Pelli ahora

A Pelli le habrá resultado bastante familiar llegar al cielo, siendo como fue un hombre acostumbrado a las alturas, levantando por medio mundo torres ambiciosas de nubes; pero desde luego a Sevilla la dejó irreconocible en sus horizontes, le destrozó sus hermosas perspectivas y nos dejó el intrusismo de su espantosa erepción asomada por todas partes, abrumando a tejados y espadañas, desconcertando estampas históricas. Me niego y me negaré siempre a llamarla con el nombre de la ciudad. Para mí será siempre la torre Pelli. Las torres de Sevilla son la Giralda y la del Oro. Y si me apuran, las de la Plaza de España y hasta la de la Plata o los Perdigones. Pero se acabó. Los más maledicentes por la espalda le llaman la torre puli (que ellos, si quieren, expliquen porqué, lo mismo que me lo han explicado a mí como razón callada de una vanidad personal).

Para que se hagan una idea de lo que yo sé de arquitectura, por no saber ni siquiera se me ocurrió jamás pedir a los Reyes Magos el Exin Castillos. Pero de arquitectura sí saben otros  -y mucho-  que no se han tragado el falo. No soy yo el catedrático Rafael Manzano, el que se ha atrevido a decir que en las universidades han llegado a convertir a los arquitectos en los seres más peligrosos para el patrimonio, el que afirma que a los alumnos se les está enseñando a ser agresivos con la arquitectura clásica. 

Ahora que César Pelli ha muerto, sus coristas han empezado a cantar sus excelencias. Incluso las palabras del mismo Pelli han sido recordadas y reproducidas en su evangelio apócrifo sobre Sevilla, con la que se permitió el lujo de indicarle el camino del progreso. Tiene gracia que se atreviera a decir qué es Sevilla un tío de Tucumán que ni en Tucumán fue profeta. El único camino que yo me sé es el de las cuentas corrientes abultadas. Y de las excelencias se han encargado los nada excelentes alcaldes de Sevilla. ¡Qué mala suerte ha tenido tantas veces Sevilla con sus alcaldes! ¡Qué de catetos con una joya entre las manos!

Recomiendo los artículos de Gloria Cruz en este periódico sobre la función que debe cumplir toda arquitectura recién llegada que pretenda la sensatez. A los arquitectos lamentables de este tiempo en declive, les convendría menos vanidad y más humanidad, teniendo en cuenta la recomendación de que donde fueres, haz lo que vieres, que es como decir que donde construyas mira a tu alrededor.

A la Torre Pelli la han querido justificar con su ubicación, nos la han querido meter con el embudo del extrarradio, allá en la Cartuja, allá en las afueras cuando se está a punto de coger el autobús para el Aljarafe. Pero es que la Torre Pelli no queda en las afueras. Eso es un bulo y una mentira más grande que sus plantas. La Torre Pelli queda en los adentros de Sevilla como una metomentodo que arruina intimidades de sombras y te asalta inesperadamente por las calles de una vieja y hermosa tranquilidad. La Torre Pelli de los cojones, que te roba montones de espacios de la Sevilla más céntrica, te atraca hasta el celaje trianero del Viernes Santo para resquebrajarte la cerámica del Cachorro por la calle Castilla. ¡Anda que no se pone cerca la Torre Pelli cuando Sevilla busca por los crepúsculos el gozo de sus lejanías!

Menos mal que cuando te subes al cuerpo de azucenas de la verdadera torre de Sevilla, compruebas que a la hora de la verdad, qué poco es la Torre Pelli. Y sientes el orgullo de ver que la Giralda lleva y llevará siempre, por los siglos de los siglos, la cabeza bien alta.




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