Suena una guitarra. Los acordes, melancólicos, me llevan a aquellos tiempos donde pasaba la sobremesa en la casa de mis abuelos respirando otra época que había echado el ancla entre aquellos vetustos muros viejos. Aquel sonido envolvente, mágico, que llevaba la firma del músico Manuel Cano, era el Zorongo gitano que Federico García Lorca había recuperado en su empeño porrevitalizar el popular cancionero.


Pretendiendo leer las páginas del libro «Palabra de Lorca», que recomiendo con ardor, la calima de aquella incipiente tarde, acompañada por ese rasgueo, hacía que un sopor sumiera cada uno de mis sentidos en un trance de sosiego. Noté que de mi regazo el libro que allí se sosteníase iba desplazando; con un respingo le di una palmada creyendo que se caía. Abrí los ojos y ante mí, con sonrisa complaciente, estaba el poeta de ancha frente y mirada tibia. ¡Soñaba! Era solo un sueño. Un sueño despierto o dormido, un sueño de deseo, de devoción. Un sueño llamado Federico.

Federico, con la estatura justa para hablarme a los ojos sin alzarlos ni descenderlos, con manos de pianista y voz aterciopelada y ceceante, me despertó, como canto de zumaya, de ese estado límbico en que me hallaba.


Niño, ¿a que juegas

con una luna de mediodía,

que has despertado

hasta a las estrellas

que dormían?

Ay, Federico, si tú supieras. ¡Qué ganas de hablar contigo! ¡Qué ganas de escuchar tu voz de fragante nardo!¡Qué ganas de perderme en los versos de tus ojos profundos! ¡Qué necesidad, ay, Federico, de tus palabras!Si tú supieras, querido mío, cuánto te buscan y qué pocos te conocen; cuánta noche, ay, Federico, sobre tu luz inmensa.

De fondo seguía la triste melodía de la guitarra; las notas parecían caerse de sus cuerdas afinadas. La tarde, potro enardecido de fuego, relinchaba sofoco con rabia del verano que ya se acaba. Un café, olvidado, yacía con cuerpo frío sobre la mesa en la plata del cristal que lo contenía. Todo era Lorca en aquel rincón de la casa. La televisión, con una monotonía de campana que tañe, noticia tras noticia, se quejaba. Noticia tras noticia que hablaban de contiendas pasadas actualizadas. ¿Qué piensas, Federico, a ti que te dejaron en un mar de tierra árida?

La muerte pasó por mi lado

con cuatro carros

cubiertos de sudarios raídos,

por cuatro mulas tirados

con cuatro jinetes pálidos

que al pasar han sonreído.

¡Qué sonrisas sin abrigo!

¡Qué mirada con los ojos vacíos!

La muerte pasó por mi lado

cuando se oyeron cuatro tiros.

​Si la gente supiera que tu ideología era la cultura, que tu bandera era tu teatro y tus poemas. Ay, Federico, si la gente supiera que te mató el odio personal, la envidia particular, envenenada con las consignas para una guerra. Que tú eras amigos de todos, inocente, y te mató tu inocencia.

Federico me mira con una sonrisa tierna que lleva llena de pena. Las piernas cruzadas en delicada apostura, un cigarrillo en su mano izquierda mientras con la derecha, sobre el tablero, dibuja con un dedo unas letras. Qué sonrisa llena de pena, qué mirada tan tierna. No. No quiere hablar de guerras. No sabe qué pasó después de su muerte negra. Se echa hacia atrás un mechón de oscuro cabello que le caía cerca de las cejas. Una infantil pureza le rodea.

Sí, mi amado amigo, ochenta años después, seguimos en 1936. A algunos cambiar de año no le interesa, pero tu nombre se usa con alegre interés, poeta, queriendo justificar una justicia poética. Poesía, poeta, poesía sería encontrar tu cuerpo bajo amapolas como labios mudos que guardan el secreto de tu tumba que nadie encuentra.

Un frescor inusitado inunda mi cuerpo, y me hace estremecer. Me despierta un pitido, dos, tres. Con los ojos apesadumbrados miro a mi alrededor, casi sin ver. El café, lívido como un muerto, seguía sobre la mesa a medio beber. La música que antes sonaba había cesado. El aire acondicionado, con solo tres pitidos, había refrescado la estancia como si fuese otoño. La tarde, desbocada, había huido colina arriba y la luna sobre el cielo azul ya se asomaba. ¿Y Federico? Me levanté dejando caer el libro que reposaba sobre mi regazo. Me agaché a recogerlo y sin querer leí por una de las páginas que había quedado abierto.

«Cuando se hundieron las formas puras

bajo el cri cri de las margaritas,

comprendí que me habían asesinado.

Recorrieron los cafés y los cementerios

y las iglesias,

abrieron los toneles y los armarios […]

ya no me encontraron».                                 

                                              Fábula y rueda de los tres amigos». Federico García Lorca)

Todo fue soñado. ¿Cómo es posible soñar tan hermoso? ¿Cómo es posible soñar y despertar pretendiendo seguir soñando? Al dejar el libro sobre aquella mesa, aquel tablero que soñé con que Federico había tocado me fijé en unos trazos, como emborronados, sobre el cristal dibujados. ¿Sería que estuviese soñando? ¿Sería que aún no hubiera despertado? ¿Sería casualidad? Sobre el cristal unas letras contoneadas describían una palabra: PAZ.

Sonreí, y en mi sonrisa adiviné la mirada tibia de Federico.