“Si quieres ver tu cuerpo por dentro, abre el de un puerco”.

En este caso parece que la similitud entre puercos y personas visceralmente hablando es real. De hecho podríamos hasta ser donantes. El exterior y la humanidad es otra historia.

Me gustan los dibujos animados de Peppa Pig. Los veo a veces con la hija de mi amiguísima, Kuki (que es casi tan cuqui como ella), y cuando sale, Papá Pig, no puedo evitar que la mente haga referencias a alguien conocido. Y me lo imagino ahí en su masía de tableros de aglomerado, con sus calcetines blancos, sus flatulencias libres… oigan, ¡es que es igual!

Ojos pequeñitos de mirada tan, tan miope que llega hasta a enternecer, que además puede estar viendo la TV3 y leyendo el folleto de ofertas del “Supermercat de Pulgues” al mismo tiempo. Hociquito muy chatito para olisquear lo que se aproxima a su alrededor (pero que no parece que le sirva mucho para lo que le viene encima), andares con esos movimientos de cadera tan graciosamente femeninos, un aire confiado, tranquilo… (eso, o es que no puede más con la manteca blanca para las perrunillas que amasa en las lorzas) ¿A que sí?

Pues resulta que a mí todo eso me parece igual en él, pero absolutamente al contrario. Que me inunda el espíritu de Valera y hoy yo, tan Juanita La Larga, dispuesta a apiolar no a un cerdo sino a dos. La única deficiencia, la capa, que es blanca y no negra (que es la buena) porque allá en “altres países” la cerdada es además, de baja calidad y no da más que para hacer, si acaso, fuet.

Pero la abulaga flameante hay que pasarla igual por la panceta, paleta, magro, solomillo, pecho, lomo cabeza y papada, para depilarle a este buen señor lo que la evolución en su caso, no ha hecho desaparecer, ni los pelos; y hay que cuidar que no se estropee la linfa que después el morcillaje se agria. Pero de eso se encarga otro que a mí me da casi tanto asquito como él.

En fin, que yo veo los dibujos y a quien veo es al señor Junqueras, ese aire despistado, ese casi-olor que se casi-transmite a través de la pantalla… Retozando en un charco, buscando en los desperdicios, rodeado de despojos y lleno de estiércol. Que me dan ganas de salir corriendo a la cocina de mi Kuki y enterrar la pezuña del 5J en el jardín por si este fuera, el llamador del demonio y lo hiciera aparecer, que con uno catalán ya tenemos bastante. ¡O peor! Que nos contagie la triquinosis nacionalista que le viene de nacimiento.

Dejemos la piel de Junqueras para hacer bolsos jipis de la CUP si acaso, y el resto lo ponemos en el sur, que de cerdos sabemos, de pazguatos, menos.

Si De la Requière llamaba a la bestia “animal enciclopédico”, permítanme que yo a este lo denomine “demente de libro, caganet de manual, metepatas integral, buscalíos supino, mamahostias de definición”. Eso sí, también tengo apelativos cariñosos para su pestorejo, como los que hubo en la boda de Antón: cerdo, cochino, puerco, marrano, guarro y lechón.