Pedro y Pablo, “Derribos Pavón” dentro del Estado

A ninguno de nosotros nos gustará reconocerlo, pero hemos de saber que están en plena tarea de demolición del modelo de Estado por dentro y desde dentro.

Están vaciando la arquitectura del Estado igual que cuando veías la cubeta de Derribos Pavón en los años 60 y 70 en la puerta de un edificio catalogado y sabías que lo estaban vaciando en su estructura interna, sin respetar siquiera las crujías antiguas, ni los elementos esenciales ni los ornamentales.

A veces, sólo a veces, la piqueta se les escapa y abre un hueco hacia el exterior que deja ver la destrucción del patrimonio. O se les cae una cornisa externa que alarma de lo que está pasando allí adentro, pero la fachada está apenas apuntalada por pura discreción cosmética, por no alarmar.

Esta vez el derribista no es Pavón ni tampoco el alcalde José Hernández Díaz, catedrático de Historia del Arte y Rector Magnífico (que no es lo mismo que magnífico rector), sino dos sacamantecas de la democracia con nombres de apóstoles y picapiedras: Pedro y Pablo, derribistas de ocasión.

Escuchamos los martillazos que meten y en ocasiones oímos el derrumbe estrepitoso de un muro imaginado (un banco absorbido, un mangazo intuido, una Fiscal General que se encoge de hombros ante un aluvión de querellas criminales, un improperio del bocazas metido a Marqués…), pero no nos dejan certificar apenas lo que está sucediendo.

Lo hemos visto otra vez ayer, cuando han impedido al Rey que el próximo viernes asista en Cataluña a la entrega de despachos de la nueva promoción de jueces en la que había comprometido su presencia por invitación del Consejo General del Poder Judicial, una tradición que se venía manteniendo desde hace 20 años.

Todos los actos en los que participa el Rey han de ser refrendados por el Gobierno de España, pero “San Chez” (el santo de su maison monclovita, a la que habrá que picar las paredes y llenarla de obreros de la construcción con casco, azadón y mascarilla para desalojarlo algún día) ha impedido, esta vez por exigencia de los catalufos, a los que ahora les lame la bota hasta aprobar los Presupuestos Generales del Falcon, que presida el significativo acto, en cuyo nombre (el del Rey) impartirán la justicia tras su toma de posesión.

Cualquier día, cuando retiren los andamios, podremos contemplar una democracia vaciada, que no es democracia ni es nada, pura fachada, un recuerdo exterior de lo que alguna vez albergó la Historia. Cuando eso suceda, digo, será de golpe y porrazo.

Una mañana quizá nos levantaremos y aquí no se vota. Y si se vota, pondrán ellos las reglas para recontar: “Lo importante no es quién vota, sino quién cuenta los votos”, proclamó Stalin, ese demócrata que lubrifica la imaginación de Monedero y que en esa única ocasión llevaba más razón que un Santo.

Nadie diga que no avisamos al guardia para que viniera a comprobar si la licencia de obras estaba en regla y si lo que se estaba haciendo se ajustaba a la legalidad. No hace falta ponerle demasiada imaginación a la cosa para saber que están desmantelando la solería hidráulica valenciana, los azulejos vidriados de Mensaque, la forja inaudita de los pasamanos de las escaleras…, para no reponerlos nunca más.

Tengo la sospecha de que el ex alcalde Hernández Díaz y el de Derribos Pavón aprendieron su oficio de Fidel Castro, al cual, aquel mismo año de 1963 en que el profesor llegó al Ayuntamiento hispalense, le vieron retirar a toda prisa los andamios de la democracia que ocultaban los misiles rusos y dejar al descubierto una dictadura atroz que dura ya 61 años y que habían implantado con discreción y alevosía durante cuatro largos años de fusilamientos y atropellos, justificados de cualquier manera en nombre de la justicia social para convertirse en millonarios y no devolverle al pueblo la libertad nunca más.

Idéntica jugada la de Chávez en Venezuela, la de Daniel Ortega en Nicaragua, la de Evo Morales en Bolivia o la de Correa en Ecuador, todos ellos, como Pedro y Pablo, derribistas de ocasión de la democracia.

He dicho.




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