¿Orgullo de qué?

Este año no veo motivos de qué sentirse orgullosos.

Hace cincuenta años de la primera manifestación por los derechos homosexuales en los Estados Unidos. Derechos que, como no podía ser de otra forma, se han formalizado y hoy, salvo trogloditas mentales, nadie los cuestiona. Supongo que quedan flecos, como quedan flecos en otros ámbitos con las leyes, incluso y de manera sorpresiva, actuales donde existen discriminaciones positivas y negativas que se confrontan con la igualdad real.

¿Qué se manifiesta hoy el Día del Orgullo Gay? Como acto lúdico conmemorativo me parece perfecto, sobre todo si se evitan las escenas donde se promueve una innecesaria hipersexualización del evento. ¿Son imprescindibles los cueros, los desnudos, los gestos chabacanos? Es decir, ¿qué tiene que ver eso con ser homosexual y con celebrar este acto? ¿No lleva ello al pensamiento erróneo sobre un grupo que siempre ha buscado su lógica normalización con el conjunto de la sociedad? Ahora, si me dicen que la promiscuidad y el desenfreno sexual forma parte de ello… Oigan, que no tengo nada en contra de que cada cual tenga, dentro de los límites legales, la vida sexual que quiera, aunque no lo comparta, conste.

Este año, dicen, querían hacerlo más reivindicativo; no se confundan, no pensaban en los ajusticiados en los países donde ser homosexual está penado con la reclusión, la muerte y la tortura, ni se iban a alzar en contra de las figuras impuestas de supuestas libertades que eran, en realidad y documentalmente, homófobas –tal fue, como sabrán, el idolatrado Che–, liberándose de ataduras ideológicas. No. Este año la reivindicación era discriminar a todos aquellos que no pensaran según las imposiciones del colectivo federado y sus subvencionistas alimentadores.

La fiesta del Orgullo ha pasado a ser la fiesta de la discriminación, qué paradoja, y todo ello animado por posiciones políticas, no les quepa la menor duda. Lo peor no es solo esto; lo peor es el aborregamiento de un número importante del colectivo –el más ciego, pero el que más se ve–, que parece desconocer que según nuestra legislación, según nuestra Constitución, no hay quienes puedan quitarle ni una virgulilla a los derechos establecidos de los que son acreedores tan solo por ser españoles.

¿Que hay que seguir celebrando la igualdad [de todos]? ¡Pues claro! ¿Que los políticos son unos chupacámaras oportunistas? ¿Había duda en ello? Pero la fiesta del Orgullo no puede pasar a convertirse en la del cordero, donde se degüella a una víctima y se celebra su sangre. No, este año no ha sido para sentirse orgulloso, ha sido para avergonzarse y pararse a pensar.




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