P: ¿Cómo es el mundo? R: Los niños sois lindos

A sacrilegio máximo sonará el ponerle un pero al celebérrimo relato, tan popular como exaltado y citado por los mayores intelectuales, y hasta por teólogos, conocido como “El Principito”.

Y sin embargo, vivir en la verdad requiere la osadía de decir lo que verdaderamente se siente (recordemos el lamento de Quevedo “¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/ ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?).

La primera vez que a una niña le pusieron en la mano ese libro (por parte de un hombre algo poeta y bohemio, que aseguró “A ti te va a encantar- es un libro muy especial”… ya predisponiendo al ánimo a apreciar realmente ese libro, para no desmerecer del halago de un hombre interesante, que le hacía el elogio de ponerla a su nivel… Parecía obvio que las personas especiales e interesantes debían apreciar esa obra; si a una con diez años la consideraban de ese selecto grupo, más vale estar a la altura) ésta se dispuso a leerlo, y chocó con la dedicatoria.

Aun después de tantos años, subsiste en la memoria tanto el texto como la poco grata sensación recibida. “Pido perdón a los niños por dedicar este libro a una persona mayor”. La lectora de entonces carecía de vocabulario para describir su desagrado. Pero percibir percibía claramente, aunque no supiera definirlo, el fastidio que se experimenta cuando a uno lo quieren adular de la manera más facilona y blangengue. “Los niños”, ¿quiénes son “los niños”? Y, ¿pedir “perdón? Entonces, dedicarle un libro a un adulto, ¿es malo? ¡Pedir perdón! (El vocabulario me sigue faltando ahora. Una no va a calificar de “estupidez” lo que goza de prestigio universal. Entonces, ¿qué palabras empleamos…?). La dedicatoria continúa prodigando excusas innecesarias, y al final la matiza diciendo “Bueno, se lo dedico a este señor, sí, pero cuando era niño”. Y ya parece que “los niños” tenemos que estar más contentos (?).

Se podrá decir que en la época en que fue escrito no había comenzado el culto a la infancia, y entonces esa dedicatoria resultaba novedosa. Pero aparte de que, si así fuera, eso le apartaría del carácter de atemporalidad que caracteriza a todo clásico, de ese dar con valores válidos para toda época (y de que además la ñoñería no deja de serlo ni la primera vez que aparece), pues esto no parece ser cierto. Hay muchos testimonios de que el lisonjeo a los niños, sin llegar al paroxismo de hoy día, no era en absoluto desconocido hace un siglo. Sin salirse de la literatura juvenil, en la serie de libros de “Guillermo”, de Richmal Crompton, que empezó a publicarse hace casi justamente cien años, se alude mucho al tipo de adulto con aires de pedagogo moderno, estilo payaso, que quiere hacerse simpático a los niños, y a lo muy cargante que esto les resulta a los  protagonistas, los Proscritos (the Outlaws); es decir, la autora no “le hace la pelota” a la infancia, sino que sabiamente identifica ese fenómeno, y la reacción irritada de los niños sanos. Por  no hablar de Ortega y Gasset, lamentando, hace unos noventa años, cómo los adultos imitaban servilmente a los jóvenes, en vestuario y en todo (aunque viendo fotografías de la época esa afirmación nos extrañe). Es decir, contemporáneos y aun anteriores a Saint Exupéry hay multitud de testimonios de esa adulación sistemática a niños y jóvenes, que a los primeros que irrita es a los adulados.

Si alguien hojea un libro de texto actual de Sexto de Primaria de Geografía e Historia, podrá llamarle la atención una página dedicada a la actual Constitución española. Allí se puede leer: “Así como en un partido de fútbol hay normas y el árbitro toma las decisiones, pues en España…”, y bajo ese símil inevitable del fútbol, que se toma como fundamento último, como referencia universal del saber, pues se explican algunas cosas. Que se resuma y simplifique resulta normal y necesario. Pero lo asombroso es que, de las cuatro líneas dedicadas a la Constitución de 1978, tres de ellas sean para decir lo siguiente: “En la Constitución también hay artículos que defienden los derechos de los niños. La más importante, el derecho al cuidado y atención de los padres”.

Una imagina a un niño que acaso ha oído hablar de si esto es o no “constitucional”, del Tribunal de ese nombre, de las muchas calles y avenidas así llamadas, que al llegar a ese tema en el colegio lee con cierto interés a ver si por fin “se entera” de lo que se trata; y al ver que el objeto de tanta discusión es “que los padres deben cuidar de sus hijos”, pues… una imagina cierto chasco. ¿Para esa obviedad hacen falta tantos trámites? Alguno más avispado concluirá en que han colocado eso de “los niños” por hacerles la pelota, pero que una cosa como “la Constitución Española” tiene que tener más sustancia. Pero diría que incluso todos, avispados o no, seguramente se quedan algo chafados.

Es decir: un niño se abre con curiosidad al mundo, a ver qué tiene que ofrecerle; se asoma al balcón de la vida, con deseo de ver sus riquezas y sus misterios;  intenta salir de sí mismo, que no otra cosa es vivir… y lo que se encuentra es un puro estribillo de “Oh, cuán lindos y listos sois vosotros Los Niños”. Como si  al querer asomarse a un panorama espectacular, al llegar sólo hubiera espejos mostrando la propia cara. A lo mejor al super ególatra le agrada, pero muchos pensarán “Sí, soy muy lindo, lo sé, … pero ¿el Universo no tiene más cosas que enseñarme?”




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