Por Juan Antonio Carrasco Lobo @ursoniano

(Diálogo entre la vieja demandera y doña Baltasara sobre lo acaecido acerca del órgano del convento de Santa Inés)

No estaba aún cerca la hora ni el día de la Misa del Gallo siquiera, pero casi eran las doce de la noche. En el convento el silencio era insondable, abisal y, como desde hacía siglos, solo la luz del Sagrario –perenne faro– alumbraba mal que bien la profundidad del lugar. Todo era paz. Sosiego tan abismal como aquel silencio que, cual espíritu, vagaba por el lugar dejando un invisible halo de misterio. Y en aquella penumbra centenaria, en aquel recogimiento conventual, sonaron unos breves acordes que recorrieron a la velocidad de la luz toda la estancia. En Santa Inés, tras años de mudez sepulcral, volvía a escucharse de forma somera el órgano de maese Pérez.


–¡Eso no puede ser! Ese órgano, como maese Pérez, yacían difuntos el uno sin el otro; el otro sin el uno. Desahuciado el primero. Abandonado de la mano de Dios. ¿Y no será que el organista…? Porque ya sabe usarced el amor que este le profesaba al instrumento. ¡Aquí hay busilis!

¡Ca! ¡Claro que hay busilis! Han sido las monjas de Santa Inés quienes han obrado tal milagro.

–¿Qué me dice?

Lo que oye. Ha desde mucho que el aparato se apostaba moribundo, como bien sabrá. Y las autoridades, no considerándolo obra principal, habían hecho dejadez de su restauración, como de la del resto de la casa claustral. Así, el tiempo hacía de las suyas con las viejas materias con las que lo construyeron; que a este tanto le da hacer caer las hojas de calendario como derribar lo hecho por los humanos. Pero las sores, como verdaderas cuidadoras que son de lo que tienen y sí que le dan el auténtico valor a lo poco que poseen decidieron no perder, por mala cabeza de otros, aquella valiosa reliquia para el corazón del sevillano. Que deje que le diga; yo no sabré de arte, pero sí de los tesoros que hacen de esta ciudad joyero. Y este lo es.

Y… Dígame. Estarán las monjas felices por su benemérita labor, ¿verdad? ¿Cómo ellas han logrado remozarlo?

Pues verá. Estar encantadas, lo están. Porque dicha empresa la ha ejecutado, por eso que dicen de amor al oficio, gentes del pueblo con pericia tal que el mismísimo maese, convencida estoy, no hubiese hecho mejor labor que ellos. A la vista y al oído queda. Sin embargo, a las pobres clarisas, por esta recuperación, les han regalado una deuda de ciento setenta mil de lo que ahora llaman euros. Por lo que el dulce se ha convertido en amargor de naranja de la plaza de San Pedro.

¿Cómo tal dispendio de ingratitud?

¡Ay! Temblando andan las pobres, que no saben cómo van a sanar de tal agravio.

Ya le anunciaba que las autoridades habían tomado por poco pertinente también la bonanza del órgano; inmarcesible para el recuerdo, pero efímero por lo tangible. Y siendo que al gobernante en turno, una vez enterado, le pareció que el protocolo debe preceder siempre a la acción, ni corto ni perezoso, con un viperino gesto de cortesía, le endosó a la clausura tal demanda.

Poco corazón tienen estos que gozan del poder mundano. ¿Y quién, entonces, tenía que haberlo reparado?

Pues en la pluma del mismo que extendió el escarmiento estaba la solución, un tal Girela de la Fuente; aunque ya se esperaba esta reconstrucción desde ha más de un cuarto de siglo. Pero el cinismo campa a sus anchas por entre los sillones de esos despachos. Y sabiendo el pueblo que no pueden las desgraciadas franciscanas –humildes como las hebillas de sus calzados– satisfacer tan desmesurado castigo, se han hecho eco de la ignominiosa orden; que casi las condenarían a abandonar su convento para, quizás, poder pagar así la afrenta económica del político de turno.

¿Y ahora qué?

¿Qué de qué?

¿Que qué va a pasar?

¡Ah! Discúlpeme. Pues quién sabe. ¡Ahí está el busilis!

¡Ah, maese Pérez! Ahora el bisojo quiere hacernos creer, no que toca el órgano con los mismos dedos de ángel de vuestra merced, sino que, tras veinticinco años de pereza institucional, iba a hacer algo por retornarlo a su esplendor original. Si no hubiese sido por las monjas de Santa Inés, el sevillano hubiese perdido –por la desidia de los de siempre– parte de su más bella historia universal. Que si han pecado de algo estas religiosas es de exceso de celo, y no de su defecto.