Pobres hijos nuestros

Para dar comienzo a la parte bufa de este espectáculo que vemos, nada mejor que citar a Marx, monarca indiscutible, junto a Adolf Hitler, de los peores ideologismos y sectarismos del pasado siglo.

Me refiero a Karl, por supuesto, porque Groucho, si de humor corrosivo hablamos, no logró rozarle al alemán ni los tobillos: pueden preguntarle lo que se rieron en su día a las decenas de millones de achicharrados en honor de las ideas de ambos en menos de un siglo.

La técnica marxista, como la nazi, es bien sencilla. Consiste, en lo esencial, en montar una “guerra de palabras” que otorgue signos emotivos positivos a los términos del bando propio y términos con carga emotiva negativa para los contrarios.

“Así –dice Giovanni Sartori-, la guerra de las palabras es una guerra entre nombres nobles e innobles, y se caracteriza por que los motes permanecen y las demostraciones –admitiendo que las haya- se olvidan”.

Karl Popper, tocayo de Marx, en línea con esa teoría estipulativa del lenguaje, sentenció: “No hay que discutir sobre palabras… Podemos escoger cualquier nombre que nos guste” (Curiosamente, y a mayor escarnio, se refería en ese instante al término “democracia”. Procuremos no tenérselo demasiado en cuenta a Mr. Popper). ¡Pero claro que hay que discutir sobre palabras!, pues, como señalaba Mill, el lenguaje, y las palabras que lo componen, son “el depositario de un cuerpo de experiencias acumuladas al que han aportado su contribución todas las épocas”.

Y Sartori, otra vez, apuntala: “Por lo tanto, quien estropea una palabra a su capricho, estropea, de rebote, las palabras de su entorno y así sucesivamente, vamos derechos, de desmantelamiento en desmantelamiento, hasta Babel”.

Sencillo truco, ya ven, de expertos en ingeniería social y humana, de consumados titiriteros de la palabra, capaz de perturbar y envilecer la convivencia hasta extremos inauditos.

Otro ilustre gamba, Thomas Hobbes, ya había advertido que entre los poderes del Leviatán estaba el supremo poder de definir el significado de las palabras. Y Lewis Carroll, en Alicia en el País de las Maravillas, no fantaseó demasiado (salvo porque el interlocutor era un huevo) al hacer que Humpty-Dumpty (el huevo) le explicara a Alicia que “cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga”.

Tal vez las nuevas generaciones hayan olvidado a George Orwell y su excelente novela 1984, pero, en la misma línea de Hobbes y Carroll, cuando Orwell describe “la Neolengua” se trata de una traslación nada sutil de la sistemática propagación de la mentira practicada por Stalin y por Hitler (no en vano la novela se había publicado por primera vez en 1948, a poco de finalizada la II Guerra Mundial).

Poca ficción, por tanto: aquellos regímenes cabestros llamaban a la guerra paz; a la opresión, libertad; al exterminio, solución; a la invasión, liberación…
En el “Apéndice” de su novela, titulado “Los principios de la Neolengua”, Orwell dice así:

“La finalidad de la Neolengua no era sólo proporcionar un medio de expresión a la cosmovisión […] del Ingsoc [Socialismo Inglés], sino sobre todo hacer imposible cualquier otra forma de pensamiento […] Eso se conseguía en parte mediante la invención de nuevas palabras, pero sobre todo mediante la supresión de palabras indeseables y la eliminación de los significados heterodoxos que podían haber quedado […] Daremos un solo ejemplo. La palabra libre existía todavía en Neolengua, pero sólo se podía utilizar en frases como “este perro está libre de pulgas” […] La libertad política e intelectual había dejado de existir […] y carecía por lo tanto de una palabra para expresarla […] Pero aparte de la supresión de palabras de carácter patentemente herético, la reducción del vocabulario era considerado un fin en sí mismo […] La Neolengua estaba concebida no para extender sino para disminuir las posibilidades del pensamiento”.

“¿Somos de verdad libres de pensar libremente?”, se preguntaba Sartori algo retóricamente. Y se contestaba: “La respuesta es: no, todavía no […] Quien no se deja intimidar, es cierto, permanece libre; pero también se queda en tierra: un don nadie castigado con el silencio, con el ostracismo y la marginación. La fama, el éxito, los premios siempre son para quien sabe olfatear el viento de lo políticamente correcto”.

Es en ese preciso instante cuando un membrillo de la Asociación Hipathia de Hombras y Hombres, subvencionada hasta las trancas por el Observatorio Climático de la Mujer en Climaterio, nos pregunta: “¿Acaso os meten en la cárcel?”.

Y otra vez Sartori el que responde: “Prisión no; pero presión e incluso intimidación, sí, mucha”. Pero esta vez el brillante pensador italiano yerra el escopetazo. Y lo desmiente palmo a palmo el contenido de este libro que tiene en sus manos.

Y es que ni siquiera Sartori podía imaginar lo que la nueva legislación social comunista, con el silencio embrutecido, y a menudo cómplice, de la mayoría silenciosa de este país, ha logrado imponer en poco tiempo en esta tierra cainita llamada, mientras no se demuestre lo contrario (que en ello estamos), España.

Por tanto, en España: prisión sí, también. Para el sexo masculino, no para el género; es decir, para el hombre, por serlo. Y de intimidación, presión, chantaje, insultos, amenazas, improperios, campañitas mediáticas y demás armamento ligero, para qué contarles. O sea, que de follar ni hablamos.

De modo que ya lo saben. Así se empieza: le cambiamos los nombres a las cosas por la cara; a partir de ahí, a los árboles los llamamos trenes, y en menos que canta un gallo (perdón por el machismo imperdonable, quise decir una gallina, pero entonces que me vayan traduciendo al chino o al finés el femenino del pollo) nos habremos montado una red ferroviaria en este país que será la órdiga con pastas y la envidia de Oriente y Occidente. Por lo menos.

Ahora llaman Metro a los tranvías y los túneles bajo el río los transforman en puentes sin que te des ni cuenta.

Desde ese momento, nadie entenderá al vecino ni con google en la mano. Pero, eso sí, habremos logrado al fin lo que proclamó aquel vicepresidente inefable: “Los españoles se merecen un presidente que no les mienta”. Dicho y hecho. Muy fácil: el presidente ya no miente nunca por la sencilla razón de que la palabra crisis ya no significa lo que usted creyó hasta ayer mismo.

El presidente, si es socialista, nunca miente porque, antes o después, él nos dicta lo que a partir de ese momento significan las palabras. De modo que no se haga el listo y no trate de adivinar las intenciones del Gran Timonel. Siéntese a esperar y preste atención a las redefiniciones subvencionadas que, justo antes de darnos a todos por la baticola, nos ofrecen de términos que hasta la fecha usted creía conocer, como paro, guerra, misión de paz, subida de impuestos, prevaricación, chivatazo, Marlaska, contagio, muertes, hombre de paz, mentira, verdad, educación, talante, tolerancia, recalificación, género, igualdad, violencia, minorías, sexo, ser humano, aborto, eutanasia, matrimonio… Y, por supuesto, imbécil.

Dos anotaciones más que resultan inquietantes. Una: Las mentiras de Hitler murieron con el nazismo; las de Stalin, en cambio, se prolongaron con el comunismo, incluso después de embalsamado Iosif, apodado “el padrecito”, como un personaje de Cantinflas. Dos: Orwell suponía que la Neolengua quedaría definitivamente establecida en el año 2050. A este paso, si nadie lo remedia, sospecho que lo lograrán antes de lo previsto. ¡Pobres hijos nuestros!

He dicho




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