Otoño en blues

Ya te lo dije, amigo. Después…un blues. Por ejemplo: el de Mamie Smith, “Crazy blues”. Pues a lomos de las notas alargadas del blues de Mamie puedes reflexionar a gusto, a tus anchas, sobre la divinidad: ese estadio repleto de perlas de colores, dicen, y en donde al parecer tú te mueves como pez en el agua a la espera de la redención del género humano. Bajo los soportales de una calle imaginaria te quise preguntar al respecto, pero ya nos liamos por entre las palabras taladradas y los trazos de Picasso y me quedé con la incógnita de saber qué era eso de la divinidad. Bueno, ya hablaremos del tema en otra ocasión. Y esta vez, no lo olvides, en las trastiendas sureñas de Sevilla, Cádiz o Huelva, que son, según me cuentan, los espacios por donde rondan rapsodas inimaginables.  De momento, amigo ficticio, al blues. Al de Sonny Boy, o Muddy Waters, o Jimmy Reed, o Elmore James, o Willie Dixon, o John Lee Hooker, o B. B. King. O los de Bessie Smith.

Ya te lo señalé por escrito. Después…un blues. Y es que el blues, amigo, revolotea sobre la vida de uno y a uno lo coloca directamente en el carrusel de esta azarosa vida, zarandeándolo para que suelte sin compromiso alguno sus tristezas y también sus alegrías. Pues que en doce compases pasas directamente del infierno a la gloria, y sin enterarte. “No quiero que seas una esclava. / No quiero que trabajes todo el día. / No quiero que laves mi ropa. / No quiero tenerte encerrada. / Todo lo que quiero es hacer el amor contigo”. (“I just want to make love to you”, canción de Willie Dixon interpretada por Muddy Waters) ¿Lo ves? Enmarcado está el hombre de blues en un latido único, en una única pulsación que lo ata y desata al mismo tiempo que lo envuelve en una neblina de signos arrastrados y tocados con infinita ternura, arañados al papel de textura rugosa; que el hombre de blues siempre se estiró la piel, con su hábito cotidiano, entre el terruño “engalanado” de algodón.

Ya te lo dije y te lo señalé en una postal azul, amigo. Después, no lo dudes, un buen blues. Por ejemplo: el de Rory Gallagher, “Blues guitar solo”. Pues, cabalgando con la Fender blanca, la negra o la de manchas amarronadas de Rory cavilarás satisfecho. Y en esa divinidad, de la que apenas pudimos charlotear, y menos reflexionarla, sacudirás tus entrañas, sin ataduras ni porfía, para que después los que se acerquen despacito a los contornos acojan sus destellos con el gozo propio de quienes tienen por nombre el de hermanos. Pero bueno, del asunto ya hablaremos a la verita de La Caleta, o tomando una media botella del mosto del Manué en El Zepelín, o mismo levitando sobre las arterias floreadas del Barrio de Santa Cruz. Así que por de pronto, amigo no real, al blues. Al de los Blues Band, al de Taj Mahal, al de Cannet Heat, al de Fleetwood Mac, al de Ten Years After, al de Jeff Beck, al de Johnny Winter, al de John Mayall, al de Eric Clapton, al de Janis Joplin. O a los de Jimi Hendrix… 

Ya te lo dije. Después, y pase lo que pase, un buen blues.




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