Pobres y desiguales en Falcon Crest

El sabio Alfonso Lazo, catedrático de Historia Contemporánea de la US, reflexionaba recientemente en una de sus resumidas “Tablillas de Itálica” con las que nos deleita en las redes sociales (todo magro, nada sobra en ellas), sobre el concepto de “pobreza” y explicaba que “el mensaje del cristianismo primitivo se dirigía a la persona concreta, y el socorro de los pobres era visto como una acción personal hacia alguien con nombres y apellidos, no acciones de gobierno que sólo manejan cifras abstractas. Nada tan reaccionario -decía Lazo- como la abstracción burocrática que ignora cómo se llama cada uno de los otros”.

Hablamos de esa falacia que el Gobierno ha denominado “Ingreso Mínimo Vital” y que pretende presentarnos como el final de todos nuestros males, el acabóse de la injusticia social y hasta el motor de la recuperación económica.

Hay tanta impostura en la medida aprobada esta semana a bombo y platillo por el Gobierno como en cada hilo de la chaqueta ideológica de Sánchez e Iglesias, que nos enfrentan una y otra vez al viejo silogismo de que si fuese cierto que los pobres (o los proletarios) votasen a las izquierdas, los más interesados en que existan muchos pobres (para que les voten) serían ellos mismos, habida cuenta que el verdadero interés no es el de acabar con los pobres ni con la pobreza, sino el de mantenerse en el poder a base como de ‘sobornos’. Hasta Marlaska lo ha intentado en su versión de subida salarial a la Guardia Civil, al modo de la Cosa Nostra.

No sorprende mucho que el cura Bergoglio manifestara hace unos meses de manera ágrafa y rasante que “son los comunistas los que piensan como los cristianos”, pero él mismo se encarga de recordar que su infalibilidad no funge cuando habla a humo de pajas, o sea, como peronista con sotana, sino sólo cuando emplea el cauce pastoral, canónico y ecuménico adecuado. Algo es algo, dicho sea en su descargo.

Afirma Lazo que no hay en los textos cristianos más antiguos ni en los Evangelios “la más mínima referencia a una actitud política para remediar la pobreza” y que ese fue el error de la Teología de la Liberación, “degenerada en un marxismo simplificado y, paradójicamente, teocrático al modo de las “Reducciones” de los jesuitas del Paraguay en el siglo XVIII”. Y acierta, claro.

“La solidaridad -añade Lazo- es la falacia que dice amar a una humanidad sin rostro”, mientras que “la compasión da físicamente la mano a quien está sufriendo”, concluye.

La diferencia entre ambas cosas no es un enredo de sutilezas, sino el código que descifra ese jeroglífico de imposturas, el cual, al menos, le permitiría al subcomandante de la miseria aclarar el lío en el que está metido desde que se compró el chalet de Galapagar y desde que cobra sueldos de millonario a través de los presupuestos del Estado; no como era antes, que recibía la financiación de manera subrepticia de varias dictaduras execrables, no como caridad, sino como puro interés revolucionario.

“La casta” es un término que aparece en la Biblia y en los Evangelios no sólo cuando se relaciona con las Marías Magdalenas del mundo, sino, sobre todo, cuando se refiere al prestigio o posición social de un grupo o de sus miembros en un determinado momento o en el pasado.

Una de las peores versiones de Iglesias es cuando se disfraza de fanático de la desigualdad (no de la pobreza), como un Padre Ángel o una Teresa de Calcuta sin cofia, y adopta el tono melifluo y exacerbado en el afán de conciliación, porque entonces sabes que te está robando la cartera y tratando de ocultar su sectarismo cuando no a punto de descerrajarte un improperio o asestarte un insulto poco metafórico desde su colectivismo de pandereta. Y lo empeora más aún cuando adopta el papel de benefactor que tanto le envidia a Amancio Ortega.

La envidia, recuérdese, no es en su definición canónica y perversa “desear lo que otro tiene”, sino el sentimiento de enojo u odio hacia el que tiene lo que tú no tienes. Y en esta segunda acepción, permítanme la síntesis, se explica casi todo el marxismo, porque dividir la pobreza sólo multiplica los pobres.

El caso es que Amancio Ortega puede permitirse ejercer la generosidad que le plazca, incluso si alguien prefiere renombrarla con el término aún más laicista de “solidaridad”, porque primero ha obtenido con su esfuerzo y su talento los bienes y la capacidad necesaria para ello y eso en un Estado de Derecho que respeta la propiedad privada le permite ejercitarse en la caridad, en la compasión o en la justicia redistributiva tanto como enrocarse en la eficiencia empresarial o en lo que mejor le parezca. El Cielo para el que se lo trabaja, añadiría un castizo.

Pero en Iglesias, y en general en el sanchicomunismo, la generosidad (más allá de no ser una tarea que le corresponda nunca al aparato de ningún Estado) no existe sin la imposición, la requisa o la incautación previa de algo que pertenece a alguien (la muchachada lo camufla bajo el subtérmino chavista “expropiación”, como si la expropiación no exigiera el pago de un justiprecio).

Sin imposición, sin desfalco, sin robo, sin injusticia previa, no cabe en la meninge de un zurdo de esta especie acto alguno de justicia, porque todo -la economía, pero también el amor, el odio, la bondad, etc- sólo cabe en sus meninges como un juego de suma cero, en el que si existen ricos es a costa de que haya pobres y si alguien ama mucho es sólo porque ellos odian en su inversa proporcionalidad.

O sea, el ser humano, se deduce, no ha creado jamás prosperidad ni riqueza alguna desde la extinción de los dinosaurios y ni siquiera la multiplicación agrícola, que hoy alimenta a 7.200 millones de personas, les sirve de prueba contra su desfase.

El caso es que la caridad no goza de buena fama en nuestros días por tratarse de una cualidad personal y más o menos íntima en tiempos donde lo social y mediático pretende erigirse en paradigma…, aunque nótese, repito, que se trata de “lo social” pero impuesto desde arriba. O desde lo asambleario. O desde lo mitológico. Y siempre con los bienes ajenos, jamás con los propios.

El colmo de todo este despropósito lo alcanzan cuando el envase que pretenden colocarnos es una suerte de panacea incorporada a una colección de derechos que la crisis convierte casi en inviable y que, desde luego, no saca a nadie de la miseria, sino que incorpora a sus beneficiarios a la ristra creciente de miserables, la cual aspiran a expandir hasta la absoluta dependencia. Cuantos más pobres haya, mejor, porque iguala a todos… en la pobreza. Menos a los del Falcon Crest de Galapagar, como es obvio.

A propósito de la presión fiscal, Iglesias mencionaba el otro día a los países nórdicos, pero se olvida siempre de que dichos países encabezan los rankings de libertad de empresa desde principios de los 90, cuando el socialismo soft también se demostró inviable.

Todo en Iglesias es una filfa, una patraña y una demagogia y por eso no es demasiado importante lo que diga a este respecto, pero lo que no les cuadrará jamás es que una renta mínima de subsistencia pueda servir de motor de la recuperación económica que necesitamos, porque ni la reconstrucción ni la prosperidad son una cuestión de comer todos los días, que es apenas una condición necesaria, elemental y sine qua non, igual que para hacer el bien u odiar lo primero es estar vivo, pero no todo el que vive hace el bien u odia. Ni Holanda ni Singapur son Holanda y Singapur porque tengan una renta mínima vital asegurada, sino por el empuje empresarial y la vitalidad de su economía.

Los indicadores de la recuperación, les guste o no, seguirán siendo los del Ibex, los de los bancos y las empresas, no las listas de los recolectores y los perceptores del reparto de pobreza a manos de unos Corleone enchufados a la rapiña, a la demagogia y al presupuesto.

He dicho.

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