Poesía en tiempos de desazón. De mi encuentro con Bécquer

​Paseaba por la linde del río Betis, que después y ahora llamaron Guadalquivir, pensando sin pensar, que es como mejor se pasea. Rememoraba, mientras caminaba, que por aquel lugar mi amado y admirado Gustavo –Bécquer por más señas– se apostaba en su ribera soñando ser poeta recordado y querido. Encontré, casi por casualidad, entre viejos álamos que parecieran llamarme con su murmullo de hojas, el monumento, «una piedra blanca con una cruz con mi nombre» (Desde mi celda. Carta III), asomado al Río Grande de su Sevilla natal. ¿Casualidad? Yo no creo en ella.

Y en aquella paz junto al mausoleo vacío,abandonado como el recuerdo lejano, del eterno vate, miré lo que él miraba, sentí lo que él sentía cuando allí se apartaba. Torre de San Jerónimo, vergel anclado en los juncos, Sevilla parada en el tiempo y el tiempo remoloneando en aquel paraje que bien pareciera una acuarela; el arrullo de las aguas que, al paso de alguna embarcación, hacían terso y breve oleaje que besaba conpasión la orilla:

Ah, tu río.

​​​​Tu río que suena a mar.

​​​​Amar…

​​​​Qué bonito suena tu río.

​Paseaba sin pensar, que es como mejor se pasea.Detenido en la ficticia tumba, en un siglo que no era, bajo los álamos tristes de lentos movimientos, con un viento que traía aliento embriagado del frescor de las sombras, la tarde se hizo enlutado velo con pedrería de luna y estrellas asomadas al remanso del dulce caudal dormido:

​​​​¿Qué sería de ti, luna,

​​​​sin su reflejo?

​​​​Bala de nácar en el cielo

​​​​y plata, solo plata,

​​​​cuando te acuestas en su lecho.

​Qué soledad más inmensa, qué conversación tan plena aquella del silencio con el poeta.

​Mientras, sin mirar siquiera el reloj en mi muñeca, sin echar siquiera un vistazo al teléfono que acuciaba con luminarias mi atención, sin interés por el mundo que se anunciaba con mensajes en aquella pantalla que hablaba de un país resucitando muertos, de lazos amarillos que son mejor sogas con la que apretar la libertad de un pueblo que se ahorca en ciego suicidio, de afrentas entre políticos que destrozan más que arreglan; que despiertan ideologías que huelen a podrido… Mientras, como decía, Gustavo y yo hablábamos en aquella orilla perdida, en una realidad distinta, en un momento de magia entre dos espíritus que hablan de sueños y de poesía. En ese rincón de Sevilla, lejos de todo y cerca del cielo:

​​​​Ay, si yo supiera hablarte

​​​​con la misma claridad que mi alma

​​​​Ay, si yo supiera hablarte

​​​​con el mismo amor que mi mirada.

​​​​Ay, si yo supiera hablarte

​​​​como este silencio me habla.

​¿Era posible, discurría, poder escapar de la realidad y vivir la realidad ensoñada?

​¿Era posible, me aseguraba, poder mirar al mundo y que el mundo no me diese arcadas?

​¿Era posible, rogaba, que ese momento no se terminara?

Con pena de quien se separa sin quererlo, tuve que despedirme de mi compaña. En mi casa me esperaban, y mis obligaciones, a pesar de ser sábado, también me aguardaban; entre ellas disponer de las palabras, yo que puedo y tengo la oportunidad de hacerlo, para quejarme de lo que veo, de lo que padezco. Para congraciarme con la hiel del momento y  envenenar con un artículo, a quien quisiera leerlo, vista y pensamiento.

​Dije adiós con lamento, mirando el lugar teñido de intensos azules argénteos; la luna sobre el río, y sobre el río un reflejo dormido de la pluma de Bécquer entresusurros imprecisos. ¿Serían legendarios espíritus?

–Quedad con Dios –dije con caballeroso gesto, alzándome en el sitio.

–Con Él quedo –me pareció oír entre los tenues lamentos de las hojas de aquellos árboles que, con la noche arropándome,  por el viento movidos, parecieran estar vivos.

Ya en mi casa, en el vacío que provoca el sueño de los niños, delante de una hoja en blanco dispuse a derramar la tinta de mi mal vino; pero aquella nada ensordecedora, como la que gocé con mi querido Gustavo junto a su río, transformó el vino agrio en versos, la indignación en alivio, la rabia en calma y la mala idea en buen tino.

Me disponía a escribir hiel con letras de negro hilo, pero qué quieren que les diga… Por esta vez contendré la bilis en su sitio, aunque cansado de tanta batalla de esta sociedad que de su historia no ha aprendido, como bien dice mi buen amigo:

​​«Cansado del combate

​​​​en que luchando vivo,

​​​​alguna vez recuerdo con envidia

​​​​aquel rincón, oscuro y escondido[…]

​​​​¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

​​​​¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!».

​​​​​​(Rima LXXVI, Gustavo A. Bécquer)

Juan A Carrasco




Españoles de san Juan Bautista.
 
Académico y delegado en Sevilla de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna.
 
Miembro del Ateneo Literario, Científico y Artístico de Cádiz.
 
Miembro del Excelentísimo Ateneo de Sevilla.
 
Miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.
 
Miembro de la Asociación Internacional de Hispanistas.
 
Miembro colaborador de la Hispanic Society of America de Nueva York.

 

 

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