¡Ah! ¡Cuál  gritan esos malditos!

Pero, ¡mal rayo me parta


si en concluyendo esta carta

no pagan caros sus gritos!

 

Don Juan, aguerrido, temerario, obstinado, veleidoso y belicoso, firmaba con pulso firme la misiva que Ciutti, su empleado fiel, debía llevar a las puertas de un convento desde aquella parada con olor a maderas viejas llamada la Hostería del Laurel. El ruido de la calle, por excesivo, le parecía a don Juan –turbulento caballero– motivo justificado para dar por sentenciado que aquellos alborotadores merecían, de su espada, el castigo.

Apuró el trago de un fresco caldo que Butarelli, el hostelero, le había bien servido.  Y sin el mismo apuro, más bien tomándose su tiempo, levantose del asiento y apremiando el mandoble de su hierro urgió a las puertas del comercio para dar presto servicio a aquellos que, según él, requerían de una lección de silencio.

El ofensivo hidalgo, asomando por la vaina el brillo del filo, al salir a la luz del día que ya dormía en noche, paró en seco su brío. Asombrose, apartando la mano del cinto, dejando caer en la funda la hoja dispuesta a dejar cuerpos frígidos. Ante sus ojos, abiertos como herida de plomo en el pecho, el infierno mismo. Sus labios, balbuceantes y mudos; sus piel, perlada de sudor frío; su pies, al suelo asidos. Era el terror que, hasta la fecha, para el espadachín había sido un desconocido.

 

¡Maldito vino!

Pagará el rufián del hostelero

haberme servido de mi dinero

un licor tan maligno.

 

Confundirán su sangre

con ese veneno líquido

y pensarán que este,

a quien con el acero ensarte,

era el diablo en el cuerpo

de un ladino.

 

Seguro que con don Luis Mejías

tenía un acuerdo;

sabiendo que hoy era el día

de rendir cuentas de nuestro desafío,

ha querido hacer de mi lucidez

desatino.

 

Pero no hay en Sevilla,

ni en todo el imperio,

ni vino que mal me haga

ni hombre que doble mi empeño.

 

Sonaron las campanas de una iglesia cercana. Por las esquinas de las callejas, en tumultuosa y alborozada comparsa, mujeres y hombres aparecían con las caras masacradas. Cadáveres que andaban, monstruos imposibles, horribles máscaras que ni el más terrible artesano imaginar pudiera, acechaban con una horrible mueca que simulaban una sonrisa que sonrisa no era. ¡El vino! Aquel licor endiablado tenía que haber surtido el efecto por don Luis y el tabernero deseado. Iba a perder la apuesta y, por una vez, sería don Juan vencido sin ni siquiera haber luchado.

¿¡Cómo iba a ser eso!? Ni por su honor, ni por su valor, daría a torcer su brazo. Y si por ello tuviese que enfrentarse, lo haría hasta con las huestes del infierno o con las legiones celestiales, que para él no había enemigo grande.

¡Venid a mí!

¡No os tengo miedo!

Que el pavor no está

ni en mi vocabulario,

ni en mi conocimiento.

 

Juro, si creyera en Dios,

por Dios, y si creyera

en Lucifer, por él;

que en esta hora

no quedará sobre sus piernas

ni uno solo de estos harapientos.

 

La escena le parecía sacada de aquellas portadas de iglesias góticas que había visto en toda tierra por él recorrida de trasgos asomados a los dinteles. Las homilías de los viejos curas asustando a las gentes confiadas –pobres ellas–, por una vez, parecía que tuviesen vigencia.

Don Juan, embozado en su capa, plantose en mitad de la calzada, desafiante, pero ninguno de aquellos seres parecía hacerle frente. No sabía si aquel desplante más le desconcertaba o irritaba. Tomó, con despecho, la misma dirección hacia donde aquella procesión de muertos y aberraciones se dirigía y, en el camino, pareciera que todo el cementerio se hubiese trasladado por completo al mismo centro. A su rededor, lápidas dilapidadas por el suelo, tumbas abiertas, extrañas colgaduras simulando la más tenebrosa cripta; la muerte por todos lados, como en un apocalipsis de podredumbre y decrepitud de lo que antes parecía haber sido humano. La vulgaridad de los cuerpos desgajados, de los despojos deambulando, bailando, gritando, regalándose dádivas que iban recogiendo en esperpénticas calabazas.

El presuntuoso noble, con la vista mareada, dejándose arrastrar por la mortuoria marea, sentíase atribulado y atribulado pensaba.

¿Qué maldición es esta?

¿Será la Santa Compaña

que, sin yo saberlo,

ha venido a llevarse mi alma?

 

No ofrecen temor tampoco,

ni siquiera sus cuerpos andrajosos

parecen buscar venganza.

¿Qué pasa?

Al discurrir por una de las callejuelas en la noche ya envalentonada, leyó en un tablón de ruinosa factura una palabra que en nada le sonaba. Era la primera vez que leía tal suerte de letras encadenadas en una incomprensible lengua. Pensó, por ser, que fuese el idioma que se hablaba en Flandes y fuese apellido o nombre de un comerciante, quién sabe. Pensó también que no había leído bien:  Halloween.

Volvió a sonar una lejana campana. Era la última noche octubre que ya llegaba a su final. Don Juan, parecía haberse diluido entre aquellos a los que seguía; entre la multitud no se distinguía.

En la Hostería del Laurel, con rostro pesaroso, aguardaba Ciutti que, en conversación con el hostelero, le hacía saber de la extrañeza de no encontrar allí a su mandadero. En una mesa, con aire incierto, aguardaba don Luis Mejías, en otra el Capitán Centellas y en sendos apartados don Gonzalo de Ulloa y el otro Tenorio, don Diego.

 

Don Luis Mejías (en voz baja)

 

¡Pardiez que no esperaba ganar la apuesta!

No suponía que don Juan, en este día aguardado,

no prestase aquí el botín de lo jugado.

 

Don Gonzalo y don Diego, impacientes, miran a su alredor.

El Capitán Centellas, acompañado de unos amigos, bebe y delibera alegre.

Fuera, doña Inés, en la paz del convento, ora tranquila.

Las calles de Sevilla, en las deshoras, no padecen las urdiduras del casquivano Tenorio,

y los alguaciles deambulan en apaciguada ronda.

Descansa tranquila doña Ana de Pantoja.

 

[La escena se queda congelada].

 

El caballero impetuoso ha sucumbido. No ha sido don Luis Mejías quien ha clavado en  su cuerpo filo alguno. Los muertos, los terribles muertos, que no son los nuestros, han sido los que se lo han llevado, pero sin avisarlo, como ocurría en la obra de don José Zorrilla. A don Juan no lo ha matado su carácter vil y pendenciero, sino el destierro.