¡Pobrecito yo!, ¿por qué me hacéis esto?

No parecía merecer la pena dedicar ya ni unos párrafos a lo menos relevante de las recientes elecciones –cuando tanto hay, mucho más interesante, por comentar. Pero hé aquí que los medios le dedican artículos, y por ende, en un sentido tan opuesto al que se diría de sentido común… que aunque no quisiéramos, se nos fuerza a hablar.

Me refiero al líder del partido que acaba de perder, como era previsible, toda representación parlamentaria en Andalucía. Parece ser que sus primeras palabras fueron un lamento victimista: “No sé qué he hecho de malo para un castigo tan grande”. Semejante quejido afirmaba ya, sin disimulo, la concepción de algunos políticos de una especie de derecho divino a poltrona.

¿No salir elegido es castigo? ¿Tan asumido tiene su derecho a poltrona que si se la quitan es como si le quitaran su casa o su vida? 

Pero lo asombroso es que recibe elogios por haber dimitido. “la dignidad de Marín por aquí- su dignidad por allá”. Que “ha rechazado un cargo en el nuevo gobierno”. Pero, ¿cómo un cargo? ¿Qué derecho tiene el presidente electo de la Junta a dar un cargo al que específicamente ha sido excluido del mismo por el voto popular? Pero lo increíble es que muchas personas, aun modestas, tienen asumida esa idea. Los arruinados por las políticas Covid – miles de pequeños empresarios- ésos no merecen atención. Pero este, que lleva años viviendo de la política, pobrecito, ahora no lo han votado, pues habrá que darle un cargo, ¿no?, para que no salga perdiendo. ¿Cómo? ¿Un cargo? Pero entonces, ¿para qué hay elecciones? ¿quién paga los sueldos de los cargos? Y si nos ponemos extremos, ¿para qué está Cáritas, que ha multiplicado sus colectas? ¿y los Asuntos Sociales, y las paguitas? Si le hace falta, que recurra a todo ello, pero, ¿un cargo público para consolarlo?

“No sé qué he hecho de malo”. Creo que no nos paramos a pensar, no captamos toda la perversión de esta frase, la pura antidemocracia. Sí, la “democracia” en la que vivimos es harto dudosa, realmente podemos decidir poquísimo, y en estos tiempos de globalismo mucho menos; pero dan ganas de decir: “¡Disimulen al menos!”. Mantengan mínimamente las formas. Los cargos públicos son de servicio al pueblo y se eligen por votación popular. Quejarse tan patéticamente (“Ay, no sé qué he hecho yo de malo”) es el reconocimiento ya explícito de que un cargo público es un disfrute personal importante, y por ende, que en su caso se cree con más derecho a él que Luis XIV a su trono, que le corresponde por gracia de Dios, y “no sé qué he hecho de malo para que me lo quiten”. Es terrible que no se perciba la indignidad de esta frase, y que aun demos por hecho que “hay que darle un carguito” para consolarlo.

Puede que haya en estas líneas algo de apasionamiento y de hostilidad – precisamente lo que apenas despierta este partido, y que por eso mismo nos infunde a algunos una antipatía especial. Un partido nacido para no pringarse, para asociarse con unos o con otros pero sin mancharse de nada; para hacer oposición (Rivera lo decía explícitamente “queremos liderar la oposición”) o para apoyar a un gobierno local a cambio de carguitos. En Andalucía se asociaron primero con el PSOE, luego con el PP. “No hicieron nada malo”, en efecto, este tipo de políticos se libra de los grandes odios (tan terribles hoy con el uso de las redes sociales) y apasionamientos, pues ellos “no hacen nada”, sólo sentarse en poltronas. Le llaman “facilitar la gobernabilidad”. Qué nombre tan bonito. Bueno, pues ahora no hacen falta. ¿No se alegran, pues, si realmente desearan una gobernabilidad fluida, que ahora sea más posible que nunca en Andalucía? Podían al menos decir que se alegraban de que hubiera un gobierno fuerte, ¿no? Pues ni para disimular. Sino que directamente: ¿qué habré hecho yo para que me quiten en carguito? 

En el Congreso de los Diputados se llegó a oír “la gobernabilidad de España me importa un pimiento”. Pero Marín, con respecto a Andalucía, ha venido a decir lo mismo. Le da igual. Ni esconde que su situación personal (ha perdido el cargo) es lo único que le preocupa, y se cree que eso lo que tiene que preocuparnos a nosotros.

Dignidad la de Luis XVI de Francia y la de María Antonieta. (No porque en cuanto a dignidad no sobren ejemplos españoles, sino que, ya que hablamos de derecho divino al cargo, parece que éstos son modelos más apropiados. Ambos murieron, tras soportar mil ignominias, sin una frase de lamento ni de crítica a su pueblo. Con bastantes más razones… ellos no se las dieron de pobrecitos).

“Mis jefes son los ocho millones y pico de andaluces”, dijo Juanma Moreno en la noche electoral. Sus oponentes podrán decir que es cursi, o que es sólo una frase bonita. Bueno. Pues benditas sean esas frases. Se cumplirán o no: pero bien está recordar que uno está para servir al pueblo. Que se diga al menos.




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