Peor que anglicismos

Abundan ya, afortunadamente, los testimonios de hartazgo ante esta autosumisión al inglés, esta invasión de barbarismos, la veloz pérdida de nuestras palabras. Y afortunadamente digo, en el supuesto de que estas quejas y lamentos sirvan para algo.

De esta autocolonización no hemos de culpar a nadie; ningún país nos ha conquistado e impuesto su idioma. Somos nosotros los que, creyéndonos muy modernos y cosmopolitas, hemos decidido rotular nuestras tiendas, establecimientos, actividades escolares, todo en inglés, así sin más.

Pero hay algo mucho más grave que la invasión de anglicismos. Es la perturbación del sentido de infinidad de palabras.

Para dolor de los que amamos el castellano, se ha extendido la expresión: “Estar feliz. Adiós a la sublime belleza hispánica de la diferencia entre el ser y estar, tan única entre las lenguas, tan maravillosa. Adiós a los matices de las palabras, a la diferencia que hay entre alegría, contento, regocijo, placer y felicidad. A eso nos ha llevado el mal llamado bilingüismo, a hacernos más zafios y más pobres. En inglés se dice: “I’m happy” para todo. En español se dice: “Me alegro de verte” o “Estoy contentísima de hallarme aquí” o “Con gran alegría le anunciamos el nacimiento de nuestra hija”. Hablar de felicidad son palabras mayores. La felicidad va con ser, no con estar. Se puede admitir una excepción en aras de la expresividad (a veces lo incorrecto es más expresivo, por eso nos admira a veces lo bien que comunica la idea un extranjero que chapurrea), pero no oficializarlo.

Chirría al oído el oír o leer: “Ha vendido medio millón de copias”. ¿Qué es eso de copias? Se venden tantos ejemplares de un libro, hay tiradas de tantos miles de ejemplares. Hermosa palabra, por lo atinada, lo precisa, lo idónea. Las copias son otra cosa. Se hace una copia de un cuadro, se copia un modelo. Significa otra cosa distinta.

En castellano, se habla de negar la evidencia. Se dice de algo que es evidente. Pero para demostrar algo hay que presentar pruebas. Resulta simpático leer una novela de Agatha Christie en su idioma original, porque así resaltan, incluso en textos escritos en lenguaje llano, sin grandes pretensiones literarias, la peculiaridad de cada idioma, la riqueza de uno y la riqueza de otro. En español se habla de pruebas; de testimonios. En inglés nos hace gracia encontrarnos con que para eso utilizan “evidence”. La belleza del latín, evolucionando, adquiriendo matices distintos según el lugar… ¿Por qué arruinar esa enorme riqueza de variaciones y conceptos? Se ha generalizado el decir cosas como: “No hay evidencias de efectos secundarios”. ¿Qué significa eso? Querrá decir que no hay pruebas.

Se consulta en la web acerca de algún personaje; inmediatamente bajo su fotografía leemos “Educación”. ¿Cómo educación? ¿No sabe que en castellano eso es más bien hablar de los buenos modales? Hay que decir “Estudios” o “Formación”.

En un establecimiento se lee: Con vino rojo. ¿Cómo ha podido perderse hasta eso? ¿Qué placer puede dar un sorbo de vino al que le arrebatan hasta el nombre de tinto? Parece que le quitan incluso el sabor.

Y sería interminable el ir detallando uno a uno los mil ejemplos. ¿No es absurdo sufrir por esto se dirá, con los problemas de la sociedad hoy en día?

Pues perder la lengua es perder nuestro patrimonio más importante. Más grave es esa destrucción paulatina y sibilina, que lo sería un terremoto que acabara con una serie de monumentos de piedra (éstos al fin y al cabo se pueden reconstruir).




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