Una de las frases más repetidas que un católico de a pie tenía que escuchar durante los últimos decenios (especialmente cuando recibía el desprecio de sus amigos intelectuales por hacer algo tan ridículo como “ir a misa”) era: “Creo en Dios, pero no en la Iglesia”.


Pues en los últimos años eso parece haberse sustituido por: “Creo en el Papa Francisco, pero no en la Iglesia” (y a Dios ya ni mencionarlo siquiera). Los medios seculares dan por hecho que el Papa Francisco es el campeón de la humildad y de la sencillez, es el bueno, y el resto de la jerarquía son cardenales y obispos gordos y engreídos amantes del lujo, son los malos. En este momento dramático de hacer cosas excepcionales (pues en general un buen católico creo que no debe cuestionar al Papa, es tirarse piedras a su tejado), hay que preguntarse, ¿ha contribuido el propio Francisco a esta situación?

Criticar a la Iglesia es una buena forma de hacer amigos. Es el pasatiempo predilecto de la humanidad desde hace dos mil años. Pues bien, es notorio que desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco no deja de hacer un uso extensivo de lo que podríamos llamar intensa autocrítica eclesial, que llega, claro, no sólo a los creyentes sino a todo el mundo. Con esto se ha ganado, con intención o sin ella, la simpatía del mundo agnóstico y anticlerical que tanto machacaba y machaca a los católicos devotos.


En discursos y homilías, el Papa resalta continuamente  los “defectos” de la Iglesia, lo que produce un efecto como si él mismo (¡el Papa!) se distanciara de ella. Esto ha regocijado a muchos.

Es un hecho innegable que hoy día la prensa y los grandes medios mundanos consideran que el Papa es “uno de ellos” (aceptando plenamente las ideas contemporáneas occidentales) y el resto de la Iglesia, apegada a la doctrina y al Catecismo (como si eso fuera malo) es algo anquilosado, corrupto y podrido. ¿Compartimos los creyentes  esa visión?

La situación actual es realmente curiosa, inimaginable hace veinte años – o simplemente hace seis. Ya lo constató la difunta Paloma Gómez Borrero: “Antes se criticaba al Papa [en época de Juan Pablo y de Benedicto] para atacar a la Iglesia; y ahora [época de Francisco] se alaba al Papa para atacar a la Iglesia”. Dicho por ella (la que podíamos considerar fan incondicional, casi fanática, de los Papas, incluido el actual), esto adquiere notable credibilidad.

¿Cómo debe reaccionar un católico bienintencionado (el que, comprensiblemente después de tantos años de sufrir lo contrario, ahora se “alegra” de ver que su Papa goza de popularidad general)?

Una modesta sugerencia: Un día recibimos un WhatsApp que en líneas generales elogia al Papa, y lo “defiende” de sus enemigos. Una persona creyente y fiel a la Iglesia lo considera instintivamente cosa buena, y sin pensarlo más se adhiere al mensaje y lo reenvía. Esta actitud parece lógica en principio. Pero es momento de detenerse un poco.

El mensaje que hemos recibido, aparentemente “bueno”, elogiando tal o cual palabra real o presunta del Papa y censurando a sus supuestos enemigos, ese mensaje, ¿parece escrito por alguien que ame a la Iglesia Católica y desee su bien? ¿Por alguien que por lo menos cree en Dios? Si no es así, mejor no reenviarlo, ni siquiera releerlo.