Pactar con las cien hermanas del demonio

Dice Joe Biden tras los atentados en el aeropuerto de Kabul que “no vamos a perdonar ni a olvidar”. Sobre lo primero no diré nada porque es cosa del alma, pero sobre lo segundo permítanme decirles que no estoy nada convencido de ello habida cuenta la demencia senil que le galopa al emperador más liviano y desarticulado de cuantos se recuerdan, incluido Jimmy Carter y sus “Pange lingua gloriosi” en mitad del desastre de la Embajada en Teherán.

Mi vaticinio es que antes de un mes aquí no se acuerda nadie, tampoco Biden, del cenagoso bochorno en el que este indolente ha metido al Pentágono y a la OTAN en su conjunto, sin que tengamos certeza aún de dónde procede la orden inmediata de retirada de las tropas dejando tras de sí equipamiento militar de última generación por valor de muchos miles de millones de dólares.

Es de curso preparatorio de retirada militar no dejar disponible al enemigo el material de guerra más sofisticado, incluyendo esas armas letales que son los UH-60 BlackHawk y los Apache UH-64. De los primeros habrían dejado no menos de 45 aparatos y una cantidad no determinada de los segundos, además de tanques, misiles, avanzados carros de combate, etc.

Resulta impensable que un ejército de presuntos trogloditas sea capaz de operar y maniobrar dichos aparatos, los cuales, además, necesitarán muy pronto mantenimiento técnico, reparaciones, piezas de recambio y hasta el combustible adecuado, de tal modo que cabe imaginar que los talibán están recibiendo el apoyo logístico y el asesoramiento especializado por parte de… “alguien”.

Más allá del riesgo señalado por Donald Trump de que dichas máquinas caigan en manos de chinos o rusos para analizar a fondo la tecnología que incorporan, a mí no me cabe en la cabeza que personal pakistaní o de cualquier otro país pudiera estar prestando tales servicios en el manejo de esos transportes de alta capacidad operativa al servicio de esa tropas del demonio.

La única conclusión razonable que extraigo de todo este dislate es que se trata de una entrega voluntaria y pactada por parte de la Administración americana que permitiría a los talibán una cierta ventaja sobre el verdadero enemigo a batir, que en este caso sería el ISIS o Daesh.

Es decir, cabe la posibilidad de que el Pentágono haya concluido que ya es hora de que Afganistán se sostenga como buenamente pueda y, si el llamado ejército afgano sólo se movía a fuerza de coimas y regalías, puede que hayan preferido abandonar ese intento y pactar con el movimiento talibán para que logre estabilizar la situación, aunque para ello haya sido necesaria la entrega de material de guerra de forma aparentemente distraída así como hacer la vista gorda sobre las execrables condiciones de vida que volverán a imponerse en esa sociedad bajo el dominio de los indómitos “estudiantes”.

Afganistán es (lo ha sido siempre) un infierno de conveniencias de los líderes tribales, capaces de pactar con el demonio y con las cien hermanas del demonio, para establecer sus equilibrios internos. Su rechazo básico histórico es a la intervención desde el exterior.

Desde los primeros compases de la invasión rusa y luego la norteamericana supimos que el objetivo deseado era generar alguna clase de sentimiento o espíritu nacional que aglutinara a amplias mayorías y le concediera un cuerpo esencial a un país cuya bandera es una filfa que no luce en parte alguna.

Lo más parecido a esa pulsión elemental provenía de aquel Ahmad Sha Masud de la Alianza del Norte, quien con su propia bandera, parecida a la extremeña, sirvió de acicate a Occidente para otorgar esa clase de impulso imprescindible que les permitiera entrar siquiera en el siglo XIX de los nuevos Estados. Los suyos le asesinaron enseguida y frustraron con ello toda esperanza occidental, porque en esa horda no hay jamás acuerdos firmes ni fiables y las tribus combaten a uno u otro lado según las conveniencias inmediatas, por extraño que a nosotros nos parezca. El relato del asesinato del añorado Julio Fuentes, reportero de El Mundo, en aquellas tierras pudiera ser un buen ejemplo de la falta de engranajes mínimamente fiables para establecer acuerdos con los dirigentes locales. Allí perdió la vida, entre otros muchos, Julio Anguita Parrado, y media pierna el admirable y flamante Premio Pulitzer Emilio Morenatti.

Dicho de otro modo, todo apunta a que la salida precipitada de Afganistán forma parte de un acuerdo al que habrían llegado los norteamericanos con los talibán mediante algunas vagas promesas de que mantendrán a raya a los muyahidines que otrora actuaron en simbiosis con el talibanismo.

Si cumplirán o no con lo pactado es una incógnita, pero nada en la Historia de esas tribus invita al optimismo. Al menos habrá quedado claro que el uso de la burka, la aplicación de la sharia y el rigorismo islámico jamás fueron los motivos para emprender esta batalla, pues lo mismo o parecido aplican en otros muchos países y, a pesar de ello, son nuestros firmes aliados.

He dicho.




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