Parar la destrucción de la nación

Escribo estas líneas el 20 de mayo de 2019.

En esta ridícula España que sufrimos en el momento presente y desde hace ya demasiado tiempo, y donde cualquier dislate es posible, vemos como unos delincuentes, procesados y juzgados por querer romper la unidad de España y atentar contra la soberanía nacional, infringiendo para ello un sinfín de leyes, sentencias judiciales y hasta la propia Constitución, se pasean por los pasillos del Parlamento español, transformado en casa de lenocinio, sonrientes, felices y siendo saludados por parlamentarios, bedeles y señoras de la limpieza, cual si estrellas de la canción se tratara.

No, no es una broma. Unos partidos políticos, los que se han ido alternando en el poder desde 1978, sin sangre ni entraña, sin ideología y, desde luego, sin principios patrióticos, mediante una Ley Electoral y una Ley de Partidos grotescas, permiten semejante astracanada.

En el punto más bajo a que puede llegar la indignidad de un país, unos golpistas pueden presentarse a unas elecciones y recoger su acta de diputado riéndose así en la cara de los millones de españoles a los que quieren hurtar una parte de lo que es de todos: nuestra nación.

A esto hemos llegado tras años de cesiones y acuerdos de los partidos que han gobernado en España con aquellos que no han ocultado nunca cuál era su objetivo: la destrucción de la España que conocemos, minando sus fundamentos, las raíces donde reside su esencia, en una táctica sistemática llevada a cabo gracias a la ocupación de los medios de comunicación, que llevan años impartiendo doctrina multiculturalista, ultrafeminista, anticatólica, LGTBI, radicalmente animalista y, por supuesto, contraria a la unidad de España y a su raíz cristiana casi las veinticuatro horas del día.

Entre esto y la cobardía y estupidez de los que tendrían la obligación de combatir todo ello, nos encontramos con una sociedad idiotizada que contempla como España como Nación se escapa por el sumidero del sectarismo y la desidia sin que prácticamente  nadie hiciera nada por parar ese proceso.

De ahí el pánico de los cómodamente instalados en el poder durante años, que aspiran a no perder su posición de privilegio, ante la irrupción de una fuerza política, que más que un partido es un grito de alerta y una arenga en pos de la defensa de España dirigida a muchos españoles. Españoles que no tenían la opción de manifestar su absoluto desacuerdo, su radical oposición a esta deriva de España hacia su disgregación y destrucción, gestada desde la nefasta transición, con todas sus concesiones a los que reniegan de nuestra patria.  

De ese miedo surgió la táctica mercadotécnica de aventar el temor a la “extrema derecha”, a los “fachas” y esa esperpéntica “alerta antifascista” que se traduce en que los supuestos “demócratas” acosan y arremeten violentamente contra los casi diabólicos fachas que, curiosamente, no responden a las provocaciones, violentas pero, eso sí, muy “democráticas”.

La táctica surtió efecto, a lo que se ve, en las pasadas elecciones generales, y muchos españoles, parece ser que con querencia al suicidio colectivo, votaron a un individuo sin ningún tipo de moral, sin bagaje intelectual, sin un programa para España más que el de vivir a cuerpo de Rey a costa de ella, un mentiroso compulsivo, para presidir el Gobierno de la Nación, autorizándolo tácitamente para que pacte, como ya hizo para llegar al poder y mantenerse unos meses con comunistas, separatistas y amigos de los asesinos de ETA. En suma, los máximos interesados en la destrucción de España.

Este resultado ha sumido en el desaliento y el desanimo a muchos votantes. Lo constato en la calle, en la barra del bar, en la recién acabada feria.

Pues bien, es ahora cuando no hay que caer en el abandono y hay que defender, si cabe con más fuerza y vehemencia, la España que queremos, la de nuestras tradiciones, la de nuestras raíces cristianas, la España que nos dejaron nuestros abuelos y nuestros padres y que debemos conservar para nuestros hijos. Es nuestro deber y nuestro mandato como españoles proteger su unidad, su permanencia y no malvender cual si mercadería barata se tratase nuestra esencia como Nación, que fue grande, la más grande, y que debe , tiene, que volver a serlo.

Una vez más viene aquí a cuento la muy citada frase del político irlandés del siglo dieciocho, Edmund Burke, “Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Por eso, lejos de batirnos en retirada, dejando el terreno franco a los que no aman nuestra patria, hay que continuar en la lucha. Inasequibles al desaliento y con la confianza en que la verdad siempre triunfa.

Y la verdad está de nuestro lado.    




  

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