Otros tiempos

Al hilo de la marcha voluntaria de Juan Carlos I fuera de España y el clamoroso silencio en su defensa de tantísimos que se beneficiaron con su proximidad de trato, aparece en la memoria la imagen de una vieja fotografía que recoge un episodio de nuestra historia sucedido el 15 de abril de 1931.

Sólo un día antes se había proclamado de matute la Segunda República española, cuyo desgraciado devenir pararía finalmente en trágicos sucesos para todos; y esa misma noche, Alfonso XIII (¡mal fario!) había abandonado Madrid rumbo a Cartagena para embarcar hacia Marsella. Atrás dejó casi todo, incluyendo a su esposa, la reina Victoria Eugenia, y a dos de sus hijos.

En aquellas terribles horas de popular efervescencia antimonárquica, mostrar cercanía con los reyes no era lo más prudente ni recomendable, y ante la cada vez más amenazante situación, a la Reina solo le quedaba la opción de abandonar también cuanto antes España.

Para evitar previsibles problemas en la estación del Norte, de Madrid, el plan previsto sería desplazarse hasta el Escorial y salir en tren desde allí para llegar finalmente a Hendaya. Pero antes la reina se despediría de un grupo de leales en el alto de Galapagar, que es el momento que recoge la histórica fotografía: la apresurada y triste despedida de una veintena de irreductibles que acompañaron hasta allí a Victoria Eugenia.

Son muy pocos, apenas veinte, y entre ellos se encuentra un joven de veintiocho años que acababa de enterrar a su padre, muerto en París hacía justo un mes. Su padre había presidido el directorio militar y civil que gobernó España durante seis años del reinado de Alfonso XIII, a quien sirvió con probada lealtad, pero de quien finalmente ni siquiera recibió el reconocimiento sentimental que merecía.

Haber visto el padecimiento de su padre enfermo durante el último año de su vida, agravado por la injusta ingratitud del monarca, sería una más de las razones que llevaron a aquel joven a concluir que la Monarquía era una «institución gloriosamente fenecida» y a acoger la llegada de la República con esperanzas de regeneración nacional.

Pese a todo, allí estaba con dos de sus hermanas junto a la Reina, en uno de los momentos más difíciles. Nobleza obliga.

Con ello daba muestras de nuevo de la elegancia de espíritu que caracterizaría su vida y con la que afrontó su muerte cinco años después ante un pelotón de fusilamiento.

Eran sin duda otros tiempos.




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