Cuanta verdad hay en aquello de que la izquierda predica libertad y se pasa todo el día prohibiendo.


No otra cosa es lo que anda procurando Pedro Sánchez con su proyecto de ley de memoria Histórica o la del colectivo LGTB y no sé cuantas más cosas; ya saben ustedes esas cosas del poliamor, cisgénero, androfilio, ginecofilio y otras lindezas.

Y es que si tales proyectos de normas se argumentan bajo el paraguas de la “protección de…” la verdad es que su eje vertical radica en la “prohibición a…” con la consecuente pena monetaria o de cárcel para quien se atreva a discrepar, refutar o discutir la que va a ser instaurada como la verdad única, acompañándolo de una suerte de muerte civil consistente en la pena de inhabilitación especial para profesión u oficio educativos, en el ámbito docente, deportivo y de tiempo libre, por un tiempo superior entre tres y diez años al de la condena de cárcel que te haya caído por atreverte a discrepar.

Y como toda verdad revelada, única y excluyente, quien habrá de dictaminar que está fuera de los límites será una “Comisión de la Verdad” y el “Consejo de la Memoria de España” que tendrán como función determinar las violaciones de los derechos de las víctimas del franquismo que, oh paradoja, extienden más allá de la muerte del dictador, Noviembre de 1975, hasta el 31 de Diciembre de 1978, fecha de la entrada en vigor de la Constitución española vigente.

Dado que las referidas leyes habilita al juez o tribunal para acordar la destrucción, borrado o inutilización de los libros, archivos, documentos, artículos y cualquier clase de soporte objeto del delito no está lejano el día en que las plazas y calles de nuestra querida España veamos reproducirse la más espantosa imagen de ignorancia y sectarismo que fue la quema de libros en la plaza de la Ópera de Berlín el 10 de mayo de 1933.

En aquella infausta ocasión, «Aktion wider den undeutschen Geist», en español «Acción contra el espíritu anti-alemán», fueron arrojados al fuego los libros de aquellos autores que habían sido condenados al ostracismo. Aquí puede pasar otro tanto de lo mismo, sino más dado la conocida tendencia de los españoles de llevar todo hasta el extremo.

Si no ponemos remedio volveremos a ver a los estudiantes denunciando a profesores y catedráticos cuyo método científico corresponda a puntos de vista liberales. Y no por ello se librarán los profesores con una «posición política irreprochable» pues estos hoy, al igual que ayer, podrán ser denunciados si demuestran «un talento mediocre» a juicio de algún iletrado miembro de la “joven de la guardia roja”, obligando a unos y otros a abandonar su puesto de trabajo en las aulas.

Quienes discrepemos habremos de buscar en la sombra la expresión de nuestro pensamiento y de nuevo habremos de buscar fuera de nuestras fronteras los “libros prohibidos” que circularan de modo clandestino entre aquellos que aún conservemos el gusto por la libertad de pensamiento, con la amenaza constante para nuestras vidas y haciendas si somos descubiertos en tan peligrosa acción.

Quien leyendo hasta aquí haya esbozado una sonrisa en la consideración de que estoy exagerando hasta el extremo le recomiendo la lectura de tres obras indispensables, “1984” de George Orwell, ”Fahrenheit 451” de Ray Bradbury y el siguiente párrafo de Martin Niemöller

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí,
no había nadie más que pudiera protestar.»

Y recuerde que nadie creía que los separatistas catalanes llegarían a tanto, y ahí están dando la matraca.