y tostadas de la jornada tranquila, Sevilla me detuvo para contarme lo que ansiando oír quería. Y mientras ella me hablaba, en voz medida y media sonrisa, sus palabras fueron ambrosía, porque Sevilla es Sevilla y es Sevilla poesía. Permítanme que en este tiempo de breve lectura yo les relate entre versos cómo me convertí en preso de una libertad tan bonita.

A Sevilla la quiero                                

cuando es Sevilla;

que este amor sincero,

ay, Sevilla, 

por ti se desvive entero.

Que en un domingo 

recién amanecido, 

Sevilla es Sevilla.

En sus campanas 

haciendo temblar 

al mismo cielo,

Sevilla es Sevilla.

En sus callejas en silencio,

Sevilla es Sevilla.

En el eco de sus adoquines,

Sevilla es Sevilla.

En la poesía del agua 

borboteando en sus fuentes,

Sevilla es Sevilla.

En la luz posándose 

por sus rincones,

Sevilla es Sevilla.

En el azahar primavereando,

Sevilla es Sevilla.

En el misterio de sus leyendas,

Sevilla es Sevilla.

En su fe hecha madera,

Sevilla es Sevilla.

En el orgullo de sus barrios,

Sevilla es Sevilla.

En sus artes eternas,

Sevilla es Sevilla.

En el ardor de su sevillanía,

Sevilla es Sevilla.

En el espejo de su río,

Sevilla es Sevilla.

En la Giralda,

Sevilla es Sevilla entera.

Y Sevilla… ay, Sevilla,

cómo explicar que te quiero.

Sí, esta callada poesía en tiempos de desazón por dentro me comía y salir no podía; y tuviste que llegar tú, con tu brujería, quitándome todos los males que enfermo me tenía. Llévame, Sevilla, de tu mano de porcelanita y déjame, déjame embrujaíto pa’to mi vía.



2 Comments

  1. Conchi dice:

    Queeee bonita!!!! Bravo!!

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