¿Podrá sobrevivir España si no nacen españoles?

Según la torticera forma de pensar más extendida en nuestro país, la derecha es individualista y egoísta, y no tiene en cuenta el bien común, que es aquello de lo que se ocupan los supuestamente solidarios e ilustrados izquierdistas. Si uno se fía de lo que establece el pensamiento dominante, lo propio de la derecha es defender los privilegios de unos pocos, y justificar el descarnado ánimo de lucro que manifiestan sus seguidores que, como es sabido, son todos burgueses, empresarios, magnates… Mientras tanto, el discurso oficial de la izquierda defiende ante todo lo social, lo público, lo que es de todos. Da igual que los hechos cotidianos demuestren que el egoísmo no es exclusivo de un grupo social o de una ideología concreta. No hace falta poner ejemplos que demuestran cómo, para mucha gente, la norma de vida consiste en creer que lo mío es mío, porque tengo derecho a ello, y lo tuyo es de los dos. Pero a lo que vamos ahora es que, en la versión de la “cultura oficial” vigente en nuestro país, la izquierda ostenta en régimen de monopolio el interés por el bien común, mientras que la derecha es constitucionalmente pesetera y egoísta, y carece de sensibilidad social.

Pero luego, observamos con estupor la (nula) reacción de nuestra sociedad ante los dramáticos datos sobre demografía recientemente publicados en España, que advierten cómo el índice de natalidad continúa su implacable descenso. Los últimos diez años, la ya de por sí baja natalidad ha descendido en un 40% lo que nos sitúa en un camino peligrosísimo para la pervivencia de lo que todavía llamamos España. Las cifras están alcanzando unos niveles de irreversibilidad que están actuando como una bomba de relojería sobre el porvenir de nuestra sociedad. Se trata, como decimos, de un problema gravísimo, casi dramático, que va a dar la cara en muy poco tiempo y que probablemente nos va a afectar ya a nosotros, los que tenemos cierta edad, pero que puede adquirir tintes apocalípticos con respecto a las generaciones que vienen detrás, es decir, nuestros hijos y nietos, si es que llegan a nacer.

No hace falta tener grandes conocimientos de economía para darse cuenta de lo difícil que va a ser mantener una sociedad de ancianos, en la que no hay jóvenes que produzcan y dinamicen la economía, sobre todo si queremos mantener los estándares de bienestar actuales. A poco que se piense en ello, parece evidente que incluso la inmigración va a perder todo aliciente por venir a sacarnos las castañas del fuego, si no hay un tejido productivo que cree la riqueza necesaria para que las clases pasivas vivan con dignidad. En definitiva, todo el sistema social de pensiones y prestaciones médicas solo resulta posible si hay detrás unos mecanismos económicos sostenidos por un capital humano. Y cuando, en una sociedad, se deja de producir este capital, la ruina y la extinción están garantizadas.

Nos resulta asombroso comprobar cómo la izquierda está ciega ante ese problema, y continúa alarmada por asuntos que, en el peor de los casos y sin pretender quitarles importancia, solo darán la cara dentro de muchos siglos o milenios, como es, por ejemplo, el cambio climático. Y no solo eso: de creer a los medios de comunicación de masas y al mensaje de los educadores y de los que crean opinión, el gran problema de España es que es un país extremadamente machista, donde se está produciendo un verdadero holocausto femenino, de modo que en la escuela y en los telediarios nos bombardean cotidianamente con el machismo estructural que golpea, veja y asesina diariamente a la mayoría de las mujeres de nuestro país. Y no es que no nos sintamos solidarios de esas mujeres que mueren a manos de sus parejas, o son maltratadas por ellas, pero también nos sentimos afectados por los hombres, niños y ancianos que mueren asesinados por sus familiares directos, muchos de ellos, por cierto, mujeres. Lo sano y natural es sentir solidaridad con todas las víctimas humanas, sean de la condición, sexo o edad que sean. Sin embargo, no nos hace menos solidarios reconocer que las cifras de homicidios en España (incluyendo en ellas los feminicidios) son de las más bajas del mundo. Y es la verdad.

Por ahora, parece bastante indiscutible que si queremos que nazcan niños, hombres y mujeres deben colaborar un poquito, y convivir establemente en esas estructuras a las que toda la vida de Dios se les ha llamado “matrimonios” y “familias”. Pero si la matraca oficial es que los hombres somos todos unos peligrosos abusones y las mujeres son por definición unos seres indefensos necesitados de privilegios legales que palíen su minusvalía ancestral, difícilmente se va a crear entre ellos los vínculos afectivos necesarios para formar familias sólidas. Créanme que sé de lo que les hablo. Los más jóvenes empiezan a tener problemas crecientes en sus relaciones con el otro sexo. Digámoslo en términos coloquiales sin perder por ello rigor: si ligar siempre ha sido un arte difícil (y si no, que se lo pregunten al poeta romano Ovidio) cualquier gesto amistoso se convierte hoy en micromachismo, cualquier aproximación elegante puede ser una agresión intolerable, cualquier galantería sutil corre el riesgo de ser tildada como chulería hetero-patriarcal. Y si encima se fomenta desde los poderes públicos la homosexualidad, como una opción mucho más segura y progresista, corremos el riesgo de convertirnos en una especie en vías de extinción. “Mejor para el planeta”, dirán algunos. Pero yo me niego a admitir que tanto progresismo consistía al final en promover el suicidio asistido de una civilización.

Pero como decimos, solo la derecha rancia y carcamal parece estar preocupada por la solidaridad inter-generacional, que en este caso equivale a decir “por nuestro bien como especie”. Solo la derecha cavernícola tiene la osadía de reivindicar que hombres y mujeres están llamados a entenderse y a compenetrarse, si no se quiere admitir que fue por voluntad divina, al menos por milenios de evolución exitosa. Y que lo del machismo es solo una patología marginal, no el principal problema de nuestra convivencia. Lo dicen muchos con datos en la mano, que demuestran la intuición que tenemos los que no estamos contaminados de ideologías deformantes: que España es uno de los mejores lugares del mundo para ser mujer. Y, seguramente, para ser hombre también.

En cambio, aquí lo progresista consiste en pensar solo en el individuo aislado: “Vive tu vida, goza sin trabas, no te fíes del vecino, realízate tú sola, no te vincules con nadie, no te cargues de hijos, que la vida son cuatro días”. Y, en cuanto a las pensiones, ya vendrá el político que exigirá a los “ricos” que nos paguen todo lo que necesitamos. Aunque, de seguir así, no quedarán ni siquiera ricos españoles a los que extorsionar.



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