​Los domingos por la mañana, como suelo hacer habitual, recorro con sed de enamorado aquella Sevilla que permanece oculta a los ojos de quien no sabe buscarla. Con galantería, tomo la mano de sus aires y la acompaño por callejuelas y demás rincones donde, a esas horas tempranas, la luz es casi tan pura como el agua que brota de un manantial en la montaña.

​Ya lo he dicho, con sed de enamorado; así ando. Ando como quien dice vuela; y es que hasta los reflejos enlas viejas torres y el doblar de sus campanas, uno sientecerca. Más que del mismo suelo, ¡aún más cerca!


​Y si hablo de campanas y torres; si hablo de callejuelas y rincones, les hablo de este donde ahora mismo respiro. Respiro por no decir que muero. Muero, sí,¡muero! Porque en este joyero de piedra y mortero está esa Sevilla de los paisajes eternos. Aquí converso, con el café tranquilo y el alborotado gorrioneo, con el vecino ilustre que talló el mejor Verso que jamás Sevilla leyera; ese que se repite por los siglos, que nadie confunde con otro, que es un poema de nueve letras, una estrofa de la Madrugá que se recita no, ¡que se reza! Ese vecino, para muchos desconocido poeta, se llama Juan de Mesa.

​Charlas de miradas serenas, de palabras escuetas, de dejarnos llevar por los sonidos del chasqueo haciendo eco, dejándonos en silencio, de las hojas resecas. El café, atemperado, busca cobijo entre mis labios y su sorbo reconforta como degustar el paisaje, casi grabado a fuego, de un campanario sobre el cielo. El poeta, parco, sostiene, entre con orgullo y recelo, agarrado con su brazo izquierdo, el borrador original de aquel Verso; en su mano derecha, cual si fuese la de un imaginero, su pluma es como el cincel y el martillo que lo hubiera tallado en el corazón de Sevilla.

Silencio, solo silencio;

       mientras, las hojas caídas

       rachean sobre el pavimento.

​Soledad, divino argumento. Soledad de dos que lo dicen todo con una mirada. Soledad la de aquella plaza donde me siento. Me siento de sentir; porque solo así puedo expresar lo que es morir de sentimientos. Que sí, lo reitero: ¡que muero! Muero cuando el reloj da las ocho tras el orto y el mundo se ha detenido olvidándose de todo, recogiéndose entre susurros de ese domingo ante una reja que es puerta del cielo y donde una fina cara de nácar te pide, por caridad, el diezmo:

Si puedes mucho, mucho.

Si puedes poco, poco.

Si no puedes nada…

¡también a ti te espero!

​​El poeta que me acompaña, o quizás yo acompañe, es de conversación afable; de esos que escuchan sin molestarte. Cortés,  amable –de amar–, de paciencia admirable, ha dejado para esta ciudad otros tantos poemas; obras que no necesitan explicación porque están hechas de Amor; llaman a la Conversión; son redención hasta la última letra si se lee como jaculatoria para una Buena Muerte.

          ¡Qué admirable caricia para los ojos!

          ¡Qué tremenda calma para las almas!

          ¡Qué devoción la tinta

           que has dejado derramada!

​Vencejos de una mañana que se va desperezando a momentos. El café va dejando en la taza rubias orillas de amargor negro. El día ha abierto las puertas, y por entre las ventanas y esquinas se va dejando entrar del sol sus rayos viejos.

      El sol. El sol es como el amigo aquel que te dice la verdad sin miramientos. Y así, al levantar la vista onírica, un fulgor de oro y fuego me deslumbra al mirar a aquel vate cordobés de nuevo; su voz se hizo bronce y su semblante quedo. Este amanecer de imprecisos contrastes quedó cubierto por los colores trémulos del día que ya está despierto. Despierta el día, duermen los sueños.

         Repican revoltosas las campanas, otra suena recia dando la hora: Las nueve. Por las calles aledañas un reguero de gente se acerca hasta el clamor de la volteantealgarada. Me levanto de mi asiento, como de un ensueño, y encamino mis pasos entre las hojas yertas que yacenquietas en el suelo hacia donde aquella llamada llevaba mi paseo.

           Campanas que repican

           rompiendo los silencios;

           a unos les suena a gloria,

           a mí me llaman al recuerdo.

         Entre las puertas entornadas como tapas de un libro semiabierto, ante mí, entre láminas de oro, se recitab aaquel Verso que el insospechado poeta de Mesa escribiera con tinta de cedro.

             Qué poema más bello,

             qué dulce su caligrafía,

             qué fino su trazo esbelto,

             qué doliente sus letras,

             qué amoroso Verbo.

          Postrado de devoción, leyendo el lírico  título de su Dulce Nombre, imaginé cómo sería haber creado oda tan perfecta. ¡Qué poeta más sublime! ¡Qué gracia en sus manos! ¡Qué llanto de delicadeza!

           Sevilla tiene un poema escrito en un rincón de su cuerpo –plaza de san Lorenzo– de solo nueve letras; se llama Gran Poder y lo firmó Juan de Mesa.