Otra prórroga… sin arbitrar

El célebre teólogo suizo Hans Küng recordaba hace unos años unas palabras de Martin Lutero en las que éste aseguraba que una mentira necesitaba otras siete para poder parecerse o tener aspecto de verdad. Y en ello están Sánchez, Iglesias y el Consejo de Ministros, aplicados a construir verdades en el equilibrio imperfecto de acumular mentiras unas sobre otras.

El ministro de Justicia salió ayer por peteneras ante Ortega Smith en la comisión correspondiente del Congreso en ocultación de los manejos para que los Registros Civiles no logren recontar la verdad del número real de fallecidos por el covid19, no menos de 42.000, tirando por lo bajo, mientras la ministra Ribera se despepitaba un día antes con la peregrina idea de que a Portugal la libró del virus el meridiano de Greenwich o el paralelo de las Azores, vayusté a saber.
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Pero parece que cuanto peor se diga una mentira menos punible resulta a la conciencia general, porque entonces adquiere la pátina de la ingenua chiquillería que llama a la chanza y al perdón; incluso al olvido, pero no al castigo.

En nuestro ordenamiento penal, el derecho a mentir de un acusado ante un tribunal está sometido a protección y no puede ser obligado a declarar en su contra. Claro que, si atendemos a las palabras de Lutero, construir una verdad a base de otras siete mentiras puede terminar en un barullo que a quien acaben condenando sea al mismísimo señor Fiscal.

O como ocurre en nuestros días en el ámbito del plasma y la tribuna del Congreso, que la responsabilidad recaiga sobre los hombros de Pablo Casado por decidir (susto o muerte) si apoya o no, por cuarta vez, el decreto que declara o prorroga el estado de alarma.

“Alarma” es término de origen italiano o español (en todo caso latino), tal vez la expresión más extendida a otros idiomas desde nuestra lengua de forma casi literal, y voz usada por los soldados de los Tercios para dar aviso para combatir al enemigo.

Aunque Casado y el PP tendrán luces más largas que las mías, yo no alcanzo a ver otra cosa que el verdadero estado de alarma no es tanto el que nos ha causado la epidemia cuanto el que nos genera ya el sanchicomunismo.

Para vencer a la epidemia existen métodos científicos y muy fiables que superan con amplitud esta medida del confinamiento completo, el cual, en la práctica, se empieza a parecer demasiado a la muerte de todos los ciudadanos del burgo. Murió la peste… después de haberse llevado a todos por delante.

Y así no vale, porque al paso que vamos en la desescalada, no tendremos una economía suficiente que permita sostener el sistema de salud que afronte un posible rebrote. O morimos de la peste todos o lo hacemos por inanición. La pescadilla que se muerde la cola.

No piensen que se me ha ido la cabeza, porque ejemplos de esta clase los hay a montones a lo largo de la Historia reciente, mayormente si uno acude al altar casero de Pablo Iglesias y extrae de allí alguno de los santos titulares de la insigne cofradía de las hoces y los martillos y saca en procesión el Holodomor o la revolución cultural china… Vean lo que entendía por cultura esa izquierda antropófaga y sin afeitar que ahora presume de exquisiteces morales y de compasión.

Si de mí dependiera, al sepulturero Pedro Sánchez le iba a apoyar la prórroga Urízar Azpitarte o Pierluigi Collina. Yo daba por finalizado ese partido con truco y amañado que está pidiendo a gritos una tanda de penaltis, ellos sin portero.

De todos modos, el que lo clavó fue el que acuñó aquella frase apócrifa, atribuida sin mucho fundamento al ex presidente Theodore Roosevelt, que decía: “Si quieres ver a un conservador irritado, miéntele; pero si quieres ver a un izquierdista irritado, dile la verdad”.

Que les den por el… bulo.

He dicho.




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