Plaza de España

Seguramente hay razones tanto a favor como en contra del proyecto de cerrar la Plaza de España y cobrar la entrada. Páginas enteras de los periódicos exponen argumentos en uno y otro sentido.

Ya incluso sin entrar a opinar, sí observamos algunas omisiones curiosas. Es decir, se habla de lo económico, de lo económico, de quién paga, de si el Gobierno debe aportar más, de si esto perjudica a los hoteleros… En ningún momento aparecen otras consideraciones.

Empezando por la de menor importancia:

– Se insiste en que el plan de cerrar la plaza y cobrar la entrada “no afectaría a los sevillanos”. ¿Cómo no va a afectarles? Quiere decir, claro, que los sevillanos entrarían gratis, previa acreditación. Pero, ¿quién les exime de rodear una verja, tener que ir al punto concreto de entrada, guardar cola, sacar los documentos y conseguir el ticket? ¿Es eso lo mismo que circular libremente? El Alcázar y la catedral son “gratis para los sevillanos”, vale, pero, ¿acaso pueden entrar espontáneamente? Especialmente en el caso del Alcázar, la larga cola, el tiempo de espera de pie, el control de personas y de bolsos, toda esa molestia hace que en la práctica los sevillanos ya no puedan sentirlo como suyo. El billete al final “les saldrá gratis”, pero, ¿qué me dicen del tiempo y de la sensación de control? No todo se mide en dinero, por favor. 

– Mucho más crucial es aún otra cuestión: cuando se habla del altísimo coste de mantenimiento de este enorme espacio… pues se da por obvio, se cubre con un tupido velo, o hasta se ha olvidado lo esencial: ¿a qué se debe el coste? ¿Son más caras las escobas y fregonas para un espacio que para otro? ¡Ah!, es que en los espacios públicos hay vandalismo. 

He aquí el quid de la cuestión.

Consideramos el vandalismo y el “delito común” (tremenda denominación esta, “común”, como quitándole gravedad. Si un ladronzuelo le acuchilla el vientre para robarle el bolso, sepa que eso es delito “común” – no ocupará telediario alguno) como algo natural, como si fueran daños producidos por la lluvia o el granizo.

¿Cuándo es la última vez que ha entrado en la cárcel un vándalo destructor de vitrinas o mobiliario urbano? ¿Les llega alguna multa, se les persigue?

No, la solución es poner más rejas. Como el que pone un toldo para la lluvia.

No se hace nada por ir a la raíz del asunto, por intentar convertir a los delincuentes en buenos ciudadanos. Se les considera como animales, como mosquitos o jabalíes salvajes: la solución es poner más rejas. No sólo los vándalos tienen impunidad total, sino que nadie parece constatarlo: tan asumido tenemos que “es inevitable”. Y no lo es. Se evitaría perfectamente, si las leyes persiguieran a los delincuentes comunes, en vez de centrarse en martirizar a los contribuyentes honrados.

Esto nos llevaría muy lejos… Pero por volver al asunto de la Plaza de España, aún otro detalle:

– Al parecer, el alcalde comenta (así lo transcribe un periódico), que “sería totalmente absurdo y sin sentido que este emblema de la Exposición de 1929 albergue oficinas” (!). A menudo, las palabras pronunciadas se tergiversan, y en ello confiamos, pues las citadas resultan difíciles de creer. Alguien podrá opinar que es mejor que no haya oficinas, pero tacharlo de “absurdo y sin sentido”, ¿cómo, por qué? Pero dejando aparte lo prepotente de la descalificación (“absurdo y sinsentido”), respondamos, simple y serenamente, a esa opinión de que es mejor que no haya oficinas en los edificios de la Plaza de España.

A eso respondemos: ¿por qué? ¿porque es un espacio muy hermoso? El que un edificio sea hermoso es una razón a favor y no en contra de darle un uso práctico. La idea de convertir todo espacio bello en museo, y dejar que las actividades habituales de la vida (estudio, trabajo, oficina, lugar de culto, viviendas, tiendas) se realicen en lugares feos… vale que eso lo estamos padeciendo cada vez más, pero en fin, asumíamos que se trata de un efecto indeseado de la cultura contemporánea, el fenómeno del turismo, la economía… Ahora bien,  ¿cómo se puede aspirar a ello, cómo se puede creer y decir, expresamente, que así debe ser? ¿Cómo hemos llegado a esa endofobia –odio a nosotros mismos- que nos hace pensar que un recinto universitario noble y hermoso es “un desperdicio, hay que echar a los estudiantes y convertirlo en museo”, o que también las hermosas torres de la Plaza de España se degradan, se deshonran, si a ellas hay que acudir para una gestión práctica, no, deben servir “sólo para museo sólo para salir en la foto del turista y nada más”?

Opinamos exactamente lo contrario.

La vida cotidiana se dignifica si se realiza en espacios bellos, armoniosos e históricos. Lejos de ser un desperdicio, es un punto a favor cuando un monumento noble sigue teniendo un uso práctico. La belleza debe impregnar la vida cotidiana; hasta un trámite molesto se hace llevadero si para ello hay que acudir a una oficina en la Plaza de España.

Y si no, pues que se vayan también los ediles a reunirse a una caracola, y que abandonen –y sea sólo para museo museo museo- la joya plateresca que ellos no tienen empacho en usar en el corazón de Sevilla.




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