Pablo Iglesias nombra sacerdote y cónsul a su niñera

“Babysitters” a 55.000 euros al año no aparecen ni al servicio de Su Graciosa Majestad en “The Crown”, la serie de Netflix sobre Buckingham Palace, pero es que en política no se cumple la ley de la oferta y la demanda del tradicional liberalismo de Adam Smith y cuanto más aumenta el número de golfos, el precio no tiende a descender, sino que aumenta.

En el socialismo en general, y en el sanchicomunismo en particular, se hace siempre muy necesario marcar bien las distancias entre la dirigencia, la dirigencia media y la plebe o proletariado. Sólo cuando las satrapías alcanzan su cénit, el déspota ya no precisa de esos signos flagrantes de distinción, porque queda bien delimitado para el vulgo sólo con mostrar un alto nivel de arbitrariedad suficiente como para dejar claro al resto de subordinados que esa es la cota máxima que les separa a ellos del tirano.

El uso discrecional del BOE, en ese sentido, es el salto cualitativo fundamental, así como disponer de vidas y haciendas de manera discrecional, razón por la cual en el Marqués de la Vagancia percute con insistencia el sueño húmedo de expropiar, nacionalizar y arrebatar hasta las viviendas a sus propietarios. Mientras tanto, se apaña con institutrices (de cambiar pañales y calentar el biberón) pagadas del bolsillo ajeno a precio de secretarios de Estado, aunque la verdadera señal de la distancia en este caso se encuentra no tanto en el precio, sino en la discrecionalidad misma de otorgar a la niñera un cargo público, lo que equivale al gesto de Calígula de nombrar a “Incitato”, su caballo, cónsul y sacerdote, del mismo modo que colocó de ministra a su señora, la ex cajera.

Por el momento, la dirigencia que tenemos aún se encuentra en la fase de exhibir los signos más clamorosos, primarios y evidentes de la distancia social concedida a través del ejercicio del poder. Es el caso de la utilización del Falcon, los helicópteros, las fuerzas de seguridad alrededor de los chalés y de todos los ridículos esnobismos que puede llegar a conceder la utilización del aparato del Estado, lo que se traduce finalmente en una multiplicación desorbitada de los asesores caprichosos y en el nepotismo más desaforado.

Estamos entrando ahora en la fase más sutil y exquisita del tiranuelo, que consiste en la dejación absoluta de sus responsabilidades para entregarse a las ensoñaciones particulares, de modo que cuando el pueblo, por ejemplo, protesta y reclama pan, el dictador reaparece para delirar sobre algún hallazgo, una ensoñación o algún proyecto imaginado en su sesera, que puede consistir en la importación masiva de ollas express o en reabastecer a la población con productos cárnicos de primera clase gracias a la compra de un semental grandioso que producirá la mejor carne de vacuno de la Historia y que proporcionará al pueblo proteínas dignas de una emperatriz (ambos casos reales de Fidel Castro).

En el caso que nos ocupa, por ejemplo, ante la cifra de cinco millones de parados, dos millones de personas en las colas del hambre y todos los sectores productivos en la más absoluta ruina, a Sánchez sólo se le ocurre apelar a la cantinela ininteligible e insustancial de “la transición digital y ecológica” y de “la igualdad sin brecha de género”, que no es igualdad de ninguna clase, sino convertir en pobres por igual a los unos y a las otras.

Pero, ojo con esto, no es que a partir de ahí el dictador no necesite acumular cantidades ingentes de riqueza o se desprenda de ellas, sino que el dinero pasa a engrosar una dependencia ajena, distante, secundaria, un cuarto oscuro al fondo donde se amontonan los millones pero ya sin necesidad de ostentación, así como los Castro o los Maduro apelotonan cuentas en bancos suizos pero sólo como reserva para si algún día toca salir huyendo.

No por ello el déspota dejará de acudir a los palacios de Patrimonio del Estado para observar las estrellas o de organizar timbas con sus acólitos a costa del erario, sino que le bastará con amarrar o clausurar la oficina y el portal de transparencia o con acogotar al CGPJ y al Tribunal Constitucional para dejar de abastecer de escándalos la maquinaria de la opinión pública con sus devaneos privativos y privados. Ojos que no ven…

No es que vayamos tarde, sino que la oposición, perdida en este marasmo, habla aún de constitucionalidades y parece que aún no se han enterado de que nos llevan una delantera enorme y casi yo diría que irreversible. El libérrimo reparto de la lluvia de millones que llegarán de Europa con la anuencia autojustificativa de Vox será el último clavo en el ataúd de nuestra democracia.

He dicho.




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